Algunas personas hacen manualidades para distraerse. Otras hasta viven de ello.
Recuerdo que, de niña, me la pasaba cosiendo a mano. Peluches, vestidos, muñecos con los brazos desproporcionados.
Disfrutaba mucho el proceso de crear algo, quizá por ello mi inclinación a las flores. Es cierto que no las creas de la nada a partir del aire, pero puedes convertir una pequeña e insignificante semilla en un hermoso jardín.
Sin embargo, en ese momento, era una cuestión de supervivencia.
Di tumbos por la habitación, buscando en los estantes bajos, junto al reciclaje, sobre la nevera, cualquier lugar que pudiera tener lo necesario.
—Pareces una demente —adjudicó la morena, que muy probablemente tenía razón.
No me importó. Me concentré en juntar todo, haciendo una barricada con los brazos antes de levantarla y dejarla caer en el centro de la sala, donde antes estaba la pequeña mesa de vidrio.
Agradecía que mamá se hubiera ido porque, de otro modo, no tendría la libertad de mover los muebles como mejor se me acomodara.
—Tenemos la casa libre. Qué suerte.
—¿Qué estás balbuceando?
—¡Ves y no ves, M! —cité con toda seguridad, extendiendo los brazos hacia el cúmulo de objetos que cualquier otro vería como una montaña de pura basura.
—¿Ver qué? —repuso la chica, algo fastidiada.
Seguro pensó, ingenuamente, que había encontrado una mística tienda de disfraces decentes, con nuestras tallas y gustos a la medida.
Me reí de ella y de mí, puesto que hasta esa mañana yo esperaba exactamente lo mismo.
«Como si las soluciones cayeran del cielo.»
Bufé con burla ante la idea.
Sonreí con emoción.
—Podemos hacer nuestro propio disfraz.
Ella me miró con horror un momento, luego soltó, en tono de evidente molestia:
—¿Estás loca? No podemos aparecer en la escuela con coronas de cartón y vestidos de bolsas plásticas.
Chasqueé la lengua.
—Que algo sea hecho en casa no es una sentencia segura a la fealdad, MJ —repuse, con ese tono filosófico que solía usar Angie al hablar de las auras de los demás.
—¿Ah, no? ¿Te recuerdo la obra de octavo grado? —señaló, cada vez más horrorizada—. Nos mandaron hacer las camas para los enanos...
Y habían quedado espantosas. Sí, una completa abominación.
Pero teníamos trece años y ni siquiera sabíamos colorear en una sola dirección.
—¿Y yo la de primer año? —alenté, instándola a visualizar las alas hermosas que habíamos hecho con nada más que cartón, un buen pegamento y cartulina azul.
Ella asintió, dudosa.
—¡Esta vez será igual! Y si no nos sale...
—N-nos saldrá —asintió la morena, con voz trémula.
—Eso —me acerqué despacio, deslizando mi mano por su brazo, subiendo a su cabello con lentitud— Nos saldrá, M...
Le acaricié la cabeza, acabando por envolverla entre mis brazos como quien trata de acallar el martirio de un ser indefenso.
Sonreí con malicia, enterrando los dedos con suavidad en la cabellera lisa de la chica.
«Si no nos sale tendremos que ir sin disfraz, M.»
—Creo que interrumpimos algo, amor —oí una voz masculina.
Giré el cuello en su dirección.
La ventana de la sala estaba abierta de par en par, con la cortina corrida, mientras un Louis entre perturbado y divertido nos observaba con atención desde afuera. Le siguió la pelirroja, asomando la cabeza apenas unos momentos después.
Nos miró de forma simultánea, sin mediar palabra.
—¿Qué están haciendo ustedes dos? —soltó.
•••
Observé a Louis darle un beso en los labios a Angie que de inicio podría haberse considerado tierno, hasta que un segundo después vi esa cosa en su boca atravesar los labios de ella con urgencia.
Y la baba bastante abundante en el acto, he de recalcar.
Reprimí el impulso de hacer una arcada y volví el rostro hacia cualquier otro punto visible en la habitación.
Me encontré con MJ, quien hacía exactamente lo mismo que yo, solo que sin el más mínimo intento de disimular la repulsión en su cara.
Fui con ella.
—¿Qué carajos hace este depravado en mi casa? —susurré, debatiéndome entre el enojo, el asco y una muy marcada indignación.
—No me culpes a mí —gritó-susurró la morena— ¿Recuerdas que Angie iba a ir con nosotras de nuevo a ver tiendas después de la escuela?
—¡Sí! ¡Angie! ¡Angie es Angie! —recalqué una obviedad estúpida.
—¡No me grites! Todavía no termino de contar —interrumpió la chica, alzando las manos en un gesto conciliador— Ese era el plan. Hasta que tú llamaste diciendo que tenías los disfraces y viniéramos aquí después de la escuela.
—Ajá —asentí, entendiendo todo. Excepto la parte esencial— Eso no explica la presencia de ese.
Señalé con el dedo a Louis, que continuaba en su vaivén de labios sudorosos con la pelirroja.
Hice una mueca.
«Voy a vomitar.»
—¡Pues eso! Le dije a Angie que hubo cambio de planes y decidió venir también.
Suspiré con fuerza, ofuscada.
—Y claro, se le pegó la sanguijuela.
Ella asintió, con el mismo grado de repelús.
Louis había venido un total de dos veces a mi casa, siendo esta la segunda. La primera vez, él y Angie aún no eran novios y todos éramos amigos —o eso pensábamos MJ y yo— y su compañía no era tan desagradable. Bueno... sí, era asqueroso en varios aspectos. Pero soportable de un modo casi tierno, recalco el casi.
Se volvió insufrible una vez anunciada la relación y con ello todo se había ido a la mierda.
MJ y yo por nuestro lado, hasta que le daba un respiro a Angie de tanto en tanto.
Lo miré con rencor, sintiendo unas enormes ganas de sacarlo del cabello.
Cuando vi que no pensaban parar, sino que ahora iban camino al sofá, agarré una olla de la alacena con rapidez.
Y, antes de darme cuenta de que había tomado una cuchara también, ya estaba golpeando la superficie con ella de forma violenta.