A Hawise le comenzaba a doler la cabeza. Desde hace dos días que no se había movido de su silla. Había visto ir y venir a los diferentes comandantes ya sea para tomarse un descanso, traer planos o simplemente excusarse para encargarse de asuntos más personales, incluso Marshal se había tomado descansos.
Durante ese tiempo Hawise rezaba que ningún Inquebrantable cayera en manos de Cassian, el Maldito. Cada batallón que llegaba aliviaba ligeramente su corazón. Cuando Deagal se reportó, Hawise le recitó todos los insultos que se sabía, pero en el fondo sintió un gran alivio.
Solo cuando supo de todos los suyos, se había permitido un pequeño descanso. Tenía la idea de ir a dar una vuelta y quizás relajarse en el lago. Sin embargo, había un algo que se lo impedía y ese algo tenía nombre: Emil.
Hawise se tomó el tiempo de salir del Castillo y llegar a su humilde morada. Subió de dos en dos los escalones y con un movimiento de su mano azotó la puerta. Corrió las cortinas y rebuscó en los vastos cajones su bola de cristal.
Emil era de ese tipo de personas que bien era clave para salvarse o para condenarse. Su conexión única con Cassian lo convertía en un arma de doble filo. Más ahora que sufría de una debilidad física y posiblemente mágica. Lo que le abría una puerta para la red de consciencias.
La bola de cristal brillaba con pequeñas estrellas en su interior. Era la representación exacta de la tierra conocida con detalles de continentes, océanos y comunidades de toda criatura inteligente.
La bruja colocó sus dedos en la parte superior de la esfera. Presionó un poco sus dedos hasta que el cristal se convirtió en una delgada película. Sus dedos se introdujeron hasta cubrir sus uñas y Hawise lanzó el hechizo.
Su mente se vio transportada en cuestión de segundos por todas partes del mundo. Cruzó océanos, bosques y desiertos. Miró a personas disfrutando la vida, a otras morir y a otras destruir. Vio a humanos, brujas, licántropos y seres de otras dimensiones. Su mente estaba buscando la energía de Emil, pero a veces se tornaba confusa y otras veces la energía se debilitaba. Hawise batalló bastante en conectarse con Emil.
Iba en una camilla siendo llevado por dos hombres, regresando a casa, pero su mente muy, muy lejos.
Emil permanecía vivo, pero inconsciente. Su apariencia era terrible, carcomida por el exceso de magia. Hawise utilizó su magia para conectarse con el medallón de Emil.
—Hola, cariño. ¿Crees que puedas ayudarme a despertarlo? —dijo al espíritu que habitaba en el medallón.
Desde el primer día que vio a Emil, reconoció la presencia de otro tipo de magia. Una muy especial. Conoció al espíritu unas horas después y ambos se llevaron muy bien.
El espíritu le envió una señal negativa
—¿Cuántas horas lleva así? —volvió a interrogar Hawise torciendo su boca hacia un lado. El espíritu le hizo entender que llevaba demasiado tiempo.
Hawise lo consideró un momento. Entonces, soltó una de sus manos de la bola de cristal y sus dedos comenzaron a rebuscar por todo el escritorio. Abrió cajones y tanteó objetos. Cada vez que se topaba con el equivocado lo lanzaba. Algunos se quebraban, otros emitían humos de colores y otros explotaban liberando polvos brillantes. Cuando Hawise al fin encontró lo que buscaba, estaba cubierta de colores brillantes, sus manos tenían una tonalidad violácea y todo su estudio estaba cubierto de un humo con olor a rosas frescas.
El objeto lo sujetó entre el dedo índice y el pulgar. Era tan pequeño que cabía a la perfección en la palma de su mano. Hawise lo encogió más todavía hasta que llegó a ser del tamaño de la yema de su dedo índice. Después lo ingresó a la bola de cristal y lo dirigió hacia Emil.
Emil no había podido descansar en paz durante muchos años. Cada vez que bajaba un poco la guardia Cassian se colaba en sus sueños y lo martirizaba. A veces el cansancio o la ira lo vencía y daba la oportunidad a Cassian de ir a buscarlo personalmente. Permanecer siempre en alerta era agotador y ahora dejarse rendir se sentía tan bien, tan… libre.
Sentía como si estuviera en un barco donde las aguas lo mecían suavemente, arrullándole con canciones tranquilas. Poco a poco la temperatura iba bajando, sentía como su cuerpo dejaba de luchar y dejaba a su espíritu libre de irse.
Un camino blanco y muy atrayente se vislumbró. Su espíritu estaba dispuesto a irse cuando la marea se volvió agresiva y zarandeó su tranquilidad. Emil se asustó, reconociendo la repentina violencia como producto de Cassian.
Su cerebro medio consciente asumió que el tiempo de descanso se había acabado, pero el cansancio se resistió a abandonar su cuerpo. No podía ni siquiera abrir sus ojos, mucho menos flexionar sus músculos
—Ayúdame —pensó Emil. Dirigiendo la súplica a su amigo, el espíritu. —Sácame de aquí
—Eso estoy haciendo —respondió una voz diferente. Una que francamente no esperaba escuchar.
Sin embargo, Emil confiaba en ella, así que se encomendó a sus manos. Pues, de hecho, se le habían acabado las opciones.
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Editado: 03.10.2026