Deagal no solía tener pesadillas, sus sueños solían ser placenteros. Soñaba con sus padres y con el mar, soñaba con sus amigos y las aventuras que terminaban bien. A veces soñaba con alguna chica que había amado. Ahora las cosas eran muy diferentes.
Estaba en un campo sembrado de cadáveres. Los cuervos graznaban y las moscas azuladas y verdes zumbaban por todas partes. Caminaba sobre los cuerpos desperdigados. Aplastaba cabezas, brazos y piernas. Por más que intentaba evitarlo simplemente no podía. No había un solo sitio seguro donde pisar. En su garganta sentía el regusto de su bilis.
Buscaba espadas, armaduras, anillos o cualquier cosa que pudieran vender. Los blasones y las banderas eran ignoradas. Deagal sabía que no tenía mucho tiempo, pero no podía apartar la mirada del rostro hinchado de un hombre. Sus ojos ya habían sido arrancados por los cuervos, su nariz estaba aplastada al igual que medio pómulo. No lo conocía, pero le daba pena.
Jon, el hombre para quien trabajaba, le gritó que se apurara. Deagal sacó su cuchillo y cortó los dedos del cadáver. En su dedo anular llevaba un anillo de oro con el blasón de su casa, una serpiente sacando la lengua bífida. Su jubón tenía el mismo símbolo, verde sobre azul con mucha sangre como decoración. Deagal lo miró un momento, un largo momento. ¿Qué estaba haciendo allí? Hace tiempo que no lo sabía. De cualquier modo, guardó el anillo en su bolsa.
El mundo se transfiguró y el campo cubierto de cadáveres fue reemplazado por un espejo. Él se reflejaba. Tenía un ojo morado y medio cerrado por un puñetazo. El resto de su cara no estaba mejor. Tenía una mejilla tan hinchada que parecía una ardilla. Todo ese dolor era insignificante en comparación con la desesperación que sentía. No quería revivir ese momento.
Se frotaba las manos con desesperación intentando sacar la sangre. El agua estaba teñida de rojo. Sus manos estaban limpias a simple vista, pero Deagal no lo sentía así. Utilizó sus uñas rasgando sus palmas una y otra vez. Había sido un accidente. ¡Un accidente! No quería hacerlo.
Cuando terminó de despellejarse las manos se acordó de la ropa. Tenía su camisa manchada con sangre suya y de su víctima. Se arrancó las ropas y las arrojó al agua. Comenzó de nuevo a fregar y con desesperación se dio cuenta que sus manos estaban otra vez sucias. Nunca más estarían limpias. ¡Había matado a un hombre!
Escuchó pasos por el pasillo. ¡Venían a por él! El temblor de sus manos se intensificó, así como sus gimoteos. Ahora ya no podía contener las lágrimas. Se entregaría, prefería que lo matarán que vivir un segundo más.
El sonido de los pasos se intensificaba. Estaban detrás de la puerta. Lo atraparían. Vio cómo se abría lentamente la puerta. Parecía pasar horas. Tuvo tiempo de sacar su camisa y arrepentirse y volver a meterla en el agua. De volver a gimotear y temblar por el miedo y de refregarse con furia sus manos.
Deagal se removió en el pequeño lecho y recuperó parcialmente la consciencia. A lo lejos escuchó la voz de Wilkin llamándolo. El subcomandante intento aferrarse a esa voz, quería gritar que no se fuera, que no lo dejara. No quería volver. Su cuerpo no hizo caso y lo devolvió a sus pesadillas.
Estaba sentado en el barco de su padre. Su hermano mayor le ayudaba con la red y le ordenaba que prestara atención. Deagal no paraba de mirarse las manos, continuaban manchadas de sangre. Se desesperó de nuevo y sintió que todas las paredes se cerraban sobre él. Aquello era imposible, estaba en un barco, libre, en el mar.
Su hermano le miró extrañado y comenzó a burlarse de él. Era lo que siempre hacía. Se aprovechaba porque era fuerte y alto, mientras que Deagal era un niño delgaducho que no servía para gran cosa.
—No me digas que vas a llorar —continuó burlándose su hermano—. El pobre Deagal, el pescador que no puede pescar
Comenzó a realizar una pantomima representando un llanto. Se refregaba una y otra vez los ojos y emitía burlones lamentos. Decía una y otra vez que era un llorón.
Deagal se abalanzó hacia su hermano con la intención de callarlo. Golpeó una y otra vez su cara. No supo cuándo apareció el cuchillo, ni siquiera se recordaba llevarlo consigo. El cuchillo se llenó de sangre. Eso no lo detuvo. Solo quería que se callara. Fue el reflejo de la hoja que le mostró el monstruo en que se había convertido.
—¡No! —gritó y se apartó de golpe—. ¡No pasó esto! —gritó.
Él no había matado a su hermano. ¡No! Solo… solo lo había empujado de la cubierta y… ¡ya no lo recordaba! Solo sabía qué fue algo muy malo. Algo terrible. Él no podía volver a casa.
El barco se hundió bajo el agua y ahora Deagal era arrastrado por una criatura escamosa. Lo sujetaba de la pierna. ¡Qué rápido se había convertido el asesino en la víctima! Tal vez lo mereciera. Dejó de luchar y se permitió ahogarse.
—Deagal resiste —dijo una voz muy lejana como si estuviera a kilómetros de distancia.
El tobillo le dolía. Sentía que le ardía por dentro. Tal vez estaba llegando al infierno… «Perdón, Wilkin. Ya no puedo» pensó mientras se hundía más y más.
—¡No! —gritó alguien de pronto.
El grito sonaba todavía lejano, pero logró arrastrarlo a la superficie.
Deagal se despertó sobresaltado.
Buscó a Wilkin, pero no estaba allí. En su lugar había una especie de fantasma que flotaba a centímetros de él.
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Editado: 03.10.2026