Wilkin permaneció al lado de Deagal hasta el amanecer. Había temido por su vida desde que lo trajeron a lomos de Luz verdadera. Si hubiera sido por él habría permanecido toda la noche a su lado, pero lo cierto era que los demás pacientes también lo necesitaban. Leaf estaba estable, pero sufría de tanto dolor que le tocó darle láudano. Ismael tenía fracturado el húmero así que también estaba fuera de combate. Gage y Marcos tenían heridas menores, pero ambos estaban cansados.
Marcos había permanecido toda la noche mirando el horizonte. Wilkin no sabría decir si era en busca de aliados, de enemigos o de una señal divina que le permitiera tomar una decisión. El único que parecía estar en buen camino era Kenric.
Lo irónico era que todos esos días había temido por Kenric. Varias veces pensó que la muerte lo reclamaría y muchas veces rezó a su Dios para que le diera la fuerza necesaria de retrasar a la muerte una vez más.
Hace pocas horas la muerte estaba ganando y de pronto le dejó en paz. La fiebre remitió hasta una temperatura normal y se estabilizó. Los temblores se acabaron y la herida dejó de supurar. Kenric volvió a respirar normal.
Wilkin se lo informó a Marcos para levantarle un poco el ánimo, pero su hermano permaneció igual de taciturno. Suponían que alguna de las criaturas que mataron era la poseedora de la maldición y que con su muerte al fin había remitido.
Más tarde, Deagal comenzó a presentar signos de mejoría. Tenía un mejor aspecto, su piel había recuperado parte de su color, su semblante era más tranquilo y parecía al fin disfrutar de un sueño reparador. Wilkin solo se encargaba de monitorizar sus signos vitales y se sorprendía con cada hora que pasaba.
Estaba por levantarse y monitorizar a Kenric cuando Marcos ingresó a la tienda. Su rostro estaba tan lleno de sorpresa que cualquiera diría que encontró la señal que tanto buscaba.
—No nos ha abandonado —anunció Marcos saltando de felicidad.
Wilkin contagiado de su alegría salió. Los rayos del sol le cegaron, pero cuando su vista se aclaró, cayó de rodillas.
La visión era casi mágica. Todo su batallón volvía y delante caminaba Emil. Tenía su armadura completa con su casco cubriéndole el rostro. Seis guerreros lo seguían de cerca y al igual que su líder llevaban cascos. Más atrás venía Gerard caminando orgulloso con su cabello rojo meciéndose con el viento.
Emil no tardó en presentarse ante ellos. Wilkin quería pedirle que le ayudará a curar a todos sus hermanos. Sin embargo, había algo en Emil que lo hizo dudar, una especie de sombra que olía a muerte.
Los seis caballeros que seguían a Emil le habían dado la espalda y se enfrentaban a sus propios compañeros. Gerard se mantenía a unos pocos metros cruzado de brazos. Alrededor de 15 guerreros más emulaban su ejemplo. El resto intentaba hablar con Gerard y los demás, con poco éxito.
Emil hablaba en un susurro con Marcos. No se había retirado el casco y parecía estar explicándole la situación. En un inicio Marcos parecía muy molesto y varias veces echó miradas de resignación hacia Gerard. Conforme Emil hablaba el semblante de Marcos se fue suavizando y finalmente asintió. Poco después, llamó a Wilkin.
El médico no esperó una segunda señal. Gage permaneció en el interior de la tienda asegurándose que sus hermanos estuvieran estables.
—Mi señor —saludó Wilkin a su comandante—, me alegro de verle. He esperado ansioso su regreso.
—Lamento haberte dejado solo —respondió Emil en un susurro. Su voz sonaba demasiado débil y Wilkin se preguntó si requeriría también atención médica.
—¿Necesitas algo? —preguntó asustado.
—No —respondió categórico —. Mejor vamos al interior. Creo que hay que terminar de curar a nuestros hermanos.
Wilkin asintió, aunque no estaba convencido. Se dio la vuelta para guiar a Emil al interior, sin embargo, su comandante se dirigía al medio de todo.
—Hermanos, guerreros, amigos —dijo en voz alta —. Sé que debo muchas explicaciones. Por eso, invito a los que no confían que me acompañen para que puedan decidir si están en lo correcto o no.
Gerard no lo pensó dos veces y caminó hacia Emil. Otros siete hicieron lo mismo, incluido Mendo que tenía una expresión de loco.
Dentro de la tienda, Wilkin explicó rápidamente la situación médica y Gage sobre las criaturas. Emil se limitaba a escucharlos, observando a los heridos. Al final se sentó al lado de Kenric.
—Sé que me he tardado —murmuró—. Lo lamento mucho, pero he aprendido. Déjame curarte.
Algunos murmullos recorrieron la sala, pero Emil ignorando todo eso y con una calma metódica, se llevó las manos al casco y se lo sacó. Todos en la habitación callaron e incluso el mismo aire pareció detenerse.
Wilkin había atendido a todo tipo de enfermos. Había visto morir a personas en los peores estados y aun así no pudo evitar echar unos pasos hacia atrás. Incluso Gerard se llevó una mano hacia la boca, tapando una exclamación.
La cara de Emil estaba destruida. Un ojo estaba hinchado y su labio reventado. Sus ojos estaban tan hundidos en sus cuencas que parecía que en cualquier momento desaparecerían en la oscuridad. Su piel estaba en los huesos y su rostro no exhibía rasgos identificables, parecía más una calavera que un hombre. Su cabello caía corto y quemado.
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Editado: 03.10.2026