La bruja de porcelana 02: Inquebrantables

XXXV. Fuera de lugar

Hace mucho tiempo que Deagal no se sentía tan fuera de lugar. Estaba sentado entre dos jóvenes comandantes, Vernal y Geovanny y no tenía ni idea que decir, mucho menos pensar.

Escuchaba tantas ideas y veía tantos mapas, pero nada tenía mucho sentido. Había pensado que podía ser un comandante, en el campo al menos había dirigido una misión exitosa, sin embargo, ahí, en medio de tantas cosas que no entendía… solo quería que Emil despertara.

Habían llegado hace relativamente poco, su amigo había ido a parar directo a la casa de la bruja, mientras que él había sido llamado al salón principal.

Todo el mundo debatía sobre estrategias, posibilidades y planes para derrotar a Cassian, el maldito y él no dejaba de pensar en la derrota de los tres grandes y otro batallón experimentado. ¿Qué podría aportar su batallón en toda esa guerra?

—Hey, presta atención —dijo Godofredo chasqueando los dedos —. Esto es importante.

—Sí, señor —respondió Deagal reacomodándose en su asiento y colocando sus manos entrelazadas sobre la mesa.

—Como iba diciendo, este es nuestro mejor plan —continuó explicando Marshal que estaba ocupando el lugar que antaño le había pertenecido a Robert.

—Es demasiado arriesgado —apresuró a oponerse Fernando que estaba sentado al otro lado de la mesa—. Es un plan tan arriesgado como el de Robert y ya sabemos cómo acaba eso.

Varios asintieron, otros como Godofredo negaron.

—¡No podemos quedarnos sin hacer nada! —exclamó—. No como la última vez. Un Inquebrantable vale más que 10 de esos Magic.

Muchos vitorearon, pero la voz de Godofredo estaba tan cargada de odio que Deagal no pudo evitar pensar que buscaba más venganza que nada.

—¿Por qué no esperamos a que Hawise vuelva? —sugirió Vernal intentado buscar una solución más pacífica.

Su batallón también era joven y quizá también dudara como él.

— ¿Por qué mejor no votamos? —sugirió Federico.

—Sí, ¿por qué no? —dijo Godofredo con enfado —. Aunque, yo prefiero morir cien veces que esconderme como un cobarde.

La sala se desató en comentarios, gritos y opiniones no solicitadas que entorpecieron la comunicación.

—¡Votemos, hermanos! —gritó Marshal recuperando el control tras varios intentos.

Deagal se removió inquieto en su puesto. Recién había caído en cuenta de que debía tener una opinión. Miró a ambos lados, sus compañeros tenían rostro serio y decidido. Ellos ya habían escogido en nombre de todos sus amigos.

Tragó con dificultad y consideró que era tarde para pedir que le repitieran el plan. Se había perdido tras los primeros cinco minutos de explicación. Lo único que recordaba era algo sobre el castillo de Cassian.

La votación inició en el extremo derecho, es decir al otro lado de Marshal y se estaba acercando demasiado rápido. Los comandantes no solo decían si y no, sino que argumentaban en base a sus propios conocimientos y al hablar no solo parecían eruditos sino también la voz de todos sus hombres. Un peso demasiado grande para él. Una sola palabra y podría decidir entre su vida o muerte.

Necesitaba aire fresco y una forma de escapar. Tal vez ir a buscar a Hawise, a Emil o a Wilkin. Se puso de pie e intentó irse disimuladamente, sin embargo, Marshal lo vio primero.

Entrecruzaron miradas y Deagal gimió por lo bajo. Le hubiera encantado tirarse bajo la mesa y fingir demencia. Jaloneó un poco del cuello de su camisa y se aclaró la garganta. Justo a tiempo de que Marshal le diera la palabra.

—Yo, hmm, creo que deberíamos —tartamudeó Deagal.

Sentía que sus manos estaban húmedas y pegajosas, además unas gotas de sudor resbalaban por su frente. Lo peor era sentir la mirada de Godofredo juzgándolo.

—Deberíamos… —repitió intentando desesperado buscar una salida.

—¿Qué deberíamos hacer? —demandó saber Godofredo y se puso de pie.

Al igual que antes, este era un mal momento para que Deagal se diera cuenta de que Godofredo estaba muy enfadado, era el doble de alto que él y que desde el principio parecía con ganas de golpear a alguien.

Siendo el superviviente de las calles que era, sabía cuándo debía echarse para atrás y escapar, pero consideraba que era muy indecoroso correr ahora que era comandante.

—Deberíamos repetir el plan —murmuró con un hilillo de voz e intentando alejarse de la mesa.

Godofredo lo escuchó y también Vernal que echó una risilla nerviosa. Marshal intentó tranquilizar a Godofredo, pero ya era tarde. Godofredo atacó como un animal salvaje y lo agarró del cuello.

—Puede que no te haya escuchado bien, comandante. ¿Acaso dijiste que no repitiéramos el plan?

Deagal no era un cobarde, pero en ese momento deseo serlo. Repitió a Godofredo lo que había dicho y tuvo el descaro de decirlo en voz muy alta y a propósito escupió un poco de saliva a la cara de Godofredo.

Godofredo no era un hombre paciente y su puño dirigiéndose lentamente a su cara lo demostraba. Deagal no había sido comandante más de cinco minutos y comenzaba a la perfección.




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