Lo único que salvó a Deagal de su muerte fueron los explosivos que todavía llevaba consigo.
La criatura lo tenía bien agarrado y lo llevaba muy rápido al fondo. La sangre que emanaba de su pierna teñía de un hermoso color carmesí el agua lodosa y atraía a miles de los otros monstruos que se acercaban como tiburones.
Deagal estaba desesperado, no quería acabar devorado pedacito a pedacito. Tomó su daga y con toda su fuerza la clavó en la garra de la criatura. Para su desconcierto esta no se hundió, es más casi se dobló la punta. El subcomandante volvió a tomar impulso y esta vez intentó logró apuntar más arriba, casi a la altura de la muñeca.
La daga se hundió profundamente y la criatura chilló, pero no soltó a Deagal. El guerrero continuó apuñalando donde podía, pero pronto el resto de las criaturas comenzaron a abalanzarse hacia él. Movió su daga repeliéndolas y alcanzó a una en el pecho.
Cuando al fin su cuerpo llegó al fondo, su hombro pegó con cierta rudeza contra una roca. El impacto entrechocó los frascos que todavía llevaba y le recordó a un medio ahogado Deagal que todavía podía hacer algo.
Dejó de mover la daga sin sentido y cortó las cuerdas del saco que llevaba a la cintura. Con el frasco en la mano y sin pensar en las posibles quemaduras lo estrelló contra la cabeza de primera criatura que encontró.
La oscuridad del lago fue reemplazada por un fulgor amarillo que removió todo el fondo. Ahora la sangre de Deagal no era la única que manchaba las aguas.
En la superficie, los cuatro Inquebrantables estaban acorralados por la criatura. Formaban un círculo defensivo que evitaba que pudieran ayudar al subcomandante.
Lo más triste era que Deagal se había desconectado de la red y por más que se esforzaban en saber sobre su estado, no obtenían respuestas.
Los Inquebrantables llevaban su armadura completa y eso les protegía de los ataques más salvajes de las criaturas. Mantenerse conectados les permitía actuar como uno solo. Protegiendo los flancos, anticipando movimientos y lanzando ataques letales.
Las criaturas eran inteligentes. Los Inquebrantables habían matado alrededor de una docena, sin embargo, sabían que esos solo eran carne de cañón. Los más fuertes permanecían alejados estudiandolos. En sus ojillos rojos brillaba la malicia. Sus labios se retraían en malvadas sonrisas, mostrando sus dientes chuecos y amarillentos.
Marcos intentaba dirigir a sus hermanos y buscaba con desesperación la retirada. Sin embargo, cada vez más parecerían necesitar de un milagro.
El milagro llegó en forma de explosión. Una gran parte de las aguas se vieron expulsadas hacia la superficie y salpicaron a los combatientes. También les cayeron partes escamosas de sus enemigos y un cuerpo más pesado quedó a pocos metros de ellos.
Leaf que estaba más cerca no tardó en reconocer a Deagal. Con un quejido temió que su amigo estuviera muerto pues estaba completamente inmóvil. Envió el mensaje a los demás y todos concordaron que tenían que protegerlo.
Las cabecillas enemigas intuyeron su acción. Una criatura rechoncha llena de collares y pulseras de diversos metales se abrió paso y por medio de gruñidos y chillidos lanzó una horda de criaturas diminutas y más salvajes contra el cuerpo.
Leaf fue el primero en romper la formación y abalanzarse hacia su amigo. No dejaría que esos monstruos lo descuartizaran y consumieran, aunque ya estuviera muerto. El resto de Inquebrantables cerró rápidamente la brecha y continuaron luchando.
Leaf se interpuso entre el cuerpo de Deagal y se enfrentó con su espada en alto. Algunas criaturas se asustaron y recularon, sin embargo, uno de los cabecillas decidió que era hora de entrometerse.
Ese monstruo era mucho más alto que los demás. Se paraba erguido y llevaba algo parecido a una armadura, pues su pecho estaba cubierto por cuero animal, además, usaba unas botas de piel humana.
Entre sus manos palmeadas llevaba un arpón tan grande como la espada de Leaf. Sus garras tampoco eran nada desdeñables.
A pesar de su apariencia peligrosa, Leaf no retrocedió un solo paso. Al contrario, sujetó más fuerte su espada y atacó.
El primer golpe fue detenido con facilidad por el arpón. Leaf esperaba que la madera se rompiera, pero su espada golpeó algo mucho más sólido. El monstruo no tardó en contratacar de una manera brutal. El guerrero respondió bien, pero sabía que, si se despistaba, aunque fuera solo un momento sería su fin.
Leaf atacó hacia la muñeca de la criatura y su espada se hundió en la carne. La criatura gruñó y con su mano libre arrojó un manotazo hacia el rostro del guerrero. Leaf alcanzó con las justas a echarse hacia atrás, pero no alcanzó a levantar su defensa. Se salvó de las garras, pero no del acero.
A pesar de que llevaba una cota de malla, el arpón logró atravesarla como mantequilla y se clavó con profundidad bajo de su clavícula. Leaf apretó los dientes y movió su espada de nuevo hacia el mástil. Esta vez logró quebrarlo. Sin embargo, la criatura se defendió con su mano libre.
Con la adrenalina corriendo por sus venas, Leaf se defendió y logró hacer retroceder a la criatura. Aprovechando, arrancó la punta del arpón de su cuerpo y lo arrojó al suelo. Un abundante chorro se sangre salpicó. Al joven no le importó y como quiera se arrojó contra el monstruo.
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Editado: 03.10.2026