Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 14: El umbral del silencio

La mañana en la base de Aethel olía a metal soldado y a ese ozono persistente que dejan las herramientas de precisión cuando trabajan sin descanso. El hangar principal, un cavernoso recinto de paredes blancas y grúas colgantes, albergaba el cuerpo aún herido del Prometeo-35. La nave que una vez los tragó y los devolvió renacía bajo las manos de su tripulación original y de un equipo de ingenieros de Aethel que se movían a su alrededor como hormigas aplicadas.

Aiko, subida a un andamio, supervisaba el ensamblaje de los estabilizadores traseros. Alexei, en la cabina, calibraba los sistemas de navegación con la paciencia de un relojero. Inés, en la bahía médica, comprobaba los monitores de soporte vital. Y Marcus, arrodillado frente al núcleo de contención cuántica, soldaba con la precisión de quien ha pasado demasiadas horas en silencio.

Fue entonces cuando el guardia entró.

Era un joven de uniforme impecable, con el emblema de la seguridad de Aethel bordado en el hombro. Se detuvo a un metro de Marcus y carraspeó con la incomodidad de quien interrumpe un trabajo importante.

—Ingeniero Chen.

Marcus levantó la vista. Las gafas de protección le ocultaban los ojos, pero no la expresión de quien ya sabía lo que iba a escuchar.

—¿Sí?

—Hay alguien que quiere verlo. En el salón de visitas del ala diplomática.

Marcus no preguntó quién. No hacía falta. Se quitó las gafas, las dejó sobre la caja de herramientas y se limpió las manos —aquellas manos surcadas de cicatrices rosadas— con un trapo manchado de grasa.

—Voy para allá.

Aiko se inclinó desde el andamio.

—¿Todo bien, Marcus?

—Sí. No tardaré.

Pero algo en su voz le dijo a la capitana que no, que no todo estaba bien. Que lo que fuera que lo esperaba en aquel salón era más denso que cualquier reparación.

El salón de visitas del ala diplomática era una habitación de paredes curvas y luz tenue, diseñada para reuniones informales entre delegados de los cinco planetas. Había sofás de piel sintética, una mesa baja de cristal con una jarra de agua intacta, y una ventana que daba a los jardines interiores de la base. Era acogedor, en teoría. Pero Marcus, al cruzar el umbral, sintió lo mismo que sentía cada vez que entraba en una sala de interrogatorio: el aire estancado, la luz demasiado estudiada, la puerta cerrándose a su espalda con un zumbido que sonaba a cerrojo.

Grace estaba de pie junto a la ventana. Llevaba un vestido oscuro, sencillo, y el cabello recogido en una coleta baja. Al oír la puerta, se giró. Sus ojos, esos ojos que Marcus conocía tan bien, tenían una expresión que él no supo descifrar: mezcla de determinación, de miedo y de algo más blando que palpitaba debajo.

—Hola, Marcus.

—Hola, Grace.

Se saludaron con un beso formal en la mejilla. Él notó que Grace se demoraba un instante más de lo habitual. Ella notó que él olía a metal y a fatiga. Se sentaron en sofás opuestos, separados por la mesa de cristal. La jarra de agua seguía intacta.

Durante los primeros minutos, Grace habló de cosas triviales. De Luke, del colegio, de la fiesta de cumpleaños, del gato atigrado que se había instalado en su casa como un inquilino que no paga alquiler. Marcus respondía con monosílabos amables, esperando. Sabía que aquello era solo el preámbulo. El silencio que precedía a la tormenta.

Y entonces Grace dijo:

—Marcus, sé que eres huérfano.

La palabra cayó sobre la mesa como un vaso de agua que nadie había tocado.

Marcus no se inmutó. Sus manos, apoyadas sobre las rodillas, permanecieron quietas. Su rostro, ese rostro que Luke había heredado, no mostró ninguna emoción.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Antonio. Anoche, después de la fiesta. Yo le pregunté y él me respondió. Pero no debería haberme enterado por Antonio, Marcus. Debería haberme enterado por ti. Hace diecisiete años.

—¿Y qué habría cambiado?

—Todo. Nada. No lo sé. Pero me lo habrías contado tú. No un expediente del gobierno.

Marcus desvió la mirada hacia la ventana. Los jardines interiores de Aethel estaban llenos de helechos bioluminiscentes que cambiaban de color lentamente, ajenos a la conversación.

—No te lo conté porque no importaba. No cambia quién soy. No cambia lo que fui para ti.

—Claro que importa. Eres el hombre con el que me casé, el padre de mi hijo, y yo no sé nada de tu infancia. No sé quiénes fueron tus padres, ni por qué te abandonaron, ni cómo sobreviviste. No sé nada, Marcus. Nada.

Marcus apretó las mandíbulas. Grace reconoció ese gesto. Lo hacía cuando algo le dolía y no quería que se notara.

—Mis padres me abandonaron en un orfanato de Shanghái —dijo, con una voz neutra, como quien lee un informe técnico—. No sé quiénes fueron. No sé si viven o murieron. No sé nada de ellos. Crecí solo. Punto. No hay mucho más que contar.

—Eso no es cierto y lo sabes. Siempre hay más.

—Pues no la hay. O no la que tú quieres oír.

Grace se inclinó hacia adelante. Sus dedos se aferraron al borde del sofá.




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