A Blues Mogüel nunca le había gustado el negro. De pequeña, solía creer que los espíritus solo podían verte si usabas dicho color en la ropa. Aunque esa creencia cambió a medida que creció, su disgusto por el color solo se había incrementado, aunque ahora no pensaba que un ente sobrenatural iría por ella, solo que era aburrido, apagado e inclusive triste. Quizá lo ligaba demasiado a los funerales.
Sin embargo, no pudo evitar maravillarse un poco cuando ese cabello, más intenso que cualquier tono de negro que hubiese visto, se balanceó con el viento. Le parecía increíble que, incluso con la luz del sol dándole de lleno, aún se viera tan obscuro.
Se inclinó, tratando de ver mejor el rostro del chico.
Solo podía apreciar una parte de su perfil desde aquella rama y lo único que podía percibir de él era amargura. Amargura pura. Ni siquiera porque tuviera el ceño fruncido, había algo en su semblante endurecido que no pudo indicarle otra cosa. Al principio se había alegrado bastante de estar allí arriba, fuera de su radar y, por ende, sin obligación alguna de hablarle.
Pero, en ese momento, sintió curiosidad.
Sabía quién era. Bueno, lo sospechaba, más bien. La señora Elizabeth le había hablado un poco de su hijo, que vivía en la mansión con ella. Sabía que tenían la misma edad, que estaba enfermo y que no podía salir de su habitación. Por eso no le extrañó verlo por primera vez pese a ser la séptima vez que visitaba aquel lugar.
Afianzó los nudillos al tronco antes de doblarse más hacia adelante. Se fijó en los brazos del chico, uno con un yeso cubriéndole desde lo alto del codo hasta casi la punta de los dedos, y el otro lleno de rasguños sin terminar de sanar. Lo que más le llamó la atención a la chica fue el vendaje en el hombro, que asomaba debajo de la manga de su camisa.
«¿Se cayó de algún lado?»
«Al parecer su enfermedad era algo externo.»
Blues pensó, luego de la tercera semana sin verlo ni por asomo dentro o fuera de la casa, que tenía algún tipo de virus muy contagioso. Incluso pasó por su mente la posibilidad de que él la estuviese evitando activamente; teniendo en cuenta que la señora Elizabeth había mencionado su “carácter peculiar” como parte de su descripción.
Se inclinó aún más cuando lo vio moverse de su sitio, pensando que se iría. Pero, en su lugar, el muchacho se volvió a sentar en el césped, esta vez, usando el tronco del árbol en el que Blues estaba encaramada para recostarse.
—Maldito sol de mierda —lo oyó maldecir.
Blues aguantó la respiración, pensando que por algún motivo iba a descubrirla si se movía un centímetro.
Pero entonces, sin que tuviese que hacer algo al respecto, el pelinegro alzó la cabeza de pronto, clavando los ojos en los suyos como si hubiera sabido desde el principio que ella estaba allí.
Todo pasó tan rápido que la castaña solo tuvo tiempo de pensar, justo antes de irse de bruces, que jamás vio un gris más hermoso. Y luego, solo pudo sentir dolor.
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“Nunca debió entrar en aquella habitación vacía. Supo, en el instante en que los vellos de sus brazos se erizaron que aquella decisión iba a costarle la vida."
Bufé.
«Muy tarde para eso, amigo.»
“La luz parpadeante del foco distorsionaba las sombras de los objetos alrededor tanto como la suya propia. Entonces, mientras tanteaba con las manos el interruptor de la luz..."
Alcé la mirada, viendo la luz parpadeante sobre mi cabeza.
“La criatura permanecía inmóvil en la oscuridad."
Volví a sacar los ojos del libro, ahora clavándolos en el chico a dos metros de mi, tendido en el suelo con toda la comodidad. Justo, en el rincón más oscuro.
Lo cerré, usando más fuerza de la necesaria.
—Vete —ordené, soltando un quejido —No me dejas concentrar.
Aunque, siendo honesta, no se me ocurriría leer una historia de horror aquí sola ni en un millón de años.
Él giró los ojos en mi dirección.
—Deja de mirarme, entonces.
—No te estaba—
—¿No?
Apreté los labios en una fina línea, fulminándolo con la mirada antes de moverme de mi lugar con brusquedad, arrastrando el trasero a la mesa contigua. Esa la cubría la pared y estaba fuera del rango visible de aquel destructor de inmersión.
Regresé a mi lectura, usando toda mi voluntad para concentrarme en el texto.
“Su presencia, invisible ante la vista de humanos, podía sentirse en la habitación aún si mantuviera los ojos cerrados...”
Volví a cerrarlo.
—Maldición.
Lo dejé a un lado, suspirando.
Si no fuera por este idiota, yo estaría plácidamente recostada, esperando entre sueños a que suene la alarma, cuando se suponía debía bajar y hacer acto de presencia en la asamblea.
—Deberías probar con los crucigramas —sugirió, indiferente.
«Cretino».
El problema no era la actividad que había escogido hacer. Sino él y su presencia molesta.
Me dispuse a mirar mi celular, quizá había algo allí lo suficientemente entretenido como para que se pasaran rápido los veinticinco minutos que restaban.
«No».
«Un momento».
¿Por qué estaba yo contando el tiempo?
Era Kristopher el intruso. Él tenía que irse primero, desde luego que sí.
Dejé el aparato a un lado, sobre la tapa del libro que había intentado empezar cuarenta mil veces antes.
—¿Por qué no estás en la asamblea? —cuestioné, mi voz saliendo en un tono de demanda y urgencia por igual.
«Solo me falta arrodillarme y pedirle que se largue»