La vida, esa obstinada fuerza que se niega a extinguirse, había vuelto a instalarse en los rincones cotidianos de Concordia. Los meses transcurrían con la cadencia de un río manso, y los ecos de la tormenta que había sacudido a la familia Chen parecían, por fin, disiparse en la memoria colectiva. Pero bajo la superficie de aquella calma, algo se movía. Algo paciente. Algo que esperaba.
Shanghái, Tierra — Distrito de Pudong
El parque olía a jazmín y a fideos recién hechos. Los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías con voces cantarinas, y los niños corrían entre las fuentes, persiguiendo pompas de jabón que flotaban en el aire cálido de la tarde. Sentado en un banco de madera, con un cuenco de fideos picantes humeando entre las manos, Marcus Chen observaba a su hijo con una sonrisa que no intentaba ocultar.
Luke, de doce años ya, perseguía a un grupo de palomas con la energía inagotable de la infancia. Su risa, clara y contagiosa, se mezclaba con el rumor de la ciudad, y Marcus pensó que no había melodía más hermosa en todo el universo.
—¡Papá, mira! ¡Casi atrapo una!
—Casi no cuenta, campeón. Tienes que ser más rápido.
—¡Las palomas son más rápidas que yo!
—Eso es porque tienen alas. Tú no. Pero no te preocupes. Algún día diseñaremos un traje con alas. Y entonces ganarás.
Luke se detuvo, con los ojos brillantes de emoción.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. —Marcus dio un mordisco a sus fideos y cerró los ojos, saboreando el picante que le ardía en la lengua—. Pero primero tendrás que estudiar mucho. La ingeniería aeroespacial no es para vagos.
—No soy vago. Soy Luke Chen. Y soy el mejor de mi clase en matemáticas.
—Eso espero. Porque si no, tendré que darte clases extra.
—¿Y eso es malo?
—Depende de cuánto te guste hacer ejercicios de cálculo a las seis de la mañana.
Luke puso los ojos en blanco, ese gesto que había heredado de Grace y que a Marcus le parecía la cosa más adorable del mundo. Luego corrió hacia el banco y se sentó a su lado, robándole un poco de fideos del cuenco.
—Papá, ¿cuándo vamos a volver a Aethel? Echo de menos el parque de gravedad cero.
—Pronto. En cuanto termine el proyecto de la estación. Ya sabes que ahora trabajo en la Tierra.
—Lo sé. Y me gusta que estés aquí. Aunque sea lejos de mamá.
Marcus dejó el cuenco a un lado y pasó un brazo por los hombros de su hijo.
—Mamá está bien, campeón. Tiene su vida. Y nosotros tenemos la nuestra. Pero siempre estaremos aquí el uno para el otro. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Luke apoyó la cabeza en el hombro de su padre, y por un instante, el mundo entero se redujo a aquel banco de parque, a aquel cuenco de fideos, a aquel abrazo silencioso—. Te quiero, papá.
—Y yo a ti, Luke. Más de lo que imaginas.
—Papá, ¿crees que mi hermanita se parecerá a mí?
Marcus se giró hacia su hijo con una sonrisa tierna.
—¿Tu hermanita?
—Sí. Mamá dice que tendré una hermanita. Que se llamará Emma. Bueno, Antonio dice que se llamará Emma. Mamá todavía no está segura.
Marcus sintió un pellizco en el pecho, pero logró mantener la sonrisa.
—Seguro que será preciosa. Y si se parece a ti, más todavía.
—Yo quiero que se parezca a mamá. Las niñas deben parecerse a sus mamás.
—Eso es muy sabio, campeón. ¿Quién te lo ha dicho?
—Lo he pensado yo solito.
Marcus le revolvió el pelo con cariño.
—Pues eres el niño más sabio que conozco.
Luke se rió y volvió a correr tras las palomas. Marcus lo observó alejarse, y la sonrisa se le fue apagando poco a poco. Una niña. Grace iba a tener una niña. Y el padre no era él. Nunca sería él.
Respiró hondo y se repitió a sí mismo que aquello ya lo sabía. Que lo tenía asumido. Que no dolía. Pero era mentira. Dolía. Dolía como una herida que se abre una y otra vez, sin terminar de cicatrizar jamás.
Houston, Tierra —Unidad neonatal del hospital Puerto Azul
La consulta prenatal olía a desinfectante y a flores de papel. Grace estaba tumbada en la camilla, con la barriga ya evidente bajo la bata blanca. Cuatro meses y medio de embarazo. Una niña. Emma. Antonio sostenía su mano con una ternura que parecía sincera, y en la pantalla del ecógrafo, la silueta diminuta de la bebé se perfilaba con claridad.
—Aquí está —dijo la doctora, una mujer mayor de sonrisa amable—. Pueden ver las manitas, los piececitos. Y aquí está el corazón. Latiendo con normalidad. Su hija está perfectamente sana.
Grace observaba la pantalla con una mezcla de asombro y melancolía que no lograba explicar. Cuatro meses y medio. Aquella criatura crecía en su vientre, y sin embargo, una parte de ella se sentía extrañamente ajena. Como si aquel embarazo fuera un sueño del que no terminaba de despertar.