Los discursos escolares siempre me parecían de lo más tedioso. Es más, estoy segura de que los maestros son los más asqueados cada vez que se les menciona la palabra “asamblea”, precisamente porque deben abrirla con una sarta de palabras innecesarias que nadie quiere oír.
Excepto por el director de la escuela Bamwyll que, en ese instante, parecía bastante motivado luego de decir por sexta vez lo contento que estaba de ver a los estudiantes regresar revitalizados de las vacaciones.
Abrí los ojos, sarcástica, viendo alrededor las caras de mis compañeros.
Podía jurar que al menos la mitad de ellos no había dormido más de dos horas la noche anterior, incluyéndome. Pese a ello, en nuestro curso se respiraba el ansia de la victoria.
El concurso de decoración no era algo formalmente escrito en las actividades escolares. Por lo que oí, empezó hace unos diez años luego de que un profesor compró pizza para todo un curso luego de señalar lo bien que les había quedado el árbol de Navidad de papel que pegaron en la puerta. Hoy en día tampoco existía un jurado confiable, y la pizza o cualquier otro premio estaban completamente fuera de discusión. Pero aun así, cada año, el primer día luego de las vacaciones de otoño, se anunciaba un ganador. Todos sabían que éramos nosotros.
Como siempre.
Quizá por eso aún no se habían molestado en decirlo.
Me distraje cuando vi al hombre pasarle el micrófono a una profesora, específicamente, la de arte. Porque sí, todos ellos debían dar su propio discurso de bienvenida.
Suspiré, centrando mi atención en los árboles tras ellos. Una pequeña ardilla subía por sus ramas, enérgica, mientras su cola se zarandeaba casi como si tuviese vida propia.
Sonreí ligeramente.
«Qué linda.»
Había algo en las ardillas que para mí las volvía automáticamente adorables. Y es que siempre me daba la impresión de que trataban de ser sigilosas, pero fracasaban olímpicamente sin ser conscientes de ello. Esa pequeña, tal vez, estaba pensando que era parte de la rama mientras corría con toda la fuerza de sus patas frente a una multitud de personas.
«Ojalá tuviera esa confianza ahora mismo.»
Ya habría huido “sigilosamente” de allí hacía rato.
Exhalé, con más ruido del calculado, puesto que el profesor Edward me miró. Hizo un gesto con el dedo, enderezando sus hombros para señalar algún fallo en mi propia postura. Reprimí el impulso de revolear los ojos, optando por obedecer.
Pero no fue suficiente, ya que luego me hizo un gesto con los labios, plasmando una gran sonrisa.
Fruncí el ceño.
No porque no comprendiera su mensaje, más bien, preguntándome qué carajos afectaba a la asamblea si yo sonreía o no. Él volvió a hacerlo. Y, cuando vi que se disponía a acercarse, lo imité, enseñando toda la dentadura en una expresión que, sabía, denotaba de todo menos felicidad. Me quedé así lo que se sintió una hora hasta que el profesor Edward volvió a hacerme un gesto.
Chasqueé la lengua con fastidio, gesticulando con las manos un “¿Qué?” no muy educado.
Él se señaló los ojos, luego a mí y al director, que continuaba hablando.
Ah.
«“Presta atención.”»
Respiré profundo antes de obedecer.
—Bueno, como les decía: en cuanto a las festividades próximas referentes al Halloween...
Sentí un pinchazo al costado.
—¿Ahora qué? —solté con brusquedad.
Me volví.
Era MJ, que se cubría la boca para tapar la sonrisa burlona en su rostro. Fracasaba terriblemente.
—Ahí está otra vez. Escúchalo bien —me indicó, señalando al hombrecito con un ademán.
—Se realizarán como estaba previsto. El Hallowiim siempre ha sido un tema recurrente entre los jóvenes de...
—¡Pffffff!
Me cubrí la boca con rapidez.
—¿Por qué lo pronuncia así? —oí a MJ carcajear, casi sin aire— “En cuanto al Hallowiim...” —imitó, intentando hacer la papada distintiva del director con su propio cuello.
Se me escapó una carcajada, que logré cortar apenas con una bofetada a mi propia cara.
«Gracias al cielo no estoy al frente.»
Instintivamente, miré en la dirección donde se encontraba el profesor Edward, que, efectivamente, me había oído. Me disculpé en un susurro, asegurándome de que entendiera el movimiento de mis labios. Varios profesores más se crisparon, evidentemente ofendidos, mientras buscaban con la mirada al perpetrador de semejante insulto.
Luca, que estaba sentado dos personas más allá de la morena, inclinó la cabeza para mirarnos. Lo saludé con la mano, viendo que había vuelto bronceado. Sé que suena como una mentira, pero, de hecho, no había reparado en él hasta ese momento. Ni siquiera sabía que había asistido.
Él sonrió amigable, imitando mi saludo a la vez que hacía un pequeño gesto con el dedo para que guardáramos silencio.
Ese era el encanto de nuestro representante. Ni siquiera te enterabas de que te estaba regañando sino hasta reflexionar detenidamente sobre el contexto de la situación.
Asentí, apenada. Acto seguido, codeé a MJ para que me siguiera.
Ella miró a Luca pero, en lugar de quedarse quieta, que era obviamente lo que él necesitaba de nosotras en ese preciso momento, se estiró en su dirección, recostando el torso sobre un par de muslos pertenecientes a personas con las que no trataba.
—¡Luca, te volviste marrón! —rió, dándole una fuerte palmada en el hombro.
Me cubrí el rostro, de nuevo, haciendo un esfuerzo cósmico para aguantar la risa.
Busqué a Angie desesperadamente con la mirada, solo para saber si estaba viendo aquello. Pero, en el camino, mis ojos se detuvieron en una cabellera negra. Estaba sentado tranquilamente, con el brazo apoyado del espaldar del asiento de uno de los chicos con los que conversaba. Reconocí entre ellos a Taylor, cuyo cabello seguía igual de corto y milagrosamente aún del mismo tono rosa pálido que llevaba días atrás. Aparté la vista justo cuando vi la nuca del pelinegro moverse apenas en mi dirección.