Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 8: Las grietas del plan

El primer mes de la Operación Ojo de Cerradura transcurrió bajo el signo de una eficiencia que rozaba lo milagroso. Al menos, eso decían los informes oficiales.

Los satélites láser se desplegaron en tiempo récord, una constelación de agujas brillantes que se alinearon en el perímetro exterior de Concordia como un collar de perlas encendidas. Cada veinticuatro horas, los haces concentrados golpeaban la superficie del asteroide 635-K, vaporizando capas de roca y hielo en silenciosas erupciones de plasma. Los técnicos de Aethel y la Tierra monitoreaban los vectores de desviación con el aliento contenido, y las primeras simulaciones confirmaban que la ablación estaba funcionando: el asteroide se desviaba milímetros por segundo, lo justo para apuntar al ojo de cerradura gravitacional que los augures de Ellisyum ya habían comenzado a cartografiar con sus métodos ancestrales.

Las naves de extracción, enviadas durante la segunda semana, ya habían aterrizado en la superficie irregular del asteroide. Sus taladros perforaban la roca milenaria y succionaban minerales raros que en Concordia valían más que el oro. Los sultanes de Qeeren frotaban las manos en sus palacios de mármol blanco. Los emperadores de Meijin dormían un poco mejor. Los noticieros hablaban de la “Operación Salvación” y los rostros de la tripulación del Prometeo-35 aparecían en las pantallas de los cinco planetas como los héroes que una vez fueron dados por muertos y que ahora regresaban para salvar el sistema.

Pero bajo la superficie de aquella coreografía perfecta, algo se estaba pudriendo.

Marcus Chen lo notó durante la tercera semana. Fue una nimiedad al principio, una de esas pequeñas fricciones burocráticas que tanto abundan en las agencias interestelares. Había solicitado un paquete de datos de los satélites del sector siete para correr una simulación de trayectoria alternativa. La solicitud le fue denegada por “inconsistencias en el formulario”. Lo rellenó de nuevo, con más cuidado. Denegada otra vez. Lo intentó una tercera vez, adjuntando su identificación biométrica y su código de autorización de ingeniero senior. Denegada.

Aquella misma tarde, Alexei Volkov hizo exactamente la misma solicitud desde su terminal. Aprobada en once minutos.

—Esto es ridículo —murmuró Marcus, repasando los registros con el ceño fruncido.

—Habrá sido un error del sistema —dijo Alexei, sin demasiada convicción.

—Los errores del sistema no discriminan entre mi nombre y el tuyo. Alguien está denegando mis solicitudes de forma manual.

Alexei se quedó callado. No necesitaba decir nada: ambos sabían que, en la jerarquía de la AIC, Marcus Chen no era un ingeniero cualquiera. Era el hombre que había diseñado el núcleo de contención cuántica del Prometeo-35, el que había pasado meses atrapado en una singularidad, el que ahora encabezaba el equipo de desviación. Alguien con ese perfil no sufría “errores administrativos” por casualidad.

La queja conjunta del equipo se formalizó esa misma semana. Aiko la firmó como capitana. Inés aportó un informe detallado de todas las solicitudes denegadas a Marcus y aprobadas a otros miembros con idéntico contenido. Soren, la ingeniera de Aethel, adjuntó capturas de pantalla y registros de IP. El documento viajó por los canales oficiales hasta la oficina de la presidenta Ilyra, que lo leyó en persona y convocó a Aldric Voss esa misma noche.

—Es sabotaje —dijo Ilyra, dejando caer la tableta sobre la mesa—. Torpe, evidente y, por tanto, insultante. Alguien dentro de la agencia está intentando obstaculizar el trabajo del ingeniero Chen.

—Lo sé —respondió Voss, pálido—. Y lo que es peor: no es lo único que ha pasado.

El segundo incidente fue mucho más grave.

Ocurrió una mañana de la cuarta semana, cuando el equipo de extracción ya llevaba días trabajando sobre la superficie del asteroide. Marcus llegó a la sala de monitoreo y encontró a Soren esperándolo en la puerta, con el rostro desencajado.

—Marcus, tienes que ver esto.

Lo condujo hasta su terminal. En la pantalla se mostraba un formulario de asignación de misión, fechado el día anterior, en el que se solicitaba la integración inmediata del ingeniero Marcus Chen al equipo de recolección de materiales sobre el asteroide 635-K. El formulario llevaba su nombre, su número de identificación, y una firma biológica que supuestamente correspondía a su pulso electromagnético.

—Yo no he firmado esto —dijo Marcus, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda—. Ni siquiera sabía que existía este formulario.

—Lo sé. Porque la firma biológica no coincide con la tuya. Y aunque coincidiera, no habrías pasado la autorización médica. —Soren amplió el documento y señaló una línea—. Mira aquí: la solicitud fue enviada a las tres de la madrugada, hora de Aethel, desde una terminal del ala administrativa. A esa hora tú estabas en tu apartamento hablando con tu hijo; los registros de videollamada lo confirman.

—¿Y el equipo de extracción? —preguntó Marcus, aunque ya intuía la respuesta.

—Lleva días en el asteroide. Si esta solicitud hubiera sido aprobada, te habrías encontrado con una orden de embarque inmediato hacia una nave que ya no estaba en puerto. Sin autorización médica de la AIC, sin la firma de la estación aeroespacial de la Tierra, sin la de Concordia. Habrías quedado como un desertor o un insubordinado.




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