Cuatro días después.
A veces llamaba “la cueva" a mi habitación. Más que en el sentido visual, era una manera de expresar lo íntimo que era para mí dicho espacio. Lo necesario que era. Casi como los murciélagos necesitan un lugar oscuro y privado para descansar, yo no puedo convivir demasiado con las personas sin querer “dormir" un rato en la privacidad de “mi cueva".
Los días soleados no eran mis preferidos, pero me gustaba ver mi habitación iluminada con la manta de luz solar que se colaba a través de la ventana. Era como tener un jardín solo para mí.
Sin embargo, ahora me sentía invadida, por decirlo de alguna forma. Como si alguien hubiese irrumpido a mirar los rosales y yo, sin más opción, esperar a que terminara.
La luz se reflejó brevemente en el diminuto círculo plateado, evocando la imagen de una estrella.
Le di un golpecito con la punta del dedo.
«Debes ser tan caro como una, ¿verdad?»
—Debería venderte y comprarme unos tapones auditivos para ver si así aguanto a tu dueño.
Hacía días que no tenía noticias del pelinegro. No es que me importara, solo que tenía algo suyo. Así que me había estado preguntando si debía llamarlo para devolvérselo o mejor lo tiraba de una vez.
Le lancé una mirada al botón.
Sin embargo, considerando la manera en que Kristopher se alteraba por sus zapatillas de diseñador, seguro me asesina cuando se entere que me deshice de uno de sus aretes.
Arete que de seguro valía más que toda la manzana central de Santa Helena.
«Debería cuidar más sus cosas.»
Esa enfermera pudo habérselo entregado ella misma.
A mi mente vino su rostro, impacible, informandome que a mí amigo del labio partido se le había caído una de sus pertenencias en la sala de espera. Más allá de sentir el impulso de aclararle que yo no hacía de mandadera y que para nada era mi “amigo" quise decirle que “del labio partido" había estado de más en la oración. No es como si me dedicara a llevar chicos a emergencias todos los días.
Y justo cuando ya me iba. Lo que la hacía tan inoportuna como desubicada.
De todos modos, ¿cómo es que supo que era de él? Ni yo misma podía recordar qué ropa traía Kristopher ese día.
«Tal vez vio cuando se le cayó.»
Me encogí de hombros, restándole importancia. A fin de cuentas, era a mi a quien había dejado con la responsabilidad. Si encuentras algo y no planeas devolvérselo a su dueño ni quedartelo, entonces mejor tiralo.
Al final decidí irme y traerlo conmigo a casa.
Desición que cuestionaba justo ahora. ¿Cómo es posible que algo tan pequeño te cause semejante dolor de cabeza tan grande?
—Es por tu dueño —dije, ignorando por un momento que un objeto inanimado no iba a oírme —Es tan insoportable que hasta sus cosas molestan.
Le di otro golpecito, esta vez haciendo que rodara hasta el borde del tocador.
Suspiré, atranpandolo al vuelo.
—Bueno, no es tu culpa. Te impusieron a estar cerca suyo, igual que a mí.
«¿Estará tomando sus medicamentos?»
La hinchazón había disminuido considerablemente luego de que lo trataran. Pero el dolor y las posibles infecciones sólo se evitaban con los analgésicos que le recetó el doctor. No es que me importara demasiado, pero ya que yo había sido la que le causó la herida, no podría evitar sentirme responsable si se le termina cayendo parte de la boca.
«No quiero eso en mi consciencia.»
«Sí debería escribirle. Ha de estar destrozado porque perdió uno de sus adornos caros.»
Escudriñé mi teléfono, sobre el banco junto al tocador, dubitativa.
Me abalancé hacia él un segundo después, desbloqueandolo en el acto.
«Voy a decirle que lo tengo yo y, de paso, preguntarle si recogió la medicina»
Todo sea por la pureza de una consciencia tranquila.
Asentí, decidida.
~Oye, ¿estás siguendo las indicaciones del...~
Me detuve a leer el texto.
Lo eliminé.
—No eres su enfermera...
~¿Ya puedes hablar normal?~
—Tiene cinco puntos.
«Idiota.»
Me mordí el dedo, indecisa.
~~Ey, ¿fueron a recogerte ese dí...~
—Ese no es tu problema, Blues —me reprendí, eliminando el texto.
~¿Cómo sigues?~
Me quedé mirando la pantalla.
—Qué pregunta más estúpida. —escupí, presionando borrar—Vivo. Supongo.
Solté el aire por la boca, tirándome boca arriba en la alfombra peluda.
—Blues, baja—oí la voz amortiguada de mi madre proveniente del primer piso.
Resoplé, volviendo a tomar el teléfono.
Escribí algo con torpeza, intentando no pensarlo demasiado ni repasarlo más de una vez.
Al terminar, lo apagué enseguida, lanzándolo sobre la cama.
—¡Voy, mamá!
Me levanté, lanzando una mirada al aparato antes de cerrar la puerta.
~Tengo tu arete.~
²:⁰³ p.m
•••
Bajé a trompicones escalera abajo.
Mimi había regresado el lunes. Ya habían pasado tres días y sólo habíamos comido exquisiteces.
Cuando no estaba, apenas si comíamos para saciar el hambre. Mi madre, ocupada con su trabajo. Y, para mí, cocinar era un cuadro de estrés asegurado. Me animaba a prender el horno, sí. Cuando se trataba de algún postre nuevo que quería recrear. Nunca me salían. Pero su sabor —una de cada diez veces— era tragable.
Envidiaba el don de mi progenitora de lograr que un simple pastel se volviera tu obsesión. Por algún motivo, los dulces siempre le quedaron de maravilla.
Sentí agua la boca sólo de imaginar el menú de hoy. Quizá pasta. Simple hasta probarla con la salsa especial de Mimi.
«¿Qué será esta vez?»
Sonreí, emocionada.
No obstante, mi expectativa se fue directo al infierno cuando, al bajar más las escaleras, las voces se hacían más claras.
Una conversación bastante animada. Y las personas que participaban en ella me helaron la sangre.
Me detuve en seco al pie del último escalón.