Jardín de tulipanes [bl]

Capítulo 31: Escapada

Johan y Cedric

Cedric no planeaba levantarse tan temprano; su móvil, que estaba en la mesita de noche, comenzó a sonar a primera hora de la mañana, despertándolo de su tan apacible sueño. Primero intentó ignorar el sonido, pero al recordar que no era el único en la habitación, decidió que lo mejor era contestar.

—Bueno —dijo con voz ronca y somnolienta.

—¡Feliz cumpleaños, mi empanadita de leche! —saludó su madre con entusiasmo.

—Gracias, mamá —respondió el castaño intentando abrir los ojos.

—Lamento despertarte tan temprano, pero acabo de ver el mensaje de que tu regalo ya llegó al colegio. Deberías bajar a recibirlo, esta vez creo que te encantará.

Si debía ir a recibirlo, eso quería decir que no era algo enorme y ostentoso como siempre; si podía enviarlo al colegio, podría ser algún accesorio o ropa, como cualquier padre normal.

—Me vestiré enseguida —avisó con pereza—. Gracias, mamá, te amo.

—Y yo a ti, bomboncito —escuchó sonidos de besos al otro lado del teléfono y luego colgó.

Luego se levantó de la cama y fue directo al cuarto de baño para ducharse y vestirse. Vio entrar a su primo mientras se secaba el cabello, que parecía más dormido que despierto, hasta tropezó con el marco de la puerta; se desvistió y se metió en la ducha. Cedric rio al ver la torpeza de su primo y luego salió para despertar a Alea; entonces fue cuando se dio cuenta de que Zen y Elyan ya no estaban. ¿A qué hora salieron? ¿No estaban aquí cuando despertó?

—¿Dónde están los demás? —le preguntó a un rubio aturdido.

—No sé —contestó rascándose la cabeza—. Solo recuerdo que alguien me susurró al oído, pero no tengo idea de qué dijo.

—No eres de ayuda para nada —se quejó Cedric.

Alea no le hizo caso, se levantó de la cama con pesadez, escogió una muda de ropa y se metió al baño. No era la primera vez que más de una persona se metía a bañarse al mismo tiempo; ya habían visto demasiado entre ellos como para avergonzarse a estas alturas. Mientras se colocaba accesorios y se rociaba perfume, salió Azariel ya vestido y con el cabello medio seco; esa era señal de que se había levantado con pereza.

—¿Te habló la tía? —preguntó echándose en su cama.

—Sí, dijo que mi regalo ya llegó al colegio, pero no me han llamado de administración.

—Ahora podemos descartar la villa —mencionó estirándose igual que un gato.

—¿Y el tío?

—Aún no recibo su llamada —era extraño, su padre siempre era la segunda persona en llamar, después de su madre, pero no había ni rastros de él.

Cuando Alea salió, ambos chicos comenzaron a prepararse para salir. Azariel sintió que sus ojos estaban un poco débiles, por lo que sacó sus lentes y se los puso; eran unos que cambiaban de color dependiendo de la luz, fue un regalo de Alea para Navidad y le encantaban por tener lente morado.

—Andando —alentó el rubio colocándose un sombrero de pescador para protegerse del sol y una bolsita de osito.

Los otros dos lo miraron y sonrieron al verlo, siguieron al rubio hasta el elevador. Azariel estaba nervioso, esperaba que Zen y Elyan ya hubieran salido y que no corrieran peligro de toparse con ellos, si no el plan se arruinaría.

Por otro lado, Cedric se sentía un poco mal al dejar a Johan solo; se suponía que iba a ser el primero en desearle feliz cumpleaños, pero no había recibido ni un mensaje ni llamada de su parte, eso lo hizo sentirse un poco molesto. Si así iban a ser las cosas, era mejor que se distrajera con sus amigos y olvidarse de ese pelos de anciano por un día.

Cuando estaban a punto de llegar al edificio de administración, pudieron ver una gran multitud de gente, alumnos y profesores por igual. Los chicos fruncieron el ceño, pero no le dieron importancia; se dirigieron a la ventanilla de registro para anotar su salida. Cuando iba a preguntar por el obsequio enviado, escuchó a alguien gritar su nombre de repente.

—Cedric, tesoro —llamó su padre, que venía saliendo del edificio de administración junto con el subdirector.

—¿Papá? —se sorprendió Cedric. Ahora entendía por qué su padre no le había llamado para felicitarlo; corrió a su encuentro y le dio un gran abrazo.

—Feliz cumpleaños, querido —felicitó su padre dándole un beso en la mejilla—. Tu madre me pidió que viniera personalmente a dejarte el regalo, pero como no lo puedo dejar aquí, solo esperaré a que lo veas y luego lo llevaré a casa de tu tío para que lo guarde.

—¿Guardar qué? —preguntó confundido.

—¡Por los calzones de mi madre! —exclamó Alea con sobresalto—. ¿No es ese un Chevrolet Corvette Stingray, E-Ray y Z06 personalizado?

Cedric giró su cabeza hacia la multitud; desde ese ángulo podía verse perfectamente el convertible de un verde oscuro brillante, con asientos de cuero negro, estaba adornado con globos y un gran listón rojo. Había subestimado a su madre pensando que era una mujer razonable esta vez; ella siempre buscaba maneras para sorprenderlo. ¿Quién le regala a su hijo de dieciséis años un convertible?

—¿Cómo conoces las marcas de coches? —le preguntó Azariel a Alea—. Mi padre tiene una gran colección y yo solo los distingo por color.




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