El cansancio se apoderaba del cuerpo de Deagal. Con cada paso que daba, sus músculos se quejaban. Sentía que sus piernas temblaban y que pies se arrastraban más por el suelo. Mantenía los ojos semicerrados, intentando acostumbrarse a esa extraña luz. Sentía una lanza amenazando con clavarse en su espalda, empujándole una y otra vez hacia adelante.
El suelo estaba resbaloso por la humedad y era muy inestable. Incluso las paredes estaban mojadas y cada vez que Deagal intentaba apoyar sus dedos se resbalaban. El techo estaba muy cerca de su cabeza. De hecho, iba ligeramente encorvado y en algunas partes tenía que agacharse más. Lo que suponía más esfuerzo para sus adoloridas piernas.
Cada vez que sentía que se iba a rendir comenzaba a repetir el nombre de sus hermanos. Recordando el por qué lo hacía. Había un nombre que le daba más fuerza y que le obligaba a tener paciencia, aunque dicha persona careciera completamente de ella.
Dos criaturas habían incautado su espada y el fragmento de espejo divino que había llevado.
Otro empujón más y Deagal casi perdió el equilibrio. Esta tan cerca que una de sus rodillas chocó con el suelo y pudo sentir como una piedra se incrustada en su piel. Con un gruñido tanto de indignación como de cansancio se puso de pie de nuevo y le dirigió una fría mirada a una de las criaturas. El fulgor que cubría las paredes de la caverna le daba un aspecto más oscuro de lo que era en realidad. Su piel parecía grisácea y sus dientes puntiagudos brillaban con una tonalidad amarilla. Eran tan asquerosos que a Deagal se le revolvió el estómago.
Continuó caminando al menos unos diez o veinte minutos más. El camino parecía no acabarse nunca, cada vez iba más y más abajo. La pendiente era tan inclinada ahora que Deagal no dejaba de caerse y resbalar. Las criaturas se divertían más todavía al clavarle su lanza en la espalda. Su armadura de cuero acolchada hacia un buen trabajo protegiéndolo, pero estaba seguro de que le quedarían unos cuantos moretones.
Deagal poco a poco iba perdiendo la paciencia y para rematar justo en ese momento, su pie decidió tropezarse y su cuerpo se vio empujado hacia adelante. Intentó poner las manos para amortiguar la caída, pero terminó rodando por la pendiente y terminó golpeándose las costillas con algo que le quitó el aliento.
Todo el cansancio acumulado comenzó a pesarle. Sus pulmones se negaban a recuperarse con rapidez y sus piernas ya no tenían fuerzas. Le dolía la cabeza, las costillas y las manos. Sencillamente decidió no ponerse de pie. Relajó su cuerpo y permitió que las criaturas se lo llevaran arrastrando.
La noche anterior había llegado a un acuerdo con sus hermanos. Hablado con la pequeña niña que había encontrado a Luz verdadera vagando y acercado al caballo. Ambos se miraron con poco afecto. Deagal se acercó con cuidado, indicando que su amo estaba débil y que a ambos les tocaba actuar como equipo.
El sentir el suave pelaje de Luz verdadera, la fuerza de sus músculos y la invitación a que lo monte, fue sin duda, uno de los mejores momentos de su vida.
Juntos recorrieron el bosque, Deagal intentando sentir la tierra, intentando convencerla de que lo ayude y se doblegue a su voluntad. La tierra era fuerte, pesada, inquieta. Sin embargo, tras horas de reconocimiento se abrió un poco a su control.
Gerard tenía la teoría de que las criaturas no salían únicamente del lago. Debía haber otra entrada, una dónde llevaran a sus presas. Deagal la sintió por medio de la tierra. Una gruta enorme que se extendía hacia el interior del bosque y hacia la profundidad de la tierra.
Francis y Leaf se habían ofrecido voluntarios para investigarla y así lo hicieron. Sin embargo, mientras más se adentraban, más complicado se volvía el camino. Había varias bifurcaciones y miles de caminos alternos. Eso le confirmó que había algo importante viviendo en su interior.
Así Deagal creó pequeños grupos de a dos para explorarla y junto con Gerard decidieron enfrentarlos. Fueron a la laguna y Deagal manipuló al agua para dejar en evidencia el hogar de las criaturas. Al igual que antes los provocó para que salieran.
No tardaron en verse rodeado de miles de los monstruos.
—No queremos pelear —dijo Deagal soltando su espada. Gerard siguió su ejemplo —. Queremos ver a su líder.
De entre las criaturas salió una de las más pequeñas y miserables. Evidentemente sus compañeros lo habían obligado a adelantarse. Mantenía sus manos abrazando su propio cuerpo. Parecía un niño asustado.
Gerard intentó acercarse amistoso, pero la criatura le respondió con un gruñido y un intento de zarpazo. Había inteligencia en esa mirada.
—Queremos a su líder —volvió a gritar Deagal pasando de largo a la pequeña y enfrentarse a los demás.
Deagal movilizó un poco más el agua, haciendo que vibrara a su conveniencia. Eso asustó a varias y al fin salió un monstruo más grande y humanoide.
Llevaba entre sus manos un arpón. Deagal se presentó ante él moviendo las manos en señal de negación.
—No quiero hacerles daño—dijo mostrando sus manos vacías.
La criatura asintió y durante un precioso segundo, Deagal pensó que podrían resolver el asunto como seres racionales, pero entonces una lluvia de lanzas, barro y pequeños seres salvajes se lanzó contra ellos.
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Editado: 03.10.2026