—Tengo un auto.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y?
—¿Por qué esperamos el autobús?
—No puedo aparecerme en un deportivo.
—¿Por?
—Porque es un deportivo —repuse con obviedad antes de lanzarle una mirada de cuerpo entero—. De por sí ya llamas demasiado la atención.
—¿Y eso es malo?
Suspiré con fuerza.
Comenzaba a arrepentirme de mi decisión más rápido de lo que había imaginado.
Traer a Kristopher conmigo había sido un acto de desesperación impulsado, en gran parte, por el rencor. Era mi forma de rebelarme contra mi madre, que parecía oír las opiniones de todos excepto las mías.
Además, no quería ir sola. Cualquier persona junto a mí ya era ganancia.
«¿Cómo me castigará esta vez?»
Mamá podía ser aterradora porque era difícil adivinar su reacción. A veces callaba durante horas, días, hasta semanas.
Otras, solo explotaba.
«Aunque antes era mucho peor.»
Vivir con ella era como dormir en una habitación llena de trampas sin saber cuál iba a activarse.
«En ese tiempo ambas estábamos sensibles...»
En el diccionario de mi madre, sensible = cruel.
Apreté los labios, sintiendo una punzada en el pecho.
«Fue difícil acostumbrarnos.»
—¿Las personas solo esperan horas hasta que llegue uno?
Miré hacia abajo al muchacho sentado en la banqueta, con la cabeza apoyada contra la pared de vidrio a nuestras espaldas.
Hice una mueca de desagrado.
—Fueron diez minutos. Y no deberías recostarte de ahí.
Kristopher me miró un segundo antes de evaluar la superficie de su almohada. Acto seguido, se enderezó.
—Parecen horas —replicó.
Pues sí.
Así se sentía.
—No sé si hay un tiempo predeterminado. O si hay que esperar en un horario específico.
Ahora que lo ponía en palabras, sonaba como una verdadera idiota. Más teniendo en cuenta que decidí plantarme en la primera parada de autobús que se me atravesó. Supuse que en algún momento debía pasar alguno.
Podía contar con los dedos de una mano las veces que usé el transporte público. No fueron experiencias agradables. Siempre había alguien con demasiado perfume y el viaje era como pasear en una lata de sardinas.
Nunca me había llamado la atención, pero acabé odiándolo por completo.
Aun así, como dije, no podía aparecer en un deportivo. Mi madre me asesinaría, eso sí podía predecirlo. Incluso en ese momento me pareció oír su voz en mi cabeza:
«“Blues Anastasia Mogüel, ¿cómo te atreves a andar tan campante en el auto de un mocoso al que ni siquiera me has presentado?"»
Asumiría cualquier cosa y nos pondría en una situación muy incómoda a ambos.
Suspiré, agotada. Lo único que deseaba en ese momento era ir a casa y dormir hasta el siguiente año.
—Tengo otros —dijo de pronto mi acompañante.
—¿Otros qué?
—Autos.
Lo miré, parpadeando unas cuantas veces antes de cuestionar, claramente molesta:
—¿Y por qué no dijiste eso antes?
—¿Acaso preguntaste? —se defendió.
Inspiré con fuerza. Acto seguido, me levanté.
Él no se movió.
—¿Qué esperas? Ve a buscar tu carroza número treinta. Estoy cansada y no quiero subirme a un autobús apestoso.
Kristopher dejó escapar una pequeña risa.
—Eso sonó algo clasista.
—Mira quién lo dice —escupí.
Caminé sobre la acera un par de metros. Ni siquiera sabía adónde pretendía llegar. Solo que el olor en aquel banco era insoportable.
—¿Dónde se supone que es la reunión? —inquirió a mis espaldas.
Solté un bufido.
«“Reunión”. Obligación, más bien.»
«Ni siquiera recuerdo el nombre del lugar.»
Fruncí los párpados, intentando traer de vuelta el recuerdo de ese día.
—En el centro comercial Poli no sé qué —contesté, agitando la mano como si no fuera un detalle relevante—. Queda cerca.
El pelinegro me sobrepasó al poco rato. Pensé que quería guiarme, pero cruzó la calle no mucho después.
Me quedé parada en mi lugar.
¿Se suponía que debía seguirlo o estaba arrepintiéndose de aceptar mi invitación?
Lo seguí con la mirada. Caminaba con toda la calma por la acera, sin prestar especial atención a su alrededor.
«¿En verdad se irá?»
De pronto, se detuvo y lo vi abrir la puerta de un auto que, ni en un millón de años, habría adivinado que le pertenecía a Kristopher.
Parpadeé unas cuantas veces.
Pensé que estaba alucinando debido al agotamiento.
Entorné los ojos, viendo cómo cerraba la puerta con toda la naturalidad y se acomodaba en el asiento del conductor.
Segundos después, apareció frente a mí, asomando la cabeza por la ventanilla.
—¿Vas a subir o no? —inquirió al cabo de unos segundos.
Abrí la boca ligeramente, pero no supe qué decir. Solo atiné a abrir la puerta trasera y meterme en completo silencio.
Ninguno dijo nada durante un rato.
Sorprendentemente, no era un conductor desenfrenado. Cambiaba de carril sin brusquedad, se fijaba en los espejos cada tanto e incluso le daba el paso a otros cuando podía.
Ya lo había visto conducir antes. Pero, por alguna razón, se sentía diferente esta vez.
«Qué extraño. Casi parece pertenecer más al auto que el auto a él.»
Eché una furtiva mirada al interior.
Ese tampoco tenía adornos. Ni fotos. Ni basura acumulada.
Sin embargo, logré distinguir, sobre el tablero, un puñado de chucherías sin abrir.
Estiré el cuello para verlas mejor.
Kristopher lo notó.
Aparté los ojos hacia el parabrisas.
—¿Quieres uno?
Negué.
«¿Cómo está así de delgado si come tantos dulces?»
Volví la cabeza a la ventanilla, sintiendo el impulso de abrirla por completo. No tenía calor, pero un poco de brisa fresca quizá distraería a mi estómago, cuyos gruñidos amenazaban con dejarme en ridículo en cualquier segundo.
—¿Por qué te esfuerzas tanto? —preguntó de pronto.
Lo miré, sin entender a qué se refería.