Bamwyll era la escuela más grande de Santa Helena. Y la única decente.
También era absurdamente fácil de abandonar sin permiso.
Había muchos puntos solitarios por donde cualquier vago podía saltarse la barda y escapar a la calle. Eso había cambiado el año anterior, cuando a alguien se le ocurrió la brillante idea de robar una vieja computadora de la sala de profesores.
Desde entonces, las aulas y los pasillos estaban infestados de cámaras, y las oficinas principales se habían convertido en el equivalente escolar a una bóveda bien resguardada.
Pegué el cuerpo a la pared cuando la cámara se movió en nuestra dirección. Aquella lucecita roja me estaba poniendo más los nervios de punta, si es que aún era posible.
No tardé demasiado en arrepentirme.
Pero para entonces ya era tarde.
MJ había conseguido convencerme de ir a la oficina del director y husmear en los archivos.
Le lancé una mirada. Se veía demasiado emocionada teniendo en cuenta que estábamos a punto de cometer un delito.
O eso creo.
«Irrumpir en una oficina a revisar documentos confidenciales está penado por la ley, ¿no?»
Tragué saliva, considerando seriamente dar media vuelta.
—MJ, deberíamos hacer esto después.
—¿Qué? ¡No! Ahora todos están ocupados con la fiesta. ¡Es la oportunidad perfecta!
—Pero hay cámaras por todos lados. ¡Nos van a descubrir de un modo u otro! —grité en un susurro.
El director había ido a una reunión junto con el subdirector. Pero aún había profesores merodeando por los pasillos, lógicamente. Seguro a alguno le daba por inspeccionar las oficinas y, entonces, estaríamos oficialmente jodidas.
—No seas miedosa, B. Todo irá bien —“tranquilizó” la morena a mi lado.
Acto seguido, me sujetó de la muñeca.
—Corramos ahora que está apuntando a otro lado.
Sin esperar una respuesta de mi parte, me arrastró hasta la puerta un par de metros más adelante. No perdió ni un segundo antes de abrirla de par en par y empujarme al interior.
Luego ella me siguió, cerrando como si la manija fuera a romperse si aplicaba demasiada fuerza.
—Ja. Lo sabía. Adentro no hay cámaras —se jactó MJ.
Miré alrededor del conocido espacio. Hasta ese momento, nunca me pareció tan aterrador.
Las bombillas estaban apagadas, las persianas abajo, siendo la única fuente de iluminación la luz que se colaba apenas entre sus orificios.
Vi a MJ caminar hasta la pequeña puerta del fondo. Al abrirla, encendió la bombilla con rapidez, revelando ante nuestros ojos varios estantes perfectamente alineados unos con otros.
Deslizó un cajón hacia adelante. Dentro, un montón de carpetas en orden.
MJ volvió la cabeza, dedicándome una sonrisa de victoria.
—¿Cómo vamos a saber si esos son los expedientes? —inquirí, sin devolverle la sonrisa.
Ella bufó, sacando uno mientras leía en voz alta:
—“Feria Grajales Anthony Fernando."
Me acerqué. Todas y cada una tenían una etiqueta con los nombres y apellidos de los alumnos. Al parecer, estaban organizadas bastante bien por orden alfabético y año.
Maldije para mis adentros.
No me sentí muy agradecida de que todo estuviera yendo así de fácil.
Jamás había entrado allí. Todas las veces que estuve en aquella oficina, ni siquiera me había percatado de que hubiera una habitación aislada destinada exclusivamente a los archivos.
Además, ¿en verdad íbamos a hacer eso?
«¿No es... demasiado?»
La chica no tardó en dar con la persona que buscaba. Sujetó la carpeta entre las manos, alzándola como si acabara de hallar el mapa a la Atlántida.
Dejó escapar una risa maliciosa. Acto seguido, me la entregó.
—Te concedo los honores —canturreó.
—M...
—¿Qué?
Bajé la mirada, leyendo una y otra vez:
Cipriano Valois Kristopher.
—Esto no está bien. Siento que estamos haciendo algo malo...
—¿Malo? Pensé que lo odiabas.
—¡Sí! ¿Y eso qué tiene que ver con su expediente?
—Salud mental —corrigió ella.
—¡MJ!
—¿Qué? Es la verdad. Además, B, siempre dijiste que ese chico tenía algo raro. Es la oportunidad perfecta para averiguar qué demonios pasa con él.
—Eso no significa que tengamos derecho a...
—Blues Mogüel, si no vas a hacerlo, lo haré yo.
Se acercó, intentando arrebatarme el expediente.
Estiré el brazo todo lo que pude, fuera de su alcance, mientras la empujaba del hombro.
—¡Está bien! Lo haré. Solo... dame un momento. Por favor.
Ella alzó una ceja, a punto de objetar, cuando el conocido sonido de pasos acercándose por el pasillo nos alarmó.
Nos miramos, presas del miedo.
—Viene alguien —anuncié, como si fuera necesario.
Acto seguido, empezamos a manotear, tratando de decidir qué hacer.
—¡Hay que salir de aquí ya! —grité-susurré.
MJ me haló del brazo hasta la puerta. Cuando estábamos por salir, me percaté de que aún lo tenía en la mano: el expediente de Kristopher.
—¡MJ, tengo el expediente! —exclamé, al borde de un ataque de pánico.
—¡Pues tráelo, idiota!
—¿Qué? ¡No! ¿Qué tal si notan que no está—?
La morena me interrumpió, sacándome de la habitación para luego correr hasta la puerta más cercana.
Aún sostenía la carpeta en mi mano.
•••
Había decidido ignorar conscientemente que organizar una fiesta de esta magnitud era todo un dolor de cabeza porque los holgazanes de último año que se suponía estaban al mando del evento no hacían sino “legar tareas” a nosotros, los de segundo.
Aunque no todo era malo. Necesitaba concentrarme en cualquier otra cosa. Preferiblemente en algo que no involucrara expedientes robados ni a Kristopher.
Sacudí la cabeza, alejando cualquier asunto que pudiera alterarme demasiado e intentando centrar toda mi atención en lo que tenía bajo la nuca.
“¿Quieres ir juntos a la fiesta? Te bi de lejos. Lindo cuerpo."