Estar vivo era extraño. Sentir que los pulmones volvían a recibir aire, el corazón a golpetear el pecho y la sangre correr por las venas. No era la primera vez que revivía, pero siempre resultaba alucinante. Sobre todo, esa sensación de que ni siquiera la muerte podía detenerlo.
Sus súbditos lo sabían y esperaba que el mundo también lo supiera, muy pronto.
—Mi señor, ya estamos todos listos —anunció uno de sus brujos detrás de la puerta
—Perfecto —respondió Cassian.
Se levantó y desemperezó con paciencia. Desde que revivió no se había vestido, le gustaba sentir el aire acariciando su piel.
Se aproximó hacia la ventana y antes de cerrarla miró a la fila de brujos que esperaban formados en su patio. Más allá, en lo alto de sus murallas se alzaban las cabezas de sus enemigos.
Había reinstaurado la vieja costumbre de usarlas como trofeo y decoración. El mismo había perfeccionado el hechizo. Un hechizo que permitía a las cabezas pudrirse y al mismo tiempo mantener sus rasgos, le gustaba, sobre todo, la cabeza de Robert, un autoproclamado héroe entre los Inquebrantables.
Entre la fila de cabezas estaba un lugar vacío, justo en el centro con una estaca negra como la obsidiana, ese lugar estaba reservado para la bruja de la red de consciencias.
Se vistió con lentitud permitiéndose sentir la tela. Disfrutaba de cada textura, especialmente de la suavidad del algodón y la seda. ¡Como amaba estar vivo!
Respiró con calma y comenzó a enlistar lo que le faltaba por hacer.
Controlar la red de consciencias estaría pronto solucionado. Tratar con Edme, eso todavía estaba en veremos, la bruja había reaparecido como un fantasma, pero actuaba… diferente. Había algo en ella que a Cassian no le gustaba. La última cosa era Maude, eso último casi arruinó su buen ánimo, no había logrado convertirla en su esposa como quería su madre. Esperaba que tras conquistar la red de consciencias pudiera también solucionar eso.
Se colocó una camisa y se dejó unos botones abiertos dejando al descubierto su pecho. Las escamas en punta de sus hombros también sobresalían de la tela. Había tenido que mandar a rehacer su guardarropa, pero su nuevo aspecto le encantaba.
Sobre su cabeza se colocó su recién creada corona. Estaba hecha de mercurio líquido dado forma. Tenía tres puntas de obsidiana y desperdigada por toda su superficie zafiros brillantes. Un recordatorio de cómo era antes la magia del Caos.
Con su dedo índice tocó la corona hundiéndolo en el mercurio. Utilizó el mercurio como tinta para dibujarse en la frente el símbolo del Caos. Se miró en el espejo y le gustó lo que vio.
Entonces abrió las puertas de su balcón y desde ahí arriba se arrojó. Su nueva forma era resistente a las caídas. Sus músculos apenas se quejaron y su cuerpo se encontró pronto entre sus súbditos.
Un olor de miedo puro invadió a algunos, eso le complació
—Seguidores del Caos —dijo con voz atronadora, pasando entre sus filas—, hemos llegado muy lejos, pero no lo suficiente. ¡Tenemos hambre!
Unos cuantos se atrevieron a vitorear y Cassian los alentó moviendo las manos hacia arriba.
—Sí, eso es —dijo—, grítenlo, dejen que su hambre los guíe. Porque hoy, ¡hoy! Comenzamos la cacería. Buscaremos a todos aquellos que han osado desafiarnos y los mataremos.
Los soldados más alocados comenzaron a gritar y saltar. Cassian animaba a esos corazones codiciosos a expandirse con odio y violencia.
—Hoy saldrán de esta tierra y volverán con Inquebrantables. Sus cabezas decorarán nuestros muros y…
Cassian hizo una pausa dramática, dejando todo el patio en un silencio apenas contenido
—Traerán a los que se llaman comandantes, les arrancaremos su poder y los usaremos contra sí mismos.
Los vítores atronadores se tragaron sus palabras y usando la magia del Caos se dispersaron por todas las partes del mundo. Los Inquebrantables se creían tan valientes que encontrarlos no sería nada difícil.
Vio hasta al último desaparecer del patio y entonces se giró ante la estatua del Caos.
—Mi señor, mi Dios, te prometo que este mundo pronto será tuyo —juró arrodillándose ante la estatua—. No habrá más demora. Yo seré tu voz y te juro que tú legado vivirá por siempre.
Antes cuando rezaba solo recibía como contestación una respiración pesada y sulfurosa. Sin embargo, ahora fue diferente. Fue especial. Sintió una ligera caricia en su cabeza.
Sonrió y juró para sus adentros que ningún enemigo sobreviviría a su ira.
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Editado: 03.10.2026