Regreso A Villalebu

CAPITULO 42

“ RETOS PERDIDOS ..

Y EL RENACER DE LA MISIÓN "

Reynaldo Prado llegó a casa sin ningún rastro de calma.

La puerta apenas se cerró detrás de él cuando Bárbara lo notó

Algo en su rostro no estaba bien

Era una mezcla de rabia contenida

y una tensión mal disimulada, como si hubiera pasado todo

el día sosteniendo algo que estaba a punto de estallar.

—Bárbara… solo te advierto una cosa ¡ vos no intervengas !

soltó de inmediato, sin siquiera saludar

Y entonces su voz cambió

Se quebró en furia

—¡Minerva baja ahora ! !

El nombre resonó por toda la casa cómo un trueno.

Bárbara bajó la mirada en silencio

Porque entendió en ese instante que no había nada

que hacer o decir que pudiera calmarlo

Minerva apareció en lo alto de las escaleras.

Ya lo había sentido venir

La tormenta siempre tenía ese mismo sonido antes

de romperse en lluvia torrencial

Descendió lentamente, con el mentón alto intentando sostener algo de orgullo aunque por dentro sabía

que aquello no iba a terminar bien.

Reynaldo la miró de arriba abajo

Sin paciencia.

ni suavidad.

—Nena… ¿me podés explicar qué diablos le pasó a ese carajo de Obando?

Silencio

Bárbara bajó aún más la mirada.

Minerva respiró hondo.

Y cuando habló, lo hizo con una mezcla de defensa y orgullo herido.

—Papá… ya vinieron a preguntarme lo mismo. Y te lo repito:

¡el chófer lo dejó ayer en la carretera porque iba a tomar

el maldito bus !

Levantó un poco más la cabeza, firme.

—Eso fue todo.

Se detuvo un segundo

Pero no bajó la mirada.

—¡No sé nada más de ese tipo !

Eso no calmó a Reynaldo en absoluto.

Al contrario.

Fue como echarle gasolina encima.

—Mejor andá preparando la maleta. Te vas unos días con tus abuelos a los vientos . Y no quiero protesta alguna ¡ me oyes !

Minerva lo miró fijo.

Pero él ya no estaba dispuesto a negociar.

Dio un paso hacia ella, invadiendo el espacio

con esa rabia que apenas contenía.

—Vos no tenés idea princesa, de lo que me puede costar

tu brutalidad del viernes ¡ carajo !

Señaló el aire con desprecio.

—¿Sabés lo que fue eso? ¿Sabés quién estaba ahí? Jefes, televisión nacional… ¡capaz hasta en China se están riendo

del sorete que llevaste y de mí!

Se inclinó apenas hacia ella, con la voz más baja pero más filosa.

—¿Qué diablos creías que hacías, eh… boluda?

El golpe fue directo

Minerva no bajó la mirada

No esta vez.

—Pues tú lo hiciste —respondió con rabia contenida—. ¿Cómo me comprometes a casarme como si fuera una vaca para don Joel?

El silencio que siguió fue tenso

Y entonces Reynaldo soltó una risa seca, casi incrédula.

—Perdoname, mi princesa… es que papi recién se dio cuenta de que Octavio jamás lo va a hacer —dijo con desprecio—

por qué. está como idiota por otra. Fijate

¡además a ti te parece poca cosa el hijo de galena !

Eso la descolocó.

Por un segundo.

Solo uno

Reynaldo retrocedió, ya sin interés en seguir discutiendo.

—Largo. Y volvé con la maleta ¡o te sacó de la casa sin ninguno de tus trapos !

Bárbara se levantó del sillón de inmediato y fue tras su hija

sin decir nada más.

Minerva se quedó un instante inmóvil en las escaleras

Tragándose todo lo que no alcanzó a decir.

Mientras tanto, Reynaldo caminó directo hacia su despacho.

Y cerró la puerta con fuerza.

Molesto todavía.

Pero sobre todo…

Inquieto

Ya eran prácticamente las siete de la tarde.

Octavio y Toñita avanzaban por la carretera con la tensión acumulada de todo el día pues preguntaron en el centro, incluso en los negocios cerca del camino

El silencio dentro del auto era pesado, interrumpido solo por

el ruido del motor y el viento golpeando los vidrios.

Toñita, en su ingenuidad, fue la primera en romperlo.

—Tal vez se quedó en la terminal… salió sin dinero suficiente.. dijo, como si fuera la explicación más simple del mundo

Octavio la miró de reojo.

Y por un segundo… quiso creerlo.

Era una posibilidad lógica.

Sobre todo considerando todo lo que había pasado con Minerva y ese absurdo arrastre a la gobernación.

—Bien… entonces vamos —respondió finalmente

Aceleró un poco más

El camino parecía alargarse con cada metro

autos uno que otro

Hasta que, casi llegando a un cruce, Toñita se incorporó

de golpe.

—¡Para, Octavio… para!

El auto frenó bruscamente a un lado.

Toñita bajó sin pensarlo dos veces.

Y entonces lo vio.

Un muchacho caminando solo, cabizbajo, por la orilla del camino.

Desgastado

Con la ropa arrugada.

Y esa forma de andar que no dejaba dudas.

Toñita no se equivocaba.

—¡José Maríaaaaa! —gritó con todas sus fuerzas.

El eco de su voz rebotó en la carretera vacía

Octavio bajó inmediatamente del auto, sorprendido

por la escena.

Pero aún más sorprendido por el estado en que

lo encontraban

Porque no era solo cansancio.

Era otra cosa

..Derrota

Toñita, sin medir nada, cruzó rápidamente al otro lado

de la ruta y lo alcanzó primero.

Y apenas lo tuvo cerca, lo abrazó con fuerza

José María se quedó quieto unos segundos

Y luego, muy despacio…

respondió al abrazo.

Por primera vez en horas sintió algo parecido a alivio.

Como si el cuerpo, finalmente, pudiera dejar de sostener

todo el peso.

Cuando se separaron, Toñita lo miró directo.

—¿Estás bien… verdad?

dijo acariciando su cabello y casi llorosa

José María levantó la vista justo cuando Octavio llegaba

Asintió lentamente.

Pero su voz salió casi automática, cansada:

—Por favor…¿ díganme que tienen agua ahí adentro. ?




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