La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XXX. Relevo

Deagal se levantó por la mañana. Se sentía mucho mejor, apenas si recordaba el dolor de las quemaduras y de su tobillo. Es más, se atrevió a intentar moverlo. Al principio lo hizo con recelo, con temor de que le doliera, pero después se dio cuenta de que funcionaba perfectamente como si nunca se hubiera herido.

Poco después se puso de pie y se sorprendió de que nada le doliera. Por eso se atrevió a salir de la tienda.

Lo primero que vio fue a Wilkin que gritaba a un guerrero que tuviera más cuidado con una caja.

—¿Dónde está Alec? —gritaba una y otra vez.

El subcomandante no recordaba haberlo visto tan enfurecido. A pesar de eso, lo encontró algo divertido. Es que era imposible tomarlo en serio. Sabía que Wilkin jamás haría daño a nadie

—Deja de pelear, Wilkin, que me acaba de pasar el dolor de cabeza —dijo Deagal burlón.

—¡Deagal! Estas despierto. Buen Dios. Sea lo que sea que haya hecho Emil te ha curado —respondió Wilkin apenas lo vio.

Por supuesto, el médico se olvidó por completo de la caja y de gritarle a su hermano. Agarró a Deagal del antebrazo y lo empujó de vuelta a la tienda y a la camilla.

Tocó su frente para ver si tenía fiebre, pero Deagal en realidad, se sentía muy bien. Tal vez un poco sudado, pero eso se solucionaba con un baño. Deagal echó un vistazo a su alrededor, la mayoría de las camillas estaban vacías salvo una que tenía las cortinas echadas.

Wilkin hablaba y hablaba, pero Deagal no entendió ni una sola palabra. Pensaba en sus pesadillas, en sus recuerdos. Pensaba en la alucinación que le había curado. Se parecía a Emil y Wilkin mencionó que su amigo líder los había curado.

—¿Dónde está Emil? —interrumpió a Wilkin. Había algo que le ponía nervioso de la camilla.

—¿Cómo sabes que está aquí? —preguntó Wilkin sorprendido.

—Porque los demás no están. Y hasta donde yo sé, las curaciones milagrosas son algo de Emil.

Wilkin asintió y se quedó en silencio. Un silencio que incomodó y preocupó a Emil a partes iguales.

—¿Le ha pasado algo? —preguntó sintiendo un retorcijón en la tripa. Si Emil estaba… Deagal sacudió la cabeza. No tenía que dejar que su pesimismo lo guiara.

—La verdad no estamos seguros. Tiene… bueno, mejor míralo.

Wilkin se puso de pie y corrió las cortinas de la última camilla, un cuerpo delgado yacía en un sueño ligero. Era como un viejo delgaducho que estaba en los últimos momentos de su vida.

Deagal extendió su mano y tocó con delicadeza la mano de Emil. Podía sentir su piel agrietada y muy delgada. Emil no reaccionó, es más emitió un profundo suspiro.

—¿Qué ha pasado?

—Solo Francis lo sabe. Hace poco quería lanzarse contra las criaturas de la laguna. Gerard lo convenció de quedarse.

¿Gerard? El tipo que lo había proclamado traidor. Él que desafió su autoridad y lo golpeó. Definitivamente, algo raro estaba pasando.

—Deberías hablar con Gerard, él está a cargo por el momento.

Deagal no se detuvo más y sin siquiera cambiarse salió disparado de la tienda. Sus pies descalzos golpeaban ruidosamente el suelo mientras gritaba el nombre de Gerard. Al final Duncan lo guio hacia él.

—Me alegra verte en pie —saludó Gerard apenas lo vio.

Estaba indicando por señas a los guerreros lo que tenían que hacer mientras ordenaba un montón de mapas para guardarlos.

—No me mires así —dijo después sonriente. Intuyendo que al subcomandante no le agradaba que estuviera al mando.

—No te excuses, quiero saber que pasó.

Gerard levantó su ceja pelirroja y lo miro desafiante por algunos segundos. Sin embargo, Deagal no se amilanó y golpeó con su palma el escritorio.

Al final ganó el sentido común y Gerard habló. Le contó todo. Sobre el misterio de Kozanga, los cadáveres y los hombres abandonados. Le contó que al salvarlos al parecer había perdido algo. No estaban muy seguros de que era… podía ser una maldición o algo similar. Lo cierto era que el más versado en la magia era Emil. Mientras tanto, se preparaban para irse.

—¿Qué pasa con las criaturas de la laguna? —preguntó Deagal.

—Las derrotaremos. ¿Crees que podemos enfrentarlos sin Emil?

Deagal lo consideró. Ahora eran todo un batallón. ¿Necesitaban tanto a Emil? Le pareció que no, al menos, no ahora. Su amigo merecía recuperarse de todo.

—Yo estaré a cargo —dijo Deagal asumiendo de nuevo la comandancia.

Tan solo decirlo le ocasionó un dolor de estómago difícil de ignorar. Sin embargo, sabía que era necesario.

—No harás nada de eso, Deagal —canturreó una voz dentro de su cabeza. Era la única voz que podría detenerlo todo. Hawise había aparecido.

—Mi señora —saludó Deagal haciendo una mueca.

—Deagal, ya que Emil no está disponible. Necesito que tomes a toda la tropa y regreses al castillo.

—¿Qué? —respondió Deagal confuso —. Todavía no acabamos aquí.




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