Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 12: La sombra del gato dormido

El tiempo había aprendido a correr en la Tierra como un río manso, de esos que no hacen ruido pero que, cuando uno se descuida, ya han labrado un valle profundo. Habían pasado dos años, o quizás tres —Marcus Chen ya había dejado de llevar la cuenta—, y los calendarios de Concordia se deshojaban con la indiferencia de quien ha visto demasiadas crisis y demasiadas calmas. La vida, esa obstinada fuerza que se niega a extinguirse, había vuelto a instalarse en los rincones cotidianos.

La tripulación del Prometeo-35 seguía en activo. La AIC les había encomendado una misión larga y minuciosa: reparar la nave que una vez los tragó, dejarla como recién salida del astillero, funcional hasta el último remache. El Prometeo-35, aquel cascarón herido que había regresado a Aethel entre llamas y chirridos, estaba renaciendo bajo sus manos. Aiko supervisaba los trabajos con la precisión de una capitana que se negaba a jubilar una nave que les había salvado la vida; Alexei revisaba los sistemas de navegación con la misma devoción con que acariciaba las cartas de sus hijas; Inés curaba los sistemas de soporte vital como si fueran pacientes; y Marcus, por supuesto, rediseñaba el núcleo de contención cuántica con las cicatrices de sus palmas brillándole cada vez que soldaba un panel.

Pero la misión, aunque exprimía hasta la última gota de paciencia de los cuatro, no impedía que la vida personal se colara por las grietas. Aiko y el príncipe heredero de Meijin seguían comunicándose con una frecuencia que ya no era diplomática: mensajes a deshoras, videollamadas que duraban más que algunas reuniones oficiales, y un “somos solo amigos” que Alexei repetía cada vez que la capitana se sonrojaba al recibir una notificación. Inés, por su parte, había encontrado en la princesa Kaede una amistad que desafiaba las leyes de Meijin y la geografía interestelar: la hermana menor del príncipe se las arreglaba para visitar Aethel una semana cada dos o tres meses, con la excusa de “estrechar lazos culturales”, y cuando no podía viajar, Inés tomaba unos días de vacaciones en los Mil Templos, donde las dos paseaban por los jardines con una familiaridad que a nadie engañaba.

Y Marcus, fiel a su promesa silenciosa, seguía sin pareja. No por falta de pretendientas —la doctora Okonkwo seguía riñéndole con cariño, y las ingenieras de Aethel aún le dedicaban miradas que él no veía—, sino porque su corazón seguía anclado en un puerto que ya no era el suyo

Grace Smit-Duran, mientras tanto, había reconstruido los cimientos de su matrimonio. Los meses de tensión provocados por el regreso de Marcus, aquellas semanas de celos sordos y silencios cargados, habían dado paso a una calma madura. Antonio y ella volvían a ser el equipo que siempre habían sido: él, diplomático y paciente; ella, arquitecta y madre. Luke, que ahora tenía once años y una estatura que amenazaba con alcanzar a su padre biológico, crecía entre dos mundos y dos figuras paternas que se respetaban sin fisuras. Marcus visitaba la Tierra en fechas especiales —cumpleaños, festivales, algún fin de semana suelto—, y Luke viajaba a Aethel siempre que sus estudios se lo permitían, para aprender los rudimentos de la ingeniería espacial con un Marcus que le enseñaba a leer mapas estelares y a soldar circuitos con la misma paciencia con que otros enseñan a montar en bicicleta.

—Quiero ser ingeniero, como papá —repetía Luke cada vez que alguien le preguntaba.

Y Grace, al oírlo, sentía una mezcla de orgullo y melancolía que no sabía muy bien cómo nombrar.

La relación entre Marcus y ella seguía siendo la de dos viejos amigos. Eso era lo que ambos se decían. Eso era lo que mostraban en público. Pero Grace notaba cosas: la manera en que Marcus esquivaba cualquier conversación sobre su vida amorosa, la rapidez con que cambiaba de tema cuando ella mencionaba a la doctora Okonkwo o a la presidenta Ilyra, la forma en que sus miradas se sostenían un segundo más de lo que dictaba la amistad. Y también notaba, con una inquietud que no quería analizar, cómo ciertos gestos de Marcus le despertaban sentimientos antiguos que creía enterrados. Como aquella tarde en que el coche de su padre se averió y Marcus, que estaba de visita, se ofreció a repararlo sin más herramientas que sus manos desnudas y una llave inglesa. Lo dejó como recién salido del concesionario, con el motor ronroneando y los faros relucientes, y cuando se giró hacia Grace con las manos manchadas de grasa y una sonrisa torcida, a ella le dio un vuelco el corazón.

—Ya está —dijo él, secándose el sudor de la frente con el antebrazo—. Era una bobada. Una correa suelta.

—Gracias, Marcus —respondió Grace, y odió que la voz le temblara.

Él se encogió de hombros y se fue a lavar las manos. Grace se quedó de pie junto al coche, sintiendo que algo que llevaba años dormido acababa de removerse.

El cumpleaños número once de Luke cayó en sábado. La casa de los Durán, una residencia amplia pero acogedora a las afueras del distrito diplomático de la Tierra, se llenó de globos, guirnaldas y niños que corrían por el jardín como meteoritos descontrolados. Grace había organizado una fiesta al estilo antiguo, con tarta de chocolate, juegos de agua y una piñata con forma de nave espacial que Luke insistió en colgar él mismo. Antonio supervisaba la barbacoa con un delantal que le habían regalado las niñas de Alexei —“Mejor papá del mundo”, ponía, y él lo llevaba con una ironía cariñosa—, mientras los padres de Aiko, ya ancianos y serenos conversaban con Irina Volkov en un rincón a la sombra.

Marcus llegó puntual, con un paquete envuelto en papel plateado. Luke lo recibió en la puerta con un abrazo que casi lo tira al suelo.




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