La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XXVI. Unidos son fuertes

Emil sujetaba en su mano derecha su medallón y con la otra agarraba el hombro de Mary. Intentaba mantenerse en pie por sí solo, pero todavía estaba muy débil. Su mente había viajado miles de kilómetros y había hecho algo increíble.

—La Justicia no me dejó sola —dijo Mary mientras rodeaba la cintura de Emil y sostenía la mayor parte de su peso.

Era la primera vez que se permitía albergar esperanza. Cuando la entidad de la Justicia le maldijo no la había dejado sola. Le otorgó herramientas que, aunque, al principio pensó que eran parte de su castigo, después entendió, que era ella quien decidía como usarlas.

Ayudó a Emil a sentarse en un banco de piedras. Mary no lograba recordar que había sido antes, pero ahora eran piedras más o menos lisas. En cuanto Emil recuperó un poco del equilibrio se soltó de las manos de Mary y se sujetó la cabeza.

Mary no prestó atención al desdén que mostraba el Inquebrantable. En su lugar, agarró un pedazo de tela que tenía guardado. Como todo en la ciudad había comenzado a deteriorarse y a podrirse. Siempre que llegaba alguien nuevo a la ciudad, Mary le pedía que dejara una cosa, ya sea para recordarla o para simplemente reconocerla entre sus súbditos. El último había sido una chica que le había dejado su capa de viaje que se había convertido en pedazo de tela mugriento.

Se acercó con delicadeza a Emil y se lo ofreció. Le habría encantado acercarse más y limpiarle la sangrante nariz. Tal como lo haría una madre, sin embargo, sabía que sería rechazada. En cambio, se conformó con ver a Emil, sujetar el improvisado pañuelo contra su nariz.

Sus ojos castaños estaban muy abiertos, pero miraban sin mirar. Su mente había regresado a su cuerpo hace muy poco y todavía se estaba habituando a la realidad.

Emil parpadeaba lentamente intentando comprender como había pasado del bosque lleno de vida, el viento salvaje y la temblorosa niñita que llevaba en su lomo a estar dentro de una habitación mohosa y media derruida con olores putrefactos y con una mujer muerta.

—Lo has hecho bien —le habló Mary.

Emil no lo creía así. Tenía demasiadas preguntas. Gracias al poder de su medallón y la ayuda de Mary. Había sido capaz de enviar su mente a miles de kilómetros, directo a Luz verdadera.

Mary le había explicado la naturaleza mágica de su medallón y al combinarlo con la magia mental de los Inquebrantables había creado algo único y en cierta forma irrepetible.

Su medallón encontró a un vagante Luz verdadera en medio de un campo, siendo acariciado por una pequeña niña. Emil se valió de su conexión única para entrar en su cuerpo y acudió en ayuda de sus hermanos.

¿Qué estaban haciendo? ¿qué había pasado? ¿cómo había sabido dónde ir? Era un misterio. Luz verdadera simplemente lo sabía, para él era tan seguro como respirar. Ahora extrañaba esa seguridad. Extrañaba saber a dónde tenía que ir.

El encantamiento había terminado demasiado pronto, su espíritu regresó con brutalidad a su cuerpo. A la triste realidad que ahora enfrentaba.

—¿Cuándo podré curar a mis hermanos? —musitó, cuando encontró cierta fuerza para hablar.

Aun así, no se atrevió a levantar la mirada y mucho menos a ponerse de pie.

—Yo diría que para el siguiente anochecer —respondió Mary—. Debería descansar.

Emil casi se echó a reír. Recién estaba amaneciendo. No tenía tiempo para descansar.

—Ni fuerza tampoco —acotó Mary.

A Emil no le agradaba que Mary leyera sus pensamientos. Sin embargo, tenía que admitir que había algo de razón en sus palabras. Para lo único que tenía fuerzas era para expulsarla de su cabeza y desmayarse. Y eso fue exactamente lo que hizo.

Mary lo despertó mucho más tarde cuando el sol ya se había oculto. La noche caerá pronto y con ella el frío mortal que casi había reclamado de Emil.

Lo único buera era que estaba más lúcido y que su fuerza había regresado.

Cuando fue aprendiz de Hawise, la bruja le había advertido que sanar era mucho más difícil que hacer daño. Ese arte requería de concentración y sobre todo de compasión. Se trataba de convencer a un cuerpo dañado de repararse para ser dañado de nuevo. Ese engaño dependía solo del sanador.

A diferencia de la red de consciencias que funcionaba gracias a la confianza y colaboración estrecha entre los guerreros, o de la magia elemental que radicaba en la conexión con el mundo, la magia sanadora no tenía un mecanismo tan flexible.

El sanador tenía que aprenderse cómo funcionaba el cuerpo humano y entender la raíz del problema. Después las palabras, entonaciones y movimientos precisos para cada herida.

Emil conocía el principio, los movimientos y la anatomía. El problema era que no lograba la compasión, no sin la red de consciencia y sin ella… bueno, la magia le resultaba agotadora.

Ahora le tocaba enfrentarse a ella, en nombre de sus hermanos. Medio batallón se encontraba sumido en la inconsciencia, así que la red de consciencias no podría ayudarle.

Solo pensar en el fracaso le daba escalofríos. No podía fallarles, nunca más.

—Confía en la Justicia —dijo Mary produciéndole un escalofrío a Emil




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