La cafetería de Elena

Capítulo 60 —DONDE TODO COMENZÓ Y DONDE EL AMOR LO CAMBIÓ TODO

Habían pasado algunas semanas desde que Jasmin y Braian habían llegado a casa.

La vida de Elena había cambiado por completo.

Antes se levantaba temprano para abrir la cafetería, preparar los pasteles, atender a los clientes y asegurarse de que cada rincón estuviera perfecto.

Ahora tenía dos pequeñas razones para levantarse todavía más temprano.

Sus mellizos.

Elena prácticamente no se separaba de ellos.

Aquella mañana estaba sentada en una de las mesas de la cafetería, con Jasmin dormida sobre sus brazos mientras Braian descansaba en su pequeño cochecito junto a ella.

Elena los miraba con una sonrisa.

—Mis pequeños...

Tomás apareció desde la cocina con una bandeja.

—Elena, te traje el desayuno.

Ella levantó la mirada.

—Gracias, Tomás.

—Y antes de que digas que no tienes hambre, te aviso que Victoria me ordenó que me asegurara de que comieras.

Desde la cocina se escuchó la voz de Victoria.

—¡Y hazle caso!

Tomás sonrió.

—¿Ves? Aquí mando yo... pero Victoria manda sobre mí.

Elena soltó una carcajada.

—Pobre de ti.

—No sabes lo difícil que es trabajar en este lugar.

Victoria salió de la cocina con un delantal puesto.

—¿Difícil?

Tomás se quedó quieto.

—No.

—Eso pensé.

Elena volvió a reír.

Victoria se acercó y miró a los mellizos.

—¿Durmieron bien?

—Más o menos —respondió Elena—. Jasmin se despertó dos veces y Braian tres.

Tomás abrió los ojos.

—¿Tres?

—Sí.

—Yo habría pedido vacaciones.

Victoria lo miró.

—Tú no tienes bebés.

—Precisamente. Estoy protegiendo mi salud mental.

Elena volvió a reír.

La cafetería estaba más llena que nunca.

Y aunque ahora tenía dos bebés que cuidar, Elena no quería alejarse de ellos.

Los tenía cerca todo el tiempo.

Si atendía una mesa, los bebés estaban junto a ella.

Si preparaba algo en la cocina, Victoria se quedaba vigilándolos.

Si necesitaba descansar un momento, Tomás tomaba el control.

Todos habían aprendido a trabajar como una verdadera familia.

Una señora entró a la cafetería con su pequeña hija.

Al ver a Elena con los mellizos, sonrió emocionada.

—¡Qué bebés tan hermosos!

Elena sonrió.

—Muchas gracias.

—¿Son gemelos?

—Mellizos.

La niña se acercó tímidamente.

—¿Cómo se llaman?

Elena miró a sus hijos.

—Ella es Jasmin y él es Braian.

La niña sonrió.

—Son preciosos.

—Gracias, mi amor.

Victoria observó la escena desde lejos.

Todavía le parecía increíble.

Aquella cafetería había sido testigo de tantas cosas.

Había visto discusiones.

Lágrimas.

Problemas.

Reconciliaciones.

Besos.

Y ahora veía crecer una familia.

Victoria se acercó a Elena.

—¿Sabes qué pienso?

—¿Qué?

—Que este lugar nunca volverá a ser el mismo.

Elena miró alrededor.

—No.

Sonrió.

—Ahora tiene más amor.

Victoria la abrazó suavemente.

—Y eso es lo más bonito.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Marcos miró el reloj de su oficina.

Había pasado todo el día trabajando.

Tenía documentos sobre el escritorio, llamadas pendientes y reuniones que parecían no terminar nunca.

Pero aquella tarde tenía una sola cosa en la cabeza.

Elena.

Y sus hijos.

Miró una fotografía que tenía sobre el escritorio.

Era una fotografía reciente de los cuatro.

Elena sostenía a Jasmin.

Marcos tenía a Braian en brazos.

Los dos sonreían.

Marcos acarició la fotografía con los dedos.

—Mi familia...

Su teléfono sonó.

—¿Sí?

—Señor Ferrer, todavía falta revisar—

—Lo terminaremos mañana.

—Pero señor...

—Tengo algo más importante.

Colgó.

Se levantó de su silla.

Por primera vez en todo el día, sonrió.

Había terminado su trabajo.

Y sabía exactamente dónde quería estar.

En la cafetería, Elena intentaba tomar un café mientras sostenía a Jasmin.

Tomás apareció.

—Dame a la niña.

—No.

—Elena.

—No.

—Solo un momento.

—Estoy bien.

Tomás cruzó los brazos.

—Desde que nacieron no te separas de ellos.

Elena sonrió.

—No quiero perderme nada.

Victoria se acercó.

—Déjala.

Tomás la miró.

—¿Tú también?

—Sí.

Victoria miró a Elena.

—Después de todo lo que has vivido, es normal que quieras disfrutar cada segundo.

Elena bajó la mirada hacia Jasmin.

—Son mi mayor regalo.

Tomás sonrió.

—Y también son mis sobrinos.

—Lo sé.

—Entonces tengo derecho a presumir de ellos.

—Mucho.

Tomás se acercó al cochecito de Braian.

—Ven aquí, campeón.

Tomó al pequeño con cuidado.

—Mira qué guapo eres.

Braian abrió los ojos.

Tomás se quedó completamente serio.

—Creo que me reconoce.

Victoria se rio.

—Tiene unas semanas.

—No importa. Tenemos una conexión especial.

Elena negó con la cabeza.

—Eres imposible.

La puerta de la cafetería se abrió.

Elena estaba de espaldas.

Tomás fue el primero en verlo.

Se quedó mirando hacia la entrada.

—Oh...

Victoria también levantó la mirada.

Elena notó el silencio.

—¿Qué pasa?

Tomás sonrió.

—Nada.

Elena se dio vuelta.

Y allí estaba Marcos.

Con su elegante traje, aunque se notaba que había tenido un día agotador.

Pero en cuanto vio a Elena, su rostro cambió.

Toda la preocupación desapareció.

—Hola, mi amor.

Elena sonrió inmediatamente.

—Marcos.

Él caminó hacia ella.

Primero besó su frente.

Después miró a Jasmin.

—Hola, princesa.

Luego se acercó al cochecito.

—Y hola, campeón.

Tomás levantó a Braian.




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