“ CEDIENDO “
Al día siguiente, el desayuno fue más bien silencioso
Ni Huerta ni José María parecían demasiado interesados
en hablar
El ambiente todavía conservaba algo incómodo después
de lo ocurrido durante la madrugada
Huerta terminó el mate de un solo trago y se levantó
de la pequeña mesa
Pero antes de salir, se detuvo apenas unos segundos junto a la puerta
Y sin mirarlo directamente, murmuró.
—Gracias por… preocuparte
Aquello dejó a José María completamente confundido.
Porque sinceramente no esperaba escuchar algo así de él.
Pero enseguida supuso que, probablemente, aquella era simplemente la forma particular que Huerta tenía de agradecer las cosas.
“Es un bruto, lo dicho… pero me cae bien.”
Y terminó sonriendo apenas lo veía salir.
Luego él
a su vez salia del cuarto cerrando la puerta
trás suyo
Había que ir a trabajar
A la hora de almuerzo, José María aprovechó de salir un momento hacia el minisúper
Y apenas entró, Toñita lo recibió feliz de verlo
—¡Hola, José María! ¿Cómo están las cosas en el haras?
Él sonrió con sinceridad, aunque no del todo convencido
—Extraño mi cama y una ducha decente… pero estoy bien. Huerta ha sido muy agradable
Eso pareció alegrarla muchísimo
—¡Qué bueno!
Luego añadió enseguida
—Yo de aquí voy a pasar donde Mirza. Será solo un momento porque Minerva me viene a ver después…
José María levantó una ceja inmediatamente.
—Nuestra reina del aquelarre viene hacia nosotros… ¡aleluya!
Ambos terminaron riéndose.
Entonces José María recordó algo importante
Sacó varios papeles doblados del bolsillo y se los entregó.
—Toma, por favor… dale esto a Mirza.
Eran al menos cuatro notas distintas.
Y justo después agregó con algo más de seriedad:
—Toñita… ¡debo pedirte algo más !
Ella lo escuchó atenta enseguida
Rato después, ya con Mirza Oviedo, Toñita le explicaba la situación.
—Bueno… según lo que entendí, quiere venir a buscar algunos cambios de ropa. Pero debe ser cuando no esté tu papá para evitarle disgustos.
La rubia hija de Antonio Oviedo bajó apenas
la mirada, algo apenada.
—Qué mal… pobre José María. Todavía tiene consideraciones con mi papá…
Luego pareció pensar un momento antes de añadir:
—Bueno, él últimamente ha salido por las tardes y lo viene
a dejar don Emiliano. Hoy le diré que mañana se lo lleve un rato más, ¿sí?
Toñita sonrió inmediatamente.
—¡Qué bueno! Yo lo traigo y aprovechamos de comer algo rico. ¿Qué dices, eh?
después de varios días, Mirza sonrió de verdad
Luego de eso, Toñita salió de la habitación diciendo:
—Iré a ver a Ricardo… tú ve eso, ¿sí?
Mirza Oviedo apenas asintió.
Porque ya estaba completamente concentrada leyendo cada una de las notas.
Y con el corazón latiéndole desbocado
es qué Octavio tenía una forma demasiado precisa de escribir lo que ambos sentían.
Como si pudiera poner en palabras exactamente aquello que
a ella le costaba incluso pensar sin quebrarse.
Y lejos de tranquilizarla, aquello terminó entristeciéndola todavía más.
Porque inevitablemente pensó también en
José María.
Metido en el haras por ayudarla.
Dispuesto incluso a convertirse en “fachada” dentro del desquiciado plan de Minerva Prado.
Pero lo que más le dolía era entender por qué
él aceptaba todo aquello.
Lo hacía por ellos.
Para comprarles tiempo
Y aun así, el miedo seguía ahí
Porque si algo conocía bien Mirza, era el carácter de su padre
Y sabía perfectamente que podían pasar demasiadas cosas antes de que Antonio Oviedo quisiera ceder siquiera un centímetro en ese asunto.
Con el pecho oprimido, volvió a leer las últimas líneas de una de las notas.
“Siento que soy culpable de algo que ni siquiera busqué… y tú caes en la misma culpa por amarme.
Mirza, yo te amo. Y aunque nos espere el infierno del que habla el cura en sus misas, jamás dejaré de sentir este amor tan grande por ti.”
Y entonces ella cerró apenas los ojos mientras apretaba
la carta contra su pecho.
—Ni yo tampoco, Octavio… mi amor ..
besando la nota con sus manos temblorosas
sus ojos cerrados
El día pasó sin mayores novedades
Y ya por la noche, José María volvió a acomodarse sobre la cama para leer mientras, otra vez, Huerta terminaba instalándose en el suelo refunfuñando por lo bajo
Aquello empezaba a causarle bastante gracia
a José , quien se quitó los lentes y dejó el libro de mitología griega en el velador improvisado
y tapandose bien recordaba muchísimo a un perrito que había tenido en España cuando era niña
Uno que aullaba desconsoladamente cada vez que su padre, Manuel, lo dejaba dormir afuera de la casa.
La comparación casi le arrancó una risa
Y entendió que ya era hora de apagar el quinqué
Al día siguiente
Baltazar accedió de buena gana cuando José María le pidió permiso para salir unas horas.
—Ve, muchacho. Y si necesitas ayuda puedes llevar a Huerta.
De verdad creo que le daré permiso el viernes para irse antes… anda muy tranquilo y eso me asusta.
José María soltó una carcajada inmediata.
—¡Que el cielo nos asista entonces!
Y salió enseguida.
Porque ya era la hora convenida con Toñita para ir hasta
la casa de Mirza
Desde la plaza ambos vieron pasar el Pontiac
por la calle principal.
Y Toñita enseguida lo tomó del brazo.
—Vamos, ven José María..
Entonces emprendieron camino hacia la calle Las Heras.
Y, finalmente, aquella terminó siendo una tarde sorprendentemente alegre.
Una ducha de verdad refrescante.
Ropa limpia.
Y por unos momentos, la sensación de volver a sentirse una persona normal.