“ RETOS PERDIDOS ..
Y EL RENACER DE LA MISIÓN "
Reynaldo Prado llegó a casa sin ningún rastro de calma.
La puerta apenas se cerró detrás de él cuando Bárbara lo notó
Algo en su rostro no estaba bien
Era una mezcla de rabia contenida
y una tensión mal disimulada, como si hubiera pasado todo
el día sosteniendo algo que estaba a punto de estallar.
—Bárbara… solo te advierto una cosa ¡ vos no intervengas !
soltó de inmediato, sin siquiera saludar
Y entonces su voz cambió
Se quebró en furia
—¡Minerva baja ahora ! !
El nombre resonó por toda la casa cómo un trueno.
Bárbara bajó la mirada en silencio
Porque entendió en ese instante que no había nada
que hacer o decir que pudiera calmarlo
Minerva apareció en lo alto de las escaleras.
Ya lo había sentido venir
La tormenta siempre tenía ese mismo sonido antes
de romperse en lluvia torrencial
Descendió lentamente, con el mentón alto intentando sostener algo de orgullo aunque por dentro sabía
que aquello no iba a terminar bien.
Reynaldo la miró de arriba abajo
Sin paciencia.
ni suavidad.
—Nena… ¿me podés explicar qué diablos le pasó a ese carajo de Obando?
Silencio
Bárbara bajó aún más la mirada.
Minerva respiró hondo.
Y cuando habló, lo hizo con una mezcla de defensa y orgullo herido.
—Papá… ya vinieron a preguntarme lo mismo. Y te lo repito:
¡el chófer lo dejó ayer en la carretera porque iba a tomar
el maldito bus !
Levantó un poco más la cabeza, firme.
—Eso fue todo.
Se detuvo un segundo
Pero no bajó la mirada.
—¡No sé nada más de ese tipo !
Eso no calmó a Reynaldo en absoluto.
Al contrario.
Fue como echarle gasolina encima.
—Mejor andá preparando la maleta. Te vas unos días con tus abuelos a los vientos . Y no quiero protesta alguna ¡ me oyes !
Minerva lo miró fijo.
Pero él ya no estaba dispuesto a negociar.
Dio un paso hacia ella, invadiendo el espacio
con esa rabia que apenas contenía.
—Vos no tenés idea princesa, de lo que me puede costar
tu brutalidad del viernes ¡ carajo !
Señaló el aire con desprecio.
—¿Sabés lo que fue eso? ¿Sabés quién estaba ahí? Jefes, televisión nacional… ¡capaz hasta en China se están riendo
del sorete que llevaste y de mí!
Se inclinó apenas hacia ella, con la voz más baja pero más filosa.
—¿Qué diablos creías que hacías, eh… boluda?
El golpe fue directo
Minerva no bajó la mirada
No esta vez.
—Pues tú lo hiciste —respondió con rabia contenida—. ¿Cómo me comprometes a casarme como si fuera una vaca para don Joel?
El silencio que siguió fue tenso
Y entonces Reynaldo soltó una risa seca, casi incrédula.
—Perdoname, mi princesa… es que papi recién se dio cuenta de que Octavio jamás lo va a hacer —dijo con desprecio—
por qué. está como idiota por otra. Fijate
¡además a ti te parece poca cosa el hijo de galena !
Eso la descolocó.
Por un segundo.
Solo uno
Reynaldo retrocedió, ya sin interés en seguir discutiendo.
—Largo. Y volvé con la maleta ¡o te sacó de la casa sin ninguno de tus trapos !
Bárbara se levantó del sillón de inmediato y fue tras su hija
sin decir nada más.
Minerva se quedó un instante inmóvil en las escaleras
Tragándose todo lo que no alcanzó a decir.
Mientras tanto, Reynaldo caminó directo hacia su despacho.
Y cerró la puerta con fuerza.
Molesto todavía.
Pero sobre todo…
Inquieto
Ya eran prácticamente las siete de la tarde.
Octavio y Toñita avanzaban por la carretera con la tensión acumulada de todo el día pues preguntaron en el centro, incluso en los negocios cerca del camino
El silencio dentro del auto era pesado, interrumpido solo por
el ruido del motor y el viento golpeando los vidrios.
Toñita, en su ingenuidad, fue la primera en romperlo.
—Tal vez se quedó en la terminal… salió sin dinero suficiente.. dijo, como si fuera la explicación más simple del mundo
Octavio la miró de reojo.
Y por un segundo… quiso creerlo.
Era una posibilidad lógica.
Sobre todo considerando todo lo que había pasado con Minerva y ese absurdo arrastre a la gobernación.
—Bien… entonces vamos —respondió finalmente
Aceleró un poco más
El camino parecía alargarse con cada metro
autos uno que otro
Hasta que, casi llegando a un cruce, Toñita se incorporó
de golpe.
—¡Para, Octavio… para!
El auto frenó bruscamente a un lado.
Toñita bajó sin pensarlo dos veces.
Y entonces lo vio.
Un muchacho caminando solo, cabizbajo, por la orilla del camino.
Desgastado
Con la ropa arrugada.
Y esa forma de andar que no dejaba dudas.
Toñita no se equivocaba.
—¡José Maríaaaaa! —gritó con todas sus fuerzas.
El eco de su voz rebotó en la carretera vacía
Octavio bajó inmediatamente del auto, sorprendido
por la escena.
Pero aún más sorprendido por el estado en que
lo encontraban
Porque no era solo cansancio.
Era otra cosa
..Derrota
Toñita, sin medir nada, cruzó rápidamente al otro lado
de la ruta y lo alcanzó primero.
Y apenas lo tuvo cerca, lo abrazó con fuerza
José María se quedó quieto unos segundos
Y luego, muy despacio…
respondió al abrazo.
Por primera vez en horas sintió algo parecido a alivio.
Como si el cuerpo, finalmente, pudiera dejar de sostener
todo el peso.
Cuando se separaron, Toñita lo miró directo.
—¿Estás bien… verdad?
dijo acariciando su cabello y casi llorosa
José María levantó la vista justo cuando Octavio llegaba
Asintió lentamente.
Pero su voz salió casi automática, cansada:
—Por favor…¿ díganme que tienen agua ahí adentro. ?