La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XXIV. Kozanga

El caminar de la mujer cadáver era anormal. No tenía músculos en una de sus piernas así que la arrastraba. A pesar de ello, parecía esforzarse por caminar «elegantemente».

Emil no se había criado en ninguna corte, ni tampoco era gran partidario de las costumbres de las damas de alta cuna, sin embargo, había visto como su maestra se esforzaba en que todas sus damas aprendieran modales. Había una forma específica de caminar, con la espalda recta, pasos cortos y, sobre todo, con la cabeza siempre mirando al frente.

El cadáver caminaba así, incluso ahora que su carne colgaba de sus huesos. También se fijó que su vestido tenía unos pequeños decorados cosido a mano: en los puños y en la falda. El tiempo los había podrido, pero estaba seguro de que en otra época debieron ser hermosos. Además, el color, aunque sucio era especial. Era de un color morado intenso que era especialmente difícil de conseguir.

—¿Pertenecías a la corte de algún reino? —preguntó Emil rompiendo el silencio que los acompañaba desde hace demasiado tiempo.

La mujer se detuvo, evidentemente sorprendida por la pregunta. Emil tenía que aceptar que, de hecho, era bastante raro. Sin embargo, intentaba darle sentido a lo que estaba sucediendo. El susto de su enfrentamiento con Cassian había pasado y ahora prefería preocuparse por el presente. Sus demonios le esperarían después de rescatar a sus hermanos.

Apresuró su paso y se posicionó a la altura de la mujer que ya había reanudado su marcha.

—Solo quiero entenderte —dijo, sincero—. Quiero conocer tu historia.

La mujer no se detuvo, pero giró su cara hacia Emil. El guerrero se preguntó de qué color serían antes sus ojos. Serían azules, castaños o negros. No podía negar que la visión era espeluznante con los gusanos y las pústulas, pero daba más miedo pensar que antes eran humanos.

—Podemos comenzar con tu nombre —continuó antes de perder la atención de la mujer—. Yo me presentaría, pero es obvio que ya sabes mi nombre.

—También sé que no quieres pronunciarlo en voz alta —respondió la mujer muerta con el mismo tono monótono de siempre. Aunque a Emil le pareció que hablaba con cierta maldad.

Emil no insistió en el tema y dejó que la muerta se le adelantara. Temía volver a sumirse en sus oscuros pensamientos. Odiaba que su mente siempre regresará a Cassian una y otra vez. Rumiaría esa experiencia hasta que llegara otra nueva oportunidad de encontrarse.

Por otra parte, tampoco le agradaba pensar en sus hermanos. Eso le llenaba de miedos e inseguridades hacia sí mismo. Temía que alguien más pudiera controlarlo o peor aún que Robert y todos los demás tuvieran razón y fuera el egoísta, el que no le importaba nadie más que sí mismo.

Continuaron caminando en silencio al menos un cuarto de hora. El lugar ya no estaba desolado. Varios de los cadáveres salían de sus casas mohosas y saludaban a lo que parecía ser su reina. Eran cordiales, casi como un pueblo de verdad. Nadie intentó hacerle daño.

Las estrellas brillaban en el cielo con fuerza sin rastros de nubes. Emil se preguntó si la bruma protegía a los humanos de la ciudad o a la ciudad de los humanos.

La mujer cadáver lo condujo hasta lo que en otro tiempo debió ser un palacio. Mantenía dos grandes cúpulas que se elevaban hacia el cielo. La puerta de hierro estaba oxidada y salida de sus goznes. En la entrada se encontraban dos muertos vivientes más. Ambas utilizaban una armadura tan oxidada como la puerta y como armas llevaban dos lanzas podridas. Solo la punta parecía mantenerse filosa y brillante. Permanecieron quietos observando como su señora entraba en el palacio.

En el patio interior se acumulaban más cadáveres vivientes. Algunos daban vueltas como si estuvieran patrullando y otros permanecían sentados disfrutando de la noche.

La fachada era de algunos pisos, pero la madera de los escalones hace tiempo que se había podrido y deshecho. A pesar de ello, Emil escuchó movimiento en los pisos superiores. No se molestó en imaginar cómo habían llegado arriba.

Lo cierto era que comenzaba a ponerse nervioso. Había entrado esperando una pesadilla, pero cada vez se convencía de que no lo era. Además, no dejaba de pensar en lo que le dijo: «Los salvé».

Estaba por decir algo cuando la mujer se detuvo ante una habitación. Con un ademán de la mano le indicó que entrara. Emil sujetó la empuñadura de su espada y entró.

El interior hedía a humedad. Las paredes estaban manchadas por el crecimiento de un moho negro. Había un par de muebles y camas que estaban en peor condición. Sin embargo, eso no le importó a Emil, pues apilados en ellas se encontraban sus hermanos juramentados.

Olvidándose de una posible amenaza, corrió hacia el más cercano para asegurarse que estuviera vivo. Su cuerpo tibio le dio una buena señal y más al sentir su pulso. Parecía ileso sumido en un sueño inquieto igual que Leonardo. Una sensación de tranquilidad invadió su cuerpo. Al menos estaban vivos. Podría sacarlos fácilmente de allí, solo necesitaba utilizar su amuleto. Sin embargo, eso no… no sería justo. Había hecho una promesa.

Dejó a su compañero y se regresó a mirar a la mujer. La criatura estaba apoyada sobre una de las paredes esperando algo.

—Bien. Ya estoy aquí como prometí. ¿Cuál es tu historia?

La mujer dejó entrever sus dientes y negó con la cabeza.




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