La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XXIII. La trampa

Deagal mostraba plena confianza en su plan. Había pasado discutiendo y corrigiéndolo con todos sus compañeros. Solo Wilkin estaba ausente, pues nuevamente se enfrentaba a la muerte en nombre de Kenric. Por primera vez desde que se le escapó Luz verdadera sabía lo que estaba haciendo.

Ahora que conocían de dónde salía el monstruo era más fácil tenderle una trampa. Más aún que él había descubierto cómo utilizar el agua.

Una vez que estuvieron de acuerdo. Deagal se encaminó hacia el lago. Iba solo, incluso sin armadura. Llevaba ropa ligera para poder nadar. Como única arma llevaba una pequeña daga en su cinturón y unos frascos de vidrio que les había dado el cura del pueblo.

Se sentó a la orilla y esperó a que el sol se ocultara. Los rayos anaranjados todavía golpeaban el lago cuando Deagal decidió que era hora.

Le pidió al agua que sea lo suficiente sólida para sujetarlo. Sin esperar ningún tipo de señal mística, Deagal dio un paso hacia el lago. Sintió un gran alivio cuando su pie no se hundió en el agua y pudo apoyarlo como si fuera tierra sólida. Sintió la humedad en su bota, pero no se alarmó.

Al principio dio pasos cortos como para comprobar que de verdad el agua fuera a sostenerlo. Conforme iba ganando confianza iba avanzando con mayor rapidez. Era tan mágico, se sentía como un bailarín en la pista de hielo. Deseó que sus hermanos estuvieran viéndolo, especialmente Emil.

Llegó hasta lo que consideró la mitad del lago y entonces movió sus manos para convencer al agua de acudir bajo sus pies.

Deagal movió sus manos de forma exagerada para lograr mantener el control. Los verdaderos elementales no tenían que hacer esos gestos extravagantes, pero a él le ayudaban.

El agua comenzó a girar sobre sí misma en forma de un pequeño tornado que elevaba al subcomandante hacia el cielo. Con el suficiente tiempo el fondo comenzó a aparecer. El barro verdoso, las algas que se alzaban en busca del sol y los huesos humanos quedaron al descubierto.

Deagal buscó rápido el túnel oculto y lo encontró entre unas piedras afiladas. Entonces cerró su puño como señal para que las aguas se detuvieran. Ahora venía la parte difícil.

Sacó tres frascos llenos de aceite explosivo y los dejó caer. Un tentáculo de agua los recogió y con todas sus fuerzas golpeó dentro del túnel.

El retumbar de las explosiones asustó a las aves lejanas que levantaron vuelo en bandadas desorganizadas. Deagal sintió al agua vibrando y perdiendo forma bajo sus pies. Apretó más el puño y dirigió gran parte de su energía a controlarlo.

—Sal criatura —exclamó utilizando su voz más autoritaria.

El bosque estaba en completo silencio. Su voz reverberó por todas partes.

—Este no es tu hogar y te ordenó que salgas.

Nada ni nadie respondió. Deagal devolvió las aguas al túnel una y otra vez. Oleadas de diversa fuerza que buscaba provocar a la criatura. Su intento pareció nulo hasta que sintió la energía del monstruo rechazándolo. Es decir, que estaba en casa.

Sacó más frascos y los arrojó. Las explosiones parecieron recorrer todo el lecho del lago y esta vez vinieron acompañados de unos chillidos semejantes a los murciélagos. El subcomandante no dejó pasar la oportunidad y volvió a inundar el túnel. En esta ocasión, llevó consigo varios huesos que se quedaron atascados en la entrada. Si no podía hacerlo salir lo enterraría vivo.

Al parecer lo mismo interpretó la criatura porque pronto una mano palmeada y de color verde pantano salió del agujero. No tardó en aparecer su feo rostro. En su vida Deagal había visto unos ojos más malignos.

Eran muy pequeños, unas rendijas rojas sangre que lo miraban con furia. La piel de su rostro estaba muy pegada a sus huesos, tenía una frente muy prominente al igual que los pómulos y de su labio superior sobresalían dos colmillos semejantes a los arácnidos Tenía unos brazos más largos en comparación de su cuerpo y sus dedos terminados en garras tocaban el fondo del lago.

Era un ser escuálido al que se le observaban con facilidad las costillas. Estaba encorvado lo que evidenciaba más todavía su pequeño tamaño. Su cuerpo estaba cubierto de escamas y para cubrirse no usaba más que una piel de oveja muy sucia.

La criatura intentaba habituarse a la escasa luz de luna y parecía sentir frío pues todo su cuerpo temblaba. Deagal no quería perder más tiempo así que dio la señal de atacar.

Al menos diez flechas volaron hacia la criatura. La cual se lanzó al suelo e intentó hacer lo posible para que no la alcanzaran. Se arrojó hacia el limo y chilló. Muchas de las flechas dieron en el blanco.

Pronto la criatura tenía la apariencia de un puerco espín. Ya no se movía ni emitía quejido. Deagal quería sentir alivio, pero algo en su interior le obligaba a mantenerse alerta. No podía ser que la criatura cayera tan fácil.

Sus compañeros también estaban tensos. Solo Leaf buscaba una forma de aligerar el ambiente. Sin embargo, Deagal continuaba mirando al muerto.

Convenció al agua de inundar el túnel una vez más. El agua pareció correr tranquila hasta que Deagal intentó presentir que había al final del túnel. Algo volvió a rechazarlo y con increíble fuerza. Sea lo que sea que estuviera allí no era nada bueno.




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