La mañana se coló por las celosías de los Mil Templos como un visitante que llega demasiado temprano y no pide permiso. La luz de Meijin, dorada y densa, se derramaba sobre los puentes colgantes y los estanques de peces bermellón, y el aire olía a incienso de sándalo y a ese frescor vegetal que solo tienen los planetas que han estado a punto de morir y se aferran a la vida con más fuerza.
En la plataforma de aterrizaje, dos naves aguardaban con las compuertas abiertas. Una llevaría a la tripulación del Prometeo-35 de regreso a Aethel; la otra, a la delegación diplomática de la Tierra. Los emperadores habían enviado una escolta de honor, monjes poetas que recitaban versos de buen viaje mientras el viento mecía los estandartes de seda. Era una despedida solemne, de esas que Meijin reservaba para los héroes.
Pero Luke Chen, de nueve años, no estaba para solemnidades. Estaba de pie frente a su padre, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, esa misma arruga de concentración que Marcus lucía cuando algo no le cuadraba en una simulación.
—¿Por qué no puedes volver a casa con nosotros? —preguntó, y su voz sonó más a exigencia que a pregunta.
Marcus se arrodilló frente a él. A su lado, Antonio Durán se inclinó también, formando un frente común de adultos que intentaban explicar lo inexplicable.
—Porque mi trabajo está en Aethel, campeón —dijo Marcus, con esa calma ensayada que usaba cuando no quería que Luke percibiera su propia tristeza—. Todavía tengo cosas que hacer allí. Informes que entregar, chequeos médicos que ponerme al día, simulaciones que revisar. Pero cuando termine todo eso, voy a pedir el traslado a la Tierra.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. Además —Marcus señaló a Antonio con un gesto—, Antonio me ayudará con los papeles. ¿Verdad, Antonio?
Antonio asintió con una sonrisa cómplice.
—Así es, Luke. Tu padre y yo nos encargaremos de que todo salga bien. Tú solo debes tener un poco de paciencia.
Luke miró a uno y a otro, sopesando la información con la seriedad de un juez. Luego suspiró, un suspiro teatral que le salió idéntico al de Grace.
—Está bien. Pero que sea pronto.
—Pronto —repitió Marcus, y le revolvió el pelo.
Desde las compuertas de la nave de Aethel, Alexei Volkov asomó la cabeza y gritó con esa voz de piloto acostumbrada a hacerse oír sobre el ruido de los motores:
—¡Chen, date prisa! ¡Si no vuelves en cinco minutos, tu jefa y la jefa máxima te van a sacar de Meijin por las orejas!
Aiko, que ya estaba embarcando, soltó una carcajada. Inés la secundó. Marcus se giró y le dedicó a Alexei una mirada que era un poema entero: “¿En serio? ¿Justo ahora? ¿No podías decir otra cosa?”. Alexei le respondió con una sonrisa de oreja a oreja y un encogimiento de hombros que significaba “tú sabes que es verdad”.
—¿Quién es la jefa máxima? —preguntó Luke, intrigado.
—La doctora Okonkwo —respondió Grace, que se había acercado en silencio—. La que le riñe a papá cuando no se cuida.
—Ah. Esa señora da miedo.
—Sí —admitió Marcus—. Mucho.
Luke se rió por fin, y con esa risa se rompió la tensión de la despedida. Marcus lo abrazó una última vez, un abrazo largo y apretado, de esos que se guardan en el bolsillo del corazón para los días difíciles. Luego se incorporó y se giró hacia Grace.
—Cuídate, Marcus —dijo ella, y le tendió la mano.
—Tú también, Grace.
El apretón se demoró un segundo más de lo estrictamente necesario. Antonio, discreto, se apartó un paso para darles espacio. Marcus le dedicó una última mirada a su exesposa —esa mirada que lo decía todo sin pronunciar palabra— y luego caminó hacia la nave con la mochila al hombro y las cicatrices brillándole en las palmas bajo el sol de Meijin.
Antes de subir, se giró y agitó la mano. Luke le devolvió el gesto con entusiasmo, Grace con suavidad, Antonio con una inclinación de cabeza que era puro respeto. Luego las compuertas se cerraron con un zumbido hidráulico y la nave de Aethel se elevó hacia el cielo limpio del planeta de los emperadores.
El viaje de regreso duraba aproximadamente dos horas. Dos horas en las que la nave, un transporte de clase media con asientos reclinables y una cafetera que funcionaba a intervalos caprichosos, surcaba el espacio interestelar con la monotonía de un autobús cósmico.
Los cuatro tripulantes se distribuyeron en la cabina de pasajeros como quien vuelve a casa después de unas vacaciones: Aiko junto a la ventanilla, con los pies apoyados en el asiento de enfrente; Alexei a su lado, estirando las piernas de piloto; Inés en el asiento del pasillo, con su tableta de lectura; y Marcus en la fila de atrás, apoyando la cabeza contra el respaldo y cerrando los ojos.
Pero el silencio no duró mucho. Nunca duraba con ellos.
—Aiko —dijo Alexei, con ese tono zumbón que tanto irritaba a la capitana—, ¿no te pareció muy atento el príncipe heredero de Meijin? Porque yo lo vi muy atento. Demasiado atento.
Aiko abrió los ojos y se incorporó. Sus mejillas, normalmente pálidas, adquirieron un tono ligeramente rosado.