Culpa.
Ese sentimiento desagradable que llega por el desencanto de una situación específica que, por uno u otro motivo, está relacionada contigo. Te sientes culpable cuando lastimas a tu mascota sin querer, cuando dices algo hiriente luego de enojarte. Incluso cuando haces algo deliberado con el fin de lastimar o incomodar a otra persona.
Yo misma he sentido culpa incontables veces a lo largo de mi vida. Como la mayoría de los seres humanos.
Sin embargo, jamás imaginé que la experimentaría por él.
Precisamente él.
Suena exagerado y dramático, lo sé. Tanto como usar “Deja atrás la incertidumbre. Encuentra tu camino de vida" como el slogan de una marca que vendía ambientadores para autos.
Aparentemente, la respuesta a tus dudas existenciales es el aroma a pino y nueces. Pero, en mi caso, no exageraba.
Para empezar, ¿cómo iba yo a saber que le rompería la cara a alguien hoy? Mi plan de la tarde consistía en hacer la maldita tarea con el compañero que se me había impuesto. En ninguna línea intermedia vi la palabra hospital.
«Qué gracioso. Hace dos días pensaba que las cosas por fin se alineaban a mi favor.»
Kristopher, sentado junto a mí con la cabeza recostada de la pared, mantenía los ojos cerrados. No sabía si estaba dormido o fingía estarlo, pero igual lo agradecía.
Había estado observándolo los últimos treinta minutos, luego de pasar los primeros veinte tratando de convencerlo de llamar a su familia. Podría haber sido atendido enseguida si usaba dichas conexiones. Pero se rehusó, alegando que no era para tanto. Curioso viniendo de la persona con el mentón ensangrentado.
Por suerte, la hemorragia se había detenido al poco de llegar.
«Se ve bastante...»
«Sereno.»
¿No debería estar quejándose? Sabía que le dolía. Era imposible que no, viendo cómo el labio inferior se le inflamaba a cada minuto, como una bomba de aire a la que no paraban de soplar. La herida seguro era profunda.
Por primera vez desde que lo había visto, reparé en su ropa.
No llevaba nada particularmente llamativo. O eso hubiese pensado hacía una hora.
El suéter tejido de color crema, lo bastante holgado como para hacer que sus hombros parecieran más anchos, se había ensuciado con hileras y gotas de líquido rojo. Y sus pantalones marrón oscuro, que le caían rectos hasta los tobillos, parecían haber sufrido la mayor parte del desastre pese a que la tela era mucho más oscura.
Lo primero que pensé fue que, al menos, había entendido que estábamos a finales de octubre y que hacía un frío de demonios.
Después vi los zapatos.
Blancos. Limpios. Sin una mota de suciedad.
Volví la atención a sus prendas.
¿Cómo?
¿Cómo demonios seguían blancos si se desangraba hacía un rato?
Era claro que se había esforzado, considerando que fue lo único que pudo salvar entre todo lo demás.
Tuve que contener el impulso de halarle el suéter. O, tan siquiera, pedirle que se lo quitara.
Apreté los puños, reposados sobre mis muslos.
«Había olvidado lo horrenda que es la sangre.»
Irónico que, luego de tanto tiempo, aquel recuerdo volviera a mí debido a Kristopher.
—Tengo hambre.
Parpadeé.
—¿Estás despierto?
—¿Quién dijo que estaba dormido? —repuso, abriendo apenas los ojos para mirarme.
Guardé silencio, enderezando el torso y volviendo la vista al frente.
Menos mal no me había puesto a murmurar cosas como una demente, acción que se convirtió en una costumbre luego de tener que quedarme sola en casa.
—Comida, Mogüel.
Lo miré.
—¿Cómo?
Hizo una pausa tan breve que casi la pasé por alto.
Una respiración más profunda.
La mandíbula apretándose.
Y luego volvió a mirarme como si acabara de confirmar que el techo era blanco.
—Tengo. Mucha. Hambre. —repitió, separando cada palabra deliberadamente.
No estuve segura de si lo hizo para ofenderme o porque genuinamente así le era más fácil pronunciar sin retorcerse de dolor.
Lo escuché perfecto la primera vez. Pero decidí que había tenido un fallo auditivo. No podía ser posible que le quedaran ganas de comer a alguien que seguramente aún podía saborear el metal dentro de su boca.
Me detuve un segundo.
O le gusta ese sabor.
«¿Será de esos que se lamen las heridas?»
La imagen de Kristopher chupándole el cuello a una desafortunada persona imaginaria llegó a mi mente. Lo vi alzar la cabeza y mirarme fijamente, con el mentón goteando mientras me sonreía como un maníaco.
Fruncí apenas el ceño, negando para mis adentros.
¿A qué punto tiene que hacerte llegar una persona para que te cuestiones si es un humano o no?
Volví la atención a él, que había vuelto a cerrar los ojos. Pero esta vez, lo vi presionar la lengua contra el interior de la mejilla, haciendo una mueca mínima.
Resoplé.
—Ya vuelvo —dije antes de pararme de mi lugar, yendo directo a la máquina expendedora que había visto al llegar.
Unos minutos después...
Extendí la mano, ofreciéndole la botella de agua más grande que encontré.
La miró unos momentos, como si estuviera en medio de un debate consigo mismo, quizá entre «¿De verdad espera que tome eso?» y «¿Cuál es la forma más prepotente de rechazarla?». Y estaba bien. No esperaba que la aceptase desde un principio, yo cumplía con mi labor de buena ciudadana al ofrecérsela.
Era un niño rico.
Probablemente solo tomaba agua recolectada al amanecer en Islandia.
«O lágrimas filtradas de unicornio, ya que hablamos de Kristopher.»
Sin embargo, para mi enorme sorpresa y toda la comunidad trabajadora, el pelinegro la agarró, soltando un pequeño suspiro.
La abrió sin dificultad, dándole varios tragos en cuestión de segundos. Al acabar, su contenido se había reducido hasta la mitad.
Se recostó de nuevo, dejando el envase plástico a un lado de la silla, a sus pies.