La sala de juntas del bufete de abogados era un espacio austero, con paredes de paneles oscuros y una mesa de conferencias que reflejaba la luz fría de los fluorescentes. Marcus Chen estaba sentado en una de las cabeceras, con las manos entrelazadas sobre la superficie de madera y la mirada fija en la pantalla holográfica que flotaba en el centro de la mesa. A su lado, Li Wei permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión de hielo que no presagiaba nada bueno.
—Hemos terminado el informe, ingeniero Chen —dijo la abogada principal, una mujer de mediana edad con el cabello recogido en un moño severo y una voz que no admitía réplica—. Y debo advertirle que lo que va a ver no es agradable.
—Adelante —respondió Marcus, sin apartar la vista de la pantalla.
La abogada pulsó un botón, y la pantalla se llenó de documentos. Extractos bancarios, transferencias internacionales, contratos de compraventa, informes notariales. Todo perfectamente organizado, todo implacablemente claro.
—El ochenta por ciento del dinero de su herencia terminó en cuentas controladas por Antonio Durán —comenzó la abogada, señalando una serie de gráficos—. Utilizó una red de empresas fantasma y paraísos fiscales para desviar los fondos. Las firmas que autorizaron las transferencias son falsificaciones de alta calidad, pero falsificaciones, al fin y al cabo.
—¿Y la casa? —preguntó Marcus, con una voz que sonaba sorprendentemente calmada.
—La casa que usted dejó a nombre de la señora Grace Smit fue vendida al señor Durán a través de una inmobiliaria fantasma. El precio de venta fue ridículo. Apenas un diez por ciento de su valor real. Y la autorización notarial que permitió la venta fue firmada con una falsificación de su rúbrica.
Marcus cerró los ojos. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies, pero no se permitió tambalearse. Había sobrevivido a cosas peores. Había sobrevivido a un agujero de gusano, a un asteroide, a dos disparos. Aquello era solo papel. Papel que confirmaba lo que su instinto le había gritado durante meses: Antonio Durán era un ladrón, un mentiroso, un monstruo de paciencia infinita.
—¿Y las acciones? —preguntó Li Wei, con una frialdad que helaba el ambiente—. ¿La pensión mensual?
—Las acciones fueron transferidas a una cuenta en Qeeren, controlada indirectamente por el señor Durán. La pensión mensual fue cancelada mediante un documento falsificado que certificaba la muerte del ingeniero Chen. —La abogada hizo una pausa—. Los abogados que tramitaron la herencia eran empleados del señor Durán. Todos han sido identificados.
—¿Y dónde están ahora? —preguntó Marcus.
—Algunos han muerto. Otros desaparecieron. Uno de ellos vive en Meijin, bajo una identidad falsa. Nuestros investigadores lo han localizado.
—Excelente —dijo Li Wei, con una sonrisa que no tenía nada de amable—. Eso significa que podemos presionarlo.
Marcus no dijo nada. Se quedó mirando la pantalla, procesando la magnitud de la traición. No era solo el dinero. No era solo la casa. Era la vida que Antonio le había robado. La vida que había construido para Grace y Luke, y que Antonio había desmantelado pieza a pieza, con una meticulosidad que daba asco.
—Hay más —dijo la abogada, y su tono se volvió aún más grave—. El investigador privado que contratamos ha encontrado pruebas de que el señor Durán no solo robó su herencia. También estuvo involucrado en los ataques y sabotajes que usted sufrió durante la Operación Ojo de Cerradura.
Marcus abrió los ojos. Una chispa de alarma encendió su mirada.
—¿Involucrado de qué manera?
—De manera discreta e imperceptible. No dio la orden directa, pero proporcionó los medios. Facilitó los accesos. Movió los hilos desde las sombras para que el saboteador, Kael Vinter, pudiera operar sin ser detectado. Las pruebas son concluyentes.
—¿Y qué hay del secuestro de Grace y Luke? —preguntó Li Wei, con la mandíbula apretada—. ¿También tuvo algo que ver?
—El señor Durán no participó activamente en el secuestro, pero lo facilitó. Días antes del incidente, retiró deliberadamente la seguridad privada que protegía a la señora Grace y al joven Luke. Fue una decisión consciente. Y gracias a esa decisión, Lǐ Chóngshèng pudo secuestrarlos con una facilidad alarmante.
Marcus sintió que la furia le subía por la garganta como un ácido. Antonio no solo le había robado. Los había dejado desprotegidos. Había jugado con la seguridad de Grace y de Luke. Había puesto sus vidas en peligro por puro despecho.
—¿Y la embajadora de Qeeren? —preguntó, con una voz que sonaba a un susurro helado—. ¿Ella también está involucrada?
La abogada asintió.
—La embajadora Sora facilitó la creación de las cuentas fraudulentas en Qeeren. Sin su ayuda, el desvío de fondos no habría sido posible. Y a cambio, recibió una cantidad sustanciosa del dinero robado.
Marcus se puso en pie. Caminó hacia la ventana y se quedó allí, de espaldas a los demás, con las manos entrelazadas a la espalda. La lluvia seguía cayendo sobre Houston, y las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas.
—¿Quiere una copia completa del informe, ingeniero Chen? —preguntó la abogada, rompiendo el silencio.
—Sí. Con todas las pruebas. Todo lo que tengan.