La orden de arresto llegó como un rayo.
Semanas después del incidente en el estacionamiento, cuando la opinión pública aún digería la magnitud del escándalo de la Flotilla, la AIC emitió una declaración oficial que sacudió los cimientos de Concordia. Antonio Durán, ex representante de la Tierra, exfuncionario intachable, era buscado por múltiples crímenes. Fraude. Falsificación de documentos. Robo de herencia. Amenazas. Intento de agresión. Y una larga lista de delitos que salían a la luz con cada día que pasaba.
El detonante fue la declaración de Lǐ Chóngshèng.
Desde su celda en la prisión de máxima seguridad de la AIC, el anciano magnate decidió hablar. No por arrepentimiento. No por justicia. Por pragmatismo. Sabía que jamás saldría de allí. Sabía que su vida se consumiría entre paredes blancas y silencios interminables. Y si iba a pasar el resto de sus días enjaulado, al menos se aseguraría de que su estancia fuera lo más cómoda posible. Su testimonio era una moneda de cambio. Y la moneda era la cabeza de Antonio Durán.
—Antonio Durán movió los hilos durante años —declaró, con una voz que resonó en la sala de interrogatorios—. Fue él quien instigó los atentados contra Marcus Chen durante la Operación Ojo de Cerradura. Fue él quien robó la herencia. Fue él quien dejó sin vigilancia a Grace Smit y a Luke Chen cuando yo los secuestré. Fue él quien autorizó la salida del niño del colegio aquel día, facilitando el trabajo de mis hombres. Y fue él quien se casó con Grace Smit no por amor, sino por venganza. Siempre fue por venganza.
El testimonio fue demoledor. Y no fue el único.
Kael Vinter, el antiguo ingeniero que había sido encarcelado por los sabotajes durante la Operación Ojo de Cerradura, también habló. Desde su celda, confirmó que Antonio le había dado acceso indirecto a las redes de Aethel. Que le había proporcionado dinero para pagar a sus cómplices. Que le había susurrado al oído, alimentando su resentimiento, empujándolo a actuar.
—Yo era un peón —declaró Vinter, con una amargura que no lograba ocultar—. Un peón en su juego. Antonio Durán me usó para hacerle daño a Marcus Chen, y cuando me atraparon, me dejó pudrirme en prisión. Es un monstruo. El peor que he conocido.
Y entonces llegó lo que nadie esperaba.
Un expediente judicial, presentado por los abogados de una mujer de la Tierra, reveló que Antonio Durán había tenido un hijo con ella mientras estaba casado con Grace. El niño, de nombre Matías Durán, tenía quince años y jamás había conocido a su padre. La demanda de pensión alimenticia, presentada años atrás, había sido desestimada por miembros de la Flotilla, a pesar de que existían pruebas contundentes. Una prueba de ADN que confirmaba el parentesco. Un registro de nacimiento donde Antonio aparecía como padre biológico y legal. Todo había sido enterrado, silenciado, comprado.
La noticia estalló en los medios como una bomba de fragmentación.
Las redes sociales ardieron. Los titulares se sucedieron sin pausa. La opinión pública, horrorizada, pasó de la indignación a la furia. No solo había robado. No solo había traicionado. También había abandonado a un hijo. Un hijo que ni siquiera sabía que existía.
—Es un monstruo —declaró un analista político en un canal de noticias—. Un hombre sin escrúpulos que se escondió detrás de una máscara de integridad durante años. Y ahora, por fin, se ha quitado la careta.
La AIC emitió la orden de arresto. La policía interestelar se desplegó por todo el sistema. Pero Antonio Durán se había esfumado.
Nadie lo encontraba. Nadie sabía dónde estaba. Había desaparecido de su casa, de su antigua oficina, de los lugares que solía frecuentar. Sus comunicadores estaban apagados. Sus cuentas bancarias, congeladas. Era un fantasma.
Y en su escondite, el fantasma planeaba su último golpe.
Antonio había encontrado refugio en un viejo almacén abandonado en las afueras de Houston. Un lugar sucio, oscuro, olvidado. Allí, entre cajas de metal oxidado y maquinaria inservible, se sentaba en un taburete, con una botella de whisky en una mano y un tubo metálico en la otra.
Era un tubo de los que se usaban en las estaciones espaciales para ensamblar satélites. Pesado. Robusto. Letal. Antonio lo había robado de un depósito de la Flotilla, antes de que los funcionarios de la AIC sellaran todos los accesos. Lo había elegido por una razón: era el arma perfecta. No dejaba rastro. No hacía ruido. Solo golpeaba, una y otra vez, hasta que el silencio lo llenaba todo.
—Si voy a caer —murmuró, con la voz ronca por el alcohol—, me aseguraré de que Marcus caiga conmigo.
Se levantó del taburete y caminó hacia un espejo sucio que colgaba de la pared. Su reflejo lo miró: un hombre demacrado, con los ojos enrojecidos y la barba descuidada. Ya no era el diplomático elegante. Ya no era el esposo perfecto. Era una bestia acorralada, un animal herido, un monstruo a punto de dar su último zarpazo.
—Lo mataré —dijo, mirándose a los ojos—. Lo mataré y después... después me mataré yo. Si no puedo tenerla, nadie la tendrá. Y si no puedo destruirlo, me aseguraré de que nunca la haga feliz.
Apuró la botella de whisky y la arrojó contra la pared. Los cristales estallaron en mil pedazos, y el líquido ámbar se deslizó por el suelo como sangre. Antonio tomó el tubo metálico y lo sopesó con ambas manos. Era pesado. Perfecto.