Hawise cortó la conexión con Deagal y se levantó de su escritorio. Estaba enfadada. Sentía la ira bullendo en su interior. ¿Es que todos eran imbéciles?
El día anterior había hablado con Emil y sentía a través de su conexión su debilidad. Eso era un problema y, a decir verdad, no tenía tiempo para lidiar con sus estupideces.
El maldito Cassian había regresado de alguna forma y había quemado parte de su red de consciencias.
Se mordisqueó las uñas y se quedó mirando al vacío. Necesitaba que por una vez, la gente le hiciera caso.
—Están atacando —entró gritando Marshal poco después.
Ese muchacho siempre se olvidaba de tocar la puerta o de plano no le importaba. Hawise procuró no reaccionar a la información. Su hijo bajó un poco la voz y volvió a hablar.
—Tenemos llamadas de auxilio de todos lados. Hay varios batallones que…
—¡No! — bramó Hawise girándose. Hace rato que había dado la orden de volver a casa. ¡Eso era lo único que tenían que hacer!
—No, Marshal. Nadie puede acudir en su ayuda.
Marshal se le quedó mirando, pero Hawise se adelantó y volvió a enviar la misma orden: «Vuelvan a casa. No interfieran en nada». Al único que no le llegó el mensaje fue a Deagal que en una vuelta de trama se había rebelado. ¡Maldito Deagal!
Marshal se cruzó de brazos y puso esa cara… la que siempre ponía para discutir.
—No me digas nada, Marshal —dijo dándole la espalda.
Podía sentir la energía de su hijo juzgándola.
—Créeme, esto es más importante que la vida de esa pobre gente —añadió mirando hacia el suelo.
Esperó que se fuera, pero no lo hizo.
—Madre… —llamó con suavidad.
Hawise sintió su mano acercándose a su hombro y lo rechazó. No necesitaba ser consolada, nunca lo había necesitado. Su hijo se apartó como un animal herido.
—Está bien —dijo enfadado y Hawise leyó el siguiente pensamiento.
Marshal creía que era malvada, incluso cruel. No se equivocaba del todo. Sin embargo, leyó algo más. Él pensaba que estaba asustada y en eso, estaba en lo cierto. Estaba muy asustada.
Tragó saliva para intentar deshacer el nudo que se había formado en su garganta.
—Si alguno de los Inquebrantables no me hace caso. Todo se perderá —dijo con tristeza.
En su vida se había sentido tan atrapada. ¿Perdería todo por lo que había trabajado?
—Madre… —murmuró de nuevo Marshal desde una distancia segura.
Él quería acercarse y abrazarla. Sin embargo, Hawise no tenía tiempo para sentimentalismos, no podía dejarse llevar por la desesperanza y rendirse a sus emociones.
No podía simplemente abrazarlo porque eso significaba… abrirse y mostrar que no era cruel, ni malvada, sino una mujer asustada y… eso no se lo podía permitir.
Ella sabía muy bien que no era buena madre, que nunca tenía tiempo, que siempre alejaba a su hijo, pero estaba tan arraigado en ella que simplemente no podía evitarlo.
—Todo por lo que trabajó mi madre y yo, todo se acabará —dijo desconsolada. Permitiendo que un poco del dolor que la atormentaba se liberará.
—No lo hará —respondió con firmeza Marshal.
Hawise se sorprendió y se permitió mirarlo.
—Te conozco, madre. No dejarás que ningún niño nos venza. Los Inquebrantables se mantendrán, te lo prometo.
Había algo en esa promesa que llenó todavía más de miedo su corazón, podría ser la bruja de la red de consciencias, pero seguía siendo madre. Tal vez no era una buena, pero amaba a Marshal de una manera que jamás le permitiría decírselo. Era orgullosa y tonta.
Se acercó y tomó entre sus manos el rostro de su hijo. Quería decir algo, pero no sabía qué. No podía simplemente decirle que lo amaba porque sonaría demasiado vacío. Su hijo había crecido tanto y tan lejos de ella que deseó que las cosas fueran diferentes, que ella fuera diferente. Deseó poder decirle que lo amaba, que siempre lo había hecho, pero pronunciarlo en voz alta parecía una traición a la memoria de su primera hija.
Los Inquebrantables nacieron como una iniciativa para demostrar el poder de su madre y toda la línea de brujas que le siguiera. Era lamentable que la cadena se rompiera con ella y que irónicamente manejara una de las compañías militares más poderosas del mundo y que, aun así, no pudiera proteger a los que de verdad amaba. Tal vez no debió dejar que su hijo se expusiera a más peligro, tal vez debió encontrar una manera de protegerlo.
Hawise sintió que su labio inferior comenzaba a temblar. No había estado tan cerca de las lágrimas desde hace muchos años.
—Iré a recibir a los batallones que están llegando —informó Marshal liberándose de sus manos —. Será mejor que nos esperes en el salón de guerra.
Hawise lo observó salir de la habitación y después cruzar el puente que la separaba del pueblo. Ella siempre había vivido apartada, en su propia morada de dos pisos. Después de un tiempo, se preguntó si su hijo ya habría llegado a la puerta secreta. Si ya estuviera recibiendo a los otros Inquebrantables y muy dentro, se preguntó si sobreviviría a todo.
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Editado: 03.10.2026