Hay tradiciones donde la noche no es simplemente ausencia de luz, sino algo que existe por sí mismo. En algunas incluso se cree que pertenece a otras criaturas, como si durante el día el mundo fuera para los humanos, pero solo hasta determinada hora.
Yo no creía en todas esas supersticiones.
Solo quería que nadie me hablara. Y allí me sentía en paz.
Aunque no podía negar que sí había ocasiones —mientras contemplaba la oscuridad— en las que no podía evitar verla como el lado vulnerable de un mismo mundo. Atemorizante a primera vista, pero hermoso cuando tienes la capacidad de abrirte sin tener control absoluto sobre lo que puede ocurrir después.
Y así, como en la creencia de que hay “hijos de la noche” que pueden existir solo cuando esta llega, quizá significaba que había algo valioso que no podrías hallar en ningún otro lugar más que en la oscuridad.
«Supongo que es una forma demasiado optimista de verlo.»
La noche es la noche y da miedo. El día es seguro.
Y predecible.
Sobre todo predecible.
Fruncí el ceño levemente, intentando enfocar la vista en cada punto blanco que se me atravesara en el cielo. Ninguno era una estrella.
Me parecía curioso que no se oyera una sola rama, un grillo, una hoja cayendo. Nada. Hasta la luna había decidido desaparecer.
«Hace días que no me sentaba aquí.»
El asiento de la ventana era probablemente mi cosa favorita de mi habitación. Y no necesariamente para leer. Sí, era agradable. Pero lo que más disfrutaba era sentarme allí a ver la calle; había cierta magia en ello, por estúpido que fuere.
Tomé una bocanada de aire cuando el viento golpeó en mi dirección, erizándome la piel del cuello.
De pronto, al alzar la cabeza, mis ojos se enfocaron en la casa de enfrente, lo que lograba verse desde allí: apenas un lado del primer y segundo piso. Había una luz encendida en el piso de arriba.
Me quedé observándola unos segundos hasta que la silueta parcial de una sombra masculina empezó a moverse detrás.
Mi boca se contrajo en un pequeño gesto de desagrado al percatarme de que seguro era ese chico.
Y entonces, como si el recuerdo de aquella tarde intentara amargar más el momento, llegó a mi mente sin permiso alguno.
Sentir rabia era una emoción desagradable. A veces, descontrolada.
Pero la vergüenza es mucho peor. Sentirte indigno en tu propia piel por algo que se escapa de tus manos es, en términos simples, un asco.
Así era como me sentía hacía un momento, sentada en el mueble de la sala con tres pares de ojos sobre mí.
Ya había pasado la peor parte.
Eso fue lo que pensé, ingenuamente, luego de presenciar cómo el chico rubio relataba en una frase el incidente en casa de Cristine:
—Olvidé cerrar la puerta del baño mientras me bañaba. Blues la abrió sin querer.
Fin. Eso era todo.
Recordé la expresión de “arrancar la curita de un jalón duele menos” e incluso me sentí agradecida con él, porque yo me negaba a hablar y, si nadie decía nada, mi progenitora iba a obligarme a hacerlo de un modo u otro.
Benedith se quedó quieto después de decirlo, con las manos levantadas frente a él, como si acabaran de acusarlo de algo que no sabía cómo explicar. Su rostro había adquirido un tono de vergüenza que, por alguna razón, me resultó familiar.
No dijo nada más.
Yo tampoco.
Por un instante, pensé que quizá así terminaría todo.
Y ahí tuvo que haber terminado esa conversación.
No obstante, mi madre se ahogó en medio de una carcajada.
—¿Era eso?
La miré, sintiendo que el calor me subía hasta las orejas.
No entendía cómo podía resultarle tan sencillo.
Y allí estábamos, quince minutos después, hablando de algo diferente, sí. Pero que no me estaba haciendo sentir mejor.
Ahora solo me sentía impotente.
—Sería maravilloso. Y no te preocupes, vamos a traerla sana y salva.
—Gracias —dijo madre—. Al menos voy a estar tranquila porque estará con ustedes.
—Benedith quería disculparse y pensó que sería la mejor manera —respondió la mayor, dándole una mirada al chico.
—A eso venimos desde el principio —rió él con timidez.
Corrección: ellos hablaban.
No me molestaría si el tema en cuestión no fuera sobre mí. Porque Cristine y Benedith habían lanzado una invitación bastante repentina sobre la mesa y ni siquiera se me había permitido participar.
Por un momento tuve la desagradable sensación de ser el bufón del momento. Todos hablaban de mí, sobre mí y por mí, mientras yo seguía sentada allí sin saber siquiera en qué momento habían decidido que aquello era una buena idea.
—Sonríe, muchacha. Vamos a divertirnos mucho, ya verás —aseguró la mayor, guiñándome el ojo con una sonrisa cómplice.
No se la devolví.
—¿Qué opinas, Blues? —preguntó él, al parecer, al fin recordando que seguía allí.
Alcé la mirada hacia él.
—Ah... no es necesario —acoté, intentando sonar lo más educada posible al agregar—: Es demasiado, pero gracias.
Mi madre soltó una risa corta, acercándose a mí.
—Hija, es una cena. Además, así se conocen más ustedes dos —animó, refiriéndose al rubio y a mí—. Me encantaría que fuesen amigos. ¿Sabes lo bien que le va con sus estudios? Bien podrías aprender algo...
—No soy tan inteligente, señora —difirió él, sonriendo con algo de vergüenza.
—No seas modesto.
Mi madre le dio un golpecito en el brazo.
—MJ a veces me ayuda —argumenté yo.
Ella ignoró el comentario, volviendo su atención a los invitados.
—¿Y cuándo es? —inquirió.
Apreté los labios, bajando la cabeza.
—El viernes de la próxima semana. El restaurante es precioso, a Blues le va a encantar.
Alcé la vista.
—Entro a clases el lunes —recordé, sin poder disimular mi entusiasmo—. El viernes es entre semana, así que...
—Oh, no te preocupes, muchacha. ¡La reservación es a las ocho!
—Igual no puedo.