El día era oscuro sin pizca de azul. Todo estaba plagado de nubes negras que amenazaban una fuerte tormenta. El viento era frío y despeinó varias veces a Cassian que disfrutaba del día. Al brujo le encantaban los días grises, le recordaba lo poderosa que era la naturaleza.
Cassian oteó el horizonte, calculando si existía la posibilidad de disfrutar de la lluvia antes de dedicarse a trabajar. Le pareció que no. En otros tiempos, se habría conformado, pero ahora, era el brujo más poderoso del mundo. Apuntó su dedo al cielo y sacrificó a dos de sus seguidores. No llegaban todavía al suelo cuando Cassian comandó al rayo.
El rayo cayó sobre la estatua del Caos, sobre su mano extendida hacia el cielo. Iluminó por un momento la oscuridad con líneas rojas que recorrieron la estatua. Cassian entrecerró los ojos, disfrutando del sonido de unas cuantas almas extinguiéndose para siempre.
El cielo no tardó en romperse y dar lugar a una lluvia fría y torrencial. Empapó todo su cuerpo, su cabello goteaba cuando al fin ingresó al castillo. Si por él fuera, estaría más tiempo saltando entre los charcos o dejando que simplemente la lluvia le resbalase por el rostro. Sin embargo, tenía cosas que hacer.
Los Inquebrantables no habían mostrado señales de vida. Lo que le hacía sospechar de que estaban planeando algo. Para obligarlos a salir de su madriguera había ordenado a sus brujos a sitiar el reino de Magicae. Esperaba que los Inquebrantable no pudieran dejar solos a sus más queridos aliados.
Mientras tanto, reforzaba todas las entradas a la isla, el castillo o el pueblo a las afueras. Solo por si los Inquebrantables eran lo suficientemente tontos como para intentar enfrentarlo una vez más.
Demasiado cerca para el gusto de Cass, se encontraba un pequeño batallón de cinco Inquebrantables junto con su comandante, un viejo conocido del campeón del Caos.
—¿Es lo suficientemente seguro? —preguntó Federico.
Emil le hizo una seña para que se quedara quieto. Había enviado al fantasma del medallón a recorrer el pasadizo secreto. A través de sus ojos reconoció a varios guardias que intentaban pasar inadvertidos, igual habían reforzado la vigilancia alrededor de las costas y probablemente en el castillo.
Mientras tanto, Federico se paseaba nervioso por la costa. Estaban en el mismo lugar que Robert y los otros dos comandantes habían muerto. El pequeño monumento de piedra tenía manchas sangrientas que contaban su derrota. Había algo de malévolo en simplemente estar ahí. Vagamente se preguntaba dónde estaban sus cuerpos. Tenía la sensación de que no habían terminado en ningún lugar honorable.
Los otros tres se mantenían distantes, mirando hacia el horizonte y el destino que les esperaba.
—Servirá —dijo Emil de pronto—. Hay pocos guardias. Puedo con ellos.
Nadie sabía hasta qué punto Cassian había logrado replicar la red de consciencias, así que debían tener el máximo cuidado. Procurando no ser descubiertos por ningún Magic.
—¿El espíritu no puede matarlos? —preguntó Federico algo nervioso.
—Temo que está fuera de sus capacidades, pero nos ayudará a su debido tiempo.
Emil no mentía, confiaba en que su amigo fuera lo suficientemente poderoso como para retener a Cassian. La posibilidad de perderlo le daba miedo, pero también sabía que era necesario. Le había prometido que cuando Cassian fuera atrapado, lo liberaría para que al fin pueda descansar en paz. Serían libres ambos. Al menos eso se había repetido una y otra vez a lo largo de los años. Sin embargo, ahora que estaba tan cerca comenzaba a dudar.
Dentro de unos pocos minutos todos se encaminaron a la gruta secreta. Había sido excavada bajo el mar por William. Desde afuera se veía un hueco oscuro que parecía llevar al infierno. Tan lejos tampoco estaba. Mientras caminaba Emil. ordenó al espíritu regresar al amuleto. Mantenerlo lejos requería demasiada concentración y energía.
—Muy bien —dijo Emil —Ustedes irán por el nuevo camino que crearé. Yo iré por el antiguo
—Emil, déjame acompañarte —dijo Federico buscando apoyo entre sus hermanos.
Era irónico que, en tan poco tiempo, dos de sus hermanos pidieran acompañarlo y que a ambos tuviera que decirle que no.
—Cassian y yo tenemos historia —dijo Emil suspirando—. El plan es que me considere lo suficiente estúpido como para intentar enfrentarlo solo.
Cosa que sería completamente plausible para un antiguo y necio Emil.
—Bien —dijo Federico y le tendió la mano.
El plan también era dejarles el medallón, sin embargo… algo en su interior se lo impedía. No quería separarse tan pronto de su amigo.
—Estaba pensando en quedármelo —admitió nervioso.
Federico lo miró confuso y el resto de sus hermanos siguió su ejemplo.
—No dijimos… —respondió Duncan
—Sí, pero Cassian lo sabe —mintió Emil—. Sabe que tengo el medallón, puede que al no verlo…
Ni Duncan, ni Federico le creyeron, pero afortunadamente Leaf y Will, lo aceptaron. Tres contra dos era un marcador positivo en las votaciones.
—Mejor lleven el espejo —dijo haciendo señas a Leaf.
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Editado: 03.10.2026