Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 32: El precio de la verdad

La prisión de máxima seguridad de la AIC flotaba en el cinturón de asteroides como un monolito de acero y silencio. Marcus Chen la había visto antes, en fotografías y en informes oficiales, pero nunca había puesto un pie en ella. Ahora, mientras el transporte de seguridad atravesaba las compuertas de entrada, sintió que el aire se le espesaba en los pulmones. No era miedo. Era la conciencia de que aquel lugar representaba todo lo que él había intentado dejar atrás: su origen, su sangre, su maldita herencia de dolor.

Lo habían registrado tres veces antes de permitirle avanzar. Los guardias, de mirada impasible y uniformes grises, lo escoltaron por un laberinto de pasillos blancos, iluminados por una luz fría que no dejaba lugar para las sombras. Las puertas se abrían con zumbidos hidráulicos, y el eco de sus pasos resonaba en el silencio como un tambor lejano. Marcus caminaba con la espalda recta, las manos entrelazadas a la espalda, los ojos fijos en el horizonte de acero. No quería estar allí. Pero la visita de Antonio a Lǐ Chóngshèng, descubierta por Li Wei hacía apenas unos días, le había encendido una alarma que no podía ignorar.

¿Por qué Antonio había visitado a su padre? ¿Qué había ido a buscar? ¿Y qué había obtenido a cambio?

La sala de visitas era un cubo de cristal blindado, dividido por una barrera transparente que separaba a los reclusos de los visitantes. Marcus se sentó en la silla de metal, frente al cristal, y esperó. Los minutos se estiraron como horas. El silencio era absoluto, roto solo por el zumbido lejano de los sistemas de ventilación. Marcus cerró los ojos y respiró hondo, intentando aquietar el torbellino que le rugía en el pecho.

La puerta del otro lado se abrió.

Lǐ Chóngshèng entró con paso lento, flanqueado por dos guardias. Vestía el uniforme naranja de los condenados, y sus muñecas estaban esposadas. Había envejecido. Su cabello, antes negro y peinado con precisión milimétrica, era ahora una masa gris y desordenada. Su rostro, demacrado, conservaba sin embargo el brillo oscuro de sus ojos, esos ojos que tantas veces habían doblegado a adversarios y aliados. Se sentó frente al cristal, y durante un largo instante, padre e hijo se observaron en silencio.

Eran dos extraños unidos por la sangre y el rencor. Dos hombres que compartían un apellido que ninguno de los dos había elegido. Dos supervivientes de una guerra que llevaba librándose desde antes de que Marcus naciera.

—Marcus Chen —dijo Lǐ Chóngshèng, con una voz ronca que sonaba a metal oxidado—. No esperaba verte por aquí. Debe de ser un día especial.

—No es un día especial. Es un día necesario.

—¿Necesario? —Lǐ Chóngshèng esbozó una sonrisa torcida—. ¿Y qué es tan necesario como para que el héroe de Concordia se rebaje a visitar a un condenado?

Marcus sostuvo su mirada sin pestañear.

—Antonio Durán vino a verte. Hace unos años. Quiero saber de qué hablaron.

La sonrisa de Lǐ Chóngshèng se desvaneció. Por un instante, una chispa de sorpresa brilló en sus ojos, y luego, algo más oscuro, más cauteloso.

—¿Y por qué querrías saber eso?

—Porque Antonio no es quien aparenta ser. Y tú lo sabes.

Lǐ Chóngshèng guardó silencio. Sus dedos, esposados sobre la mesa, se crisparon ligeramente. Marcus lo observaba con una intensidad que no dejaba lugar a la evasión.

—¿Por qué vino a verte, Lǐ Chóngshèng? ¿Qué quería de ti?

—¿Y qué te hace pensar que te lo voy a decir? —respondió Lǐ Chóngshèng, con una amargura que le teñía las palabras—. No somos aliados, Marcus. No somos familia. Somos dos extraños que comparten un accidente genético.

—Precisamente por eso. Porque no somos aliados. Porque no me debes nada. Pero tampoco me quieres ver muerto. Al menos, no todavía.

Lǐ Chóngshèng lo miró fijamente. Luego, con una lentitud deliberada, se recostó en la silla.

—Eres listo. Siempre lo fuiste. Y sí, Antonio vino a verme. Vino a restregarme su victoria por la cara. A decirme que él era peor que yo. A presumir de todo lo que te había arrebatado.

—¿Y qué le respondiste?

—Nada. Lo dejé hablar. Los hombres como Antonio necesitan oírse a sí mismos. Necesitan creer que son invencibles. Y cuanto más hablan, más se delatan.

Marcus apretó los puños sobre la mesa.

—¿De qué se delató?

Lǐ Chóngshèng sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de un viejo depredador que reconoce a otro.

—De que te odia, Marcus. Te odia con una intensidad que yo jamás sentí. Y eso es mucho decir. —Hizo una pausa, saboreando el silencio—. Me dijo que movió los hilos durante años. Que fue él quien instigó los atentados contra ti durante la Operación Ojo de Cerradura. Que robó tu herencia. Que crió a tu hijo como si fuera suyo. Y que su mayor placer era verte sufrir.

Marcus sintió que la sangre le hervía en las venas. Lo que Lǐ Chóngshèng le estaba contando era la confirmación de sus peores sospechas. Antonio no era un simple resentido. Era un depredador paciente, un titiritero que llevaba años moviendo los hilos desde las sombras.

—¿Y por qué me lo dices ahora? —preguntó Marcus, con una voz que apenas podía contener—. ¿Qué ganas con esto?




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