4:27 p. m.
La teoría de la relatividad de Einstein dice que el tiempo es relativo.
Ahora yo, Blues Mogüel —jamás científica, solo una chica que se había pasado los últimos setenta minutos desdoblando bolas de papel, limpiando silicón del escritorio del profesor e intentando explicarle a Angie por qué no podía dejar que Louis recortara los esqueletos— lo comprobaba. Doy fe de dicha teoría.
Según mi teléfono y el de todos, habían pasado diez horas con siete minutos desde que llegué a la escuela esa mañana. Pero, para mí, habían sido semanas.
Ni siquiera podía recordar la última vez que llegué a casa y me tiré a la cama solo a dormir.
Ah...
Dormir.
Nunca me había parecido tan atractiva dicha actividad como ahora.
Si hubiera sabido que acabaría tan exprimida de energía a estas alturas, con gusto habría faltado a clases hoy.
Reí para mis adentros.
«Sí, claro. Como si pudiera hacer eso.»
En casa no hubiera podido ni parpadear pensando de qué forma estaría esta gente arruinando todo.
—Lleven esto al gimnasio, lo necesitaremos mañana cuando se acaben las bebidas.
Observé al chico unos metros más allá.
«Al menos este sí está ayudando.»
Ver que mi co-coordinador no era un holgazán aliviaba un poco el horror que sabía que me esperaba al día siguiente. Ya me había resignado a mi nuevo cargo cuando, luego de buscar a Luca, este me había contado que lo único que le dijo al subdirector fue que yo había corroborado las tareas de todos en un gesto de mero compañerismo. Eso era todo.
Al poco, el mayor le había comentado prácticamente de pasada lo que pensaba hacer conmigo. Y Luca no pudo más que asentir y decir:
—Sí, señor.
Mientras mi destino era sellado.
Exhalé con fuerza al tiempo que un retortijón me atravesaba el estómago.
«Ni siquiera tuve tiempo de almorzar.»
—Se acabó la cinta —me informó Jefferson, que estaba tapando las ventanas que daban al exterior con bolsas negras.
La idea había surgido cuando alguien mencionó que las luces apagadas dentro del edificio darían un aura mucho más terrorífica que simplemente poner telarañas en el techo. Todos estuvimos de acuerdo, así que decidimos, por mayoría de votos, tapar los vidrios para que tampoco entrara la iluminación de la calle.
—Hay que comprar más.
«Duh, Blues.»
Él se me quedó viendo, seguramente conteniéndose de replicar lo que yo había pensado.
—Pregúntale a Luca si podemos salir de la escuela —indiqué.
Él asintió, esperando que continuara.
—Si sí, envía a Sophie y Ava por cinta adhesiva y otros materiales que nos faltan.
Agarré un bolígrafo y el cuaderno de mi bolso, colgado de forma desprolija del respaldo de la silla.
—¿Qué otros materiales?
Alcé la mano, indicándole con el gesto que aguardara mientras escribía. Arranqué el papel y se lo entregué.
—Aquí están. Y, por favor, ayuda a Brayan a llevar las mesas que faltan en el gimnasio —supliqué.
Él asintió antes de darme la espalda y trotar hacia el pasillo.
Sonreí, conmovida.
«Ese es uno de los competentes.»
—¿Qué haces mirándole el trasero a Jefferson? —susurró alguien cerca de mi oído.
Mejor dicho, con su boca en mi oído.
Me volví de golpe, cubriéndome la zona con la mano.
Una chica me sonrió, maliciosa, desde arriba.
—¡MJ!
Le di una patada suave en la espinilla.
—Disimula un poco, baby. Recuerda que el hambre no se anuncia ni se—
—¡No hagas eso! —chillé, aún cubriéndome el oído.
—¿Por qué? ¿Te emocionaste, puerquilla?
Soltó una risita. Le di otra patada.
—Mejor ve a trabajar —gruñí, volviendo la atención a las figuras que estaba recortando.
—¿Qué crees que he estado haciendo? —se quejó, tirándose en la silla más cercana, que de hecho era la suya— Ya vámonos, B. Hicimos más por esta institución en cuatro días que el director en cinco años.
Eso era un hecho.
—No puedo —suspiré.
—Ah, claro. “Coordinadora de fiesta". Dios, ese viejo sí que es maquiavélico.
La morena estiró el brazo, atrapando el cuaderno que había sacado de mi bolso minutos antes. Lo abrió, aburrida, en las últimas hojas.
—Al menos somos dos.
Me arrebató el bolígrafo de la mano, disculpándose al segundo antes de devolvérmelo.
M tenía esa manía. No de quitarte las cosas de las manos, sino de darse cuenta al instante y devolverlas en medio de una disculpa rápida.
Según ella, porque le parecía un gesto de muy mal gusto que trataba de corregir.
—Permíteme. Muchas gracias —dijo en tono aristocrático antes de volver a arrebatármelo.
Empezó a garabatear. Clara señal de que ya estaba muerta del aburrimiento.
—Puedes irte, M. Angie se fue hace rato también.
Igual que la mayoría.
No era obligatorio quedarse después de las cuatro. De por sí ya se nos exigía bastante estar recluidos aquí cuatro horas más del horario escolar; pese a que sería solo por esta semana.
—Pero me siento mal dejarte sola...
—Ajá —solté, en tono de «deja de actuar».
Ella chasqueó la lengua, irritada.
—Intento ser considerada y te pones de grosera. Zorra.
—Tu teta.
—Las tuyas, perra.
Volví a centrarme en mis esqueletos, dejando a la morena garabatear a gusto durante los siguientes cinco minutos.
Sabía que no iba a aguantar mucho más.
De repente, un quejido bastante dramático llegó a mis oídos.
Ja.
Lo sabía.
Volví la vista a la chica, que se había levantado de su lugar con el bolso al hombro.
—Sabes que te amo.
Acto seguido, se deslizó hasta la puerta como si alguien la estuviese halando de la espalda. Antes de desaparecer por completo, me lanzó un sobreactuado beso.
Me llevé la mano al pecho, fingiendo conmoción trágica en respuesta.
—¡No dejes que se hagan las seis para largarte!
Y se fue.
Solté una risa, negando con la cabeza.