La lluvia caía sobre Houston con la suavidad de un lamento antiguo. Las gotas resbalaban por los ventanales de la casa de Marcus Chen, dibujando ríos caprichosos sobre el cristal, y él las observaba con la taza de té enfriándose entre las manos. Cuatro años. Cuarenta y ocho meses. Mil cuatrocientos sesenta días desde que la vida, esa fuerza impredecible, lo había depositado en aquella casa modesta pero acogedora, a media hora de la estación espacial de la Flotilla.
La casa no era grande. Tenía dos habitaciones, un salón amplio, una cocina que Marcus apenas usaba y un porche trasero que daba a un pequeño jardín donde crecían rosas que Grace le había regalado. Las había plantado sin saber si sobrevivirían, y ahora trepaban por la valla con la obstinación de las cosas que se niegan a morir. Como él. Como su amor por Grace.
Marcus Chen tenía treinta y cuatro años biológicos y cuarenta y cuatro legales. Seguía soltero. Seguía enamorado. Y seguía siendo el "tío Marcus" para la pequeña Emma, la hija de tres años de Grace y Antonio, que lo adoraba con una devoción infantil que a él le partía el alma. La niña era idéntica a Grace: los mismos ojos, la misma sonrisa, la misma manera de inclinar la cabeza cuando algo le intrigaba. Y cada vez que Emma corría hacia él con los brazos abiertos, gritando "¡Tío Marcus!", él sentía una punzada de dolor y una oleada de amor imposible de explicar.
No era su hija. Lo sabía. Pero la quería con una intensidad que lo asustaba.
El sonido del timbre lo sacó de sus pensamientos. Dejó la taza sobre la mesa y se levantó con una lentitud que no tenía que ver con la edad, sino con la costumbre de no apresurarse ante nada. Abrió la puerta y se encontró con Luke.
Luke Chen, dieciséis años, una sonrisa enorme y una mochila colgada del hombro. Llevaba el cabello revuelto por el viento y las mejillas enrojecidas por el frío de la tarde. A su lado, Emma saltaba de un pie a otro, envuelta en un abrigo rosa que la hacía parecer una pequeña bola de algodón.
—¡Papá! —exclamó Luke, y lo abrazó con la fuerza de un adolescente que aún no ha aprendido a medir su entusiasmo.
—¡Tío Marcus! —chilló Emma, alzando los bracitos—. ¡Mira lo que me compró mamá! ¡Un unicornio!
Marcus se agachó para recibirla, y la niña se abalanzó sobre él, mostrándole un peluche de unicornio con la melena de arcoíris. Marcus lo examinó con una seriedad fingida.
—Es el unicornio más hermoso que he visto en mi vida —dijo—. Casi tan hermoso como tú.
Emma se rió, y la risa de la niña llenó la casa como un coro de campanas diminutas. Luke entró detrás, dejando la mochila en el sofá y quitándose la chaqueta con la familiaridad de quien se siente en casa. Porque aquella era, en cierto modo, su casa. El fin de semana le pertenecía. Y a menudo, como aquella tarde, traía a Emma consigo.
—¿Queréis cenar algo? —preguntó Marcus, dirigiéndose a la cocina.
—¡Pizza! —gritó Emma.
—Emma, ya cenaste pizza ayer —la regañó Luke, con una paciencia de hermano mayor que le salía natural.
—¡Pues pizza otra vez!
—No, princesa —dijo Marcus, abriendo el refrigerador—. Esta noche toca sopa de fideos. La sopa del tío Marcus es famosa en todo el sistema.
—¿Famosa? —Luke alzó una ceja, divertido—. Papá, tu sopa solo es famosa porque es lo único que sabes cocinar.
—Y, sin embargo, te la comes sin rechistar.
—Porque tengo hambre.
Emma se subió a una silla, con su unicornio bajo el brazo, y observó a Marcus con una atención que a él le parecía desmedida para una niña de tres años.
—Tío Marcus, ¿tú eres mi papá también?
La pregunta cayó como una bomba silenciosa. Marcus se quedó inmóvil, con una cebolla a medio pelar en la mano. Luke, que estaba sirviendo agua, se atragantó ligeramente.
—Emma, ya hablamos de esto —intervino Luke, con una calma forzada—. Tú tienes a papá Antonio. Y tienes al tío Marcus. Eres afortunada: tienes dos hombres que te quieren.
—¿Y por qué no puedo tener dos papás?
—Porque la vida es complicada —dijo Marcus, con una sonrisa que le costó esfuerzo—. Pero eso no importa. Lo que importa es que te quiero. Mucho. ¿Vale?
—Vale —respondió Emma, satisfecha.
Y volvió a jugar con su unicornio, ajena al terremoto que sus palabras habían provocado. Marcus miró a Luke, que le devolvió una mirada de disculpa. No hacía falta. Aquel niño no tenía culpa de nada. Ninguno de los dos la tenía.
(…)
Houston, Tierra — Residencia de los Durán
Grace Smit-Duran tenía cuarenta y cuatro años y una vida que se desmoronaba como un castillo de arena. No era algo que pudiera señalar con el dedo. No había gritos, ni platos rotos, ni portazos. Solo un silencio espeso que se instalaba en la casa como un inquilino indeseado, y una distancia que crecía entre Antonio y ella como una grieta en el hielo.
Aquella tarde, sentada en el sofá del salón, repasaba mentalmente los rumores que le habían llegado. Una joven embajadora de Qeeren. Coqueteos en recepciones diplomáticas. Miradas que se sostenían demasiado tiempo. Grace intentaba no darles importancia. Antonio era atractivo, carismático, y las mujeres se le acercaban. Siempre había sido así. Pero últimamente, aquellos rumores le dolían más de lo que quería admitir. No por celos, sino porque le recordaban que su matrimonio era una fachada.