El viaje de Aethel a la Tierra duraba técnicamente cuatro horas y diecisiete minutos. Marcus Chen lo sabía porque él mismo había calculado la ruta óptima años atrás, cuando era un joven ingeniero que aún creía en las distancias exactas y en los problemas que se resolvían con ecuaciones. Pero aquella mañana, sentado en el transporte de emergencia que la AIC había puesto a su disposición, el trayecto se le antojó más largo que los diez años que pasó atrapado en el agujero de gusano.
No habló con nadie durante el vuelo. No respondió a los mensajes de Aiko, que le llegaban cada pocos minutos con la insistencia de una capitana preocupada por su tripulante. No tocó la comida que le ofrecieron. Apenas parpadeaba. Tenía los ojos fijos en la ventanilla, pero no veía las estrellas. Veía a Luke. Un Luke con nueve, corriendo hacia él en el palacio de los Mil Templos, gritando «¡Papá!» con esa voz que le iluminaba el alma. Y ahora Luke con once, solo, asustado, en manos de un monstruo que no sabía lo que era el amor porque jamás lo había sentido.
El transporte aterrizó en la plataforma diplomática de la Tierra con un silbido de motores que a Marcus le sonó a lamento. Antes de que la rampa terminara de descender, él ya estaba en el suelo, caminando con zancadas largas hacia el vehículo que lo esperaba. Un coche oficial, negro, con el emblema de la Flotilla en la puerta. El conductor no hizo preguntas. Nadie las hacía. Todos sabían quién era Marcus Chen. Todos sabían que a un héroe de Concordia le habían secuestrado al hijo.
La casa de los Durán estaba encendida como una antorcha en la noche. Cada ventana vomitaba luz, cada rincón parecía ocupado por alguien, y el jardín delantero estaba invadido por vehículos policiales con las sirenas apagadas pero los distintivos brillando bajo la luna terrestre. Marcus atravesó el umbral sin llamar, sin anunciarse, sin pedir permiso. Lo recibió un murmullo de voces, un parloteo de agentes y familiares que se interrumpió apenas lo vieron aparecer.
Grace estaba en el centro del salón, rodeada de policías de la Flotilla y oficiales de la seguridad terrestre. Tenía el rostro desencajado, los ojos hinchados de llorar, el cabello suelto y revuelto como si hubiera estado tirándose de él. A su lado, Antonio Durán sostenía una tableta con el informe preliminar del secuestro, y los padres de Grace —Helena y Roberto— permanecían sentados en el sofá, abrazados el uno al otro, con la mirada perdida de los abuelos a los que les han arrancado el corazón.
En cuanto Grace lo vio, se levantó. Corrió hacia él. Se abalanzó sobre su pecho y lo abrazó con una fuerza que parecía querer fundirlos en uno solo. Sus sollozos resonaron en el salón como un eco sordo, y sus dedos se aferraron a la chaqueta de Marcus con la desesperación de quien se hunde.
—Marcus… Marcus, se lo han llevado… Mi niño, nuestro niño…
Pero Marcus no la abrazó de vuelta. No por frialdad, no por rencor. Porque no podía. Porque su cuerpo estaba allí, en ese salón iluminado, pero su mente estaba en otra parte.
—¿Qué sabéis? —preguntó, y su voz sonó extraña, metálica, como si no le perteneciera—. ¿Habéis averiguado algo?
Antonio se adelantó. Su rostro, normalmente sereno, estaba surcado por una tensión que Marcus jamás le había visto.
—Nada todavía. La policía de la Flotilla ha activado el protocolo de búsqueda interestelar. Están peinando todas las rutas de salida del planeta, todos los puertos, todas las naves que despegaron en las últimas seis horas. Pero quienquiera que lo haya hecho sabía lo que hacía. No ha dejado rastro.
—¿Cómo es posible? —Marcus se giró hacia los agentes, y su tono subió un grado—. ¿Cómo es posible que un colegio entregue a un niño a un desconocido sin consultar a los padres? ¿Sin verificar? ¿Sin una maldita llamada?
Uno de los agentes, un hombre mayor de hombros anchos y bigote cano dio un paso al frente.
—Ingeniero Chen, entendemos su frustración. Estamos investigando los protocolos del colegio. Aparentemente, la persona que recogió a Luke se identificó como un familiar autorizado. Presentó documentación falsa, pero muy bien falsificada. Los profesores no tenían motivos para sospechar.
—¿Que no tenían motivos? —Marcus soltó una risa que no tenía nada de humor, una risa que resonó en las paredes como un cristal a punto de romperse—. ¿Un niño de once años, y lo entregan sin una maldita llamada? ¿Eso es lo que llaman protocolo?
—Marcus… —Grace intentó tocarlo, calmarlo, pero él se apartó.
—No. No me toques. No ahora. —Su voz se quebró, y por un instante dejó ver lo que había detrás de la rabia: un miedo tan profundo que parecía un abismo—. ¿Cuánto tiempo lleva desaparecido? ¿Seis horas? ¿Siete? ¿Sabéis lo que puede pasar en siete horas? ¿Sabéis lo que ese hombre puede hacerle en siete horas?
—¿Ese hombre? —preguntó Helena, incorporándose del sofá—. Marcus, ¿tú sabes quién ha sido?
Marcus no respondió. Se quedó mirando a su exsuegra, con los ojos desorbitados y la respiración agitada, y supo que había dicho demasiado. El salón entero lo miraba ahora: los agentes, los familiares, Grace, Antonio. Todos esperando una respuesta que él no podía dar sin desatar una tormenta aún peor.
—No lo sé —mintió—. Solo sé que alguien quiere hacerme daño. Y ha encontrado la forma.
El agente del bigote cano frunció el ceño, pero no insistió. Antonio, en cambio, sostuvo la mirada de Marcus con una intensidad que lo inquietó. Era la mirada de un diplomático que había aprendido a leer las mentiras como quien lee mapas.