Entre lo que nunca fuimos

Capítulo 1 --- Tres Semanas

Tres semanas.

Veintiún días.

Eso era exactamente lo que llevaba sin hablar con Mateo Ferrer.

No es que los hubiera contado.

Bueno…

Quizá sí

Pero solo porque Sofía me había preguntado por tercera vez si pensaba seguir fingiendo que no me importaba.

—No me importa —dije.

Sofía dejó de caminar.

Yo di otros dos pasos antes de darme cuenta de que ya no estaba a mi lado.

Me giré.

—¿Qué?

Me miraba con esa expresión que utilizaba cuando estaba a punto de decir algo que probablemente me iba a molestar.

—Nada.

—Entonces, ¿por qué me miras así?

—Porque llevas tres semanas diciendo que no te importa.

—Porque no me importa.

—Claro.

—Sofía.

—Valeria.

Nos quedamos mirándonos.

Finalmente ella suspiró.

—¿Sabes qué? Haz lo que quieras.

—Eso hago.

—Exactamente.

Volvió a caminar.

Yo la seguí.

Era viernes y el patio estaba más lleno de lo normal. Había música saliendo de uno de los altavoces que alguien había llevado para la actividad de fin de curso, profesores intentando mantener el orden y grupos de estudiantes repartidos por todas partes.

Yo solo quería encontrar un lugar donde sentarme.

Y no verlo.

Era un plan sencillo.

Hasta que levanté la mirada.

Y lo vi.

Mateo estaba al otro lado del patio.

Con Nico.

Riéndose de algo.

Llevaba una camiseta gris y una sudadera negra atada a la cintura. Tenía el cabello ligeramente despeinado, como siempre, y esa expresión despreocupada que me había aprendido de memoria durante los últimos años.

Lo odié un poco por seguir viéndose exactamente igual.

Como si las últimas tres semanas no hubieran existido.

Como si no hubiéramos pasado de hablar todos los días a no decirnos absolutamente nada.

Como si aquella última conversación nunca hubiera ocurrido.

Mateo levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Aparté la vista.

Demasiado tarde.

—Te vio —dijo Sofía.

—No me importa.

—No he dicho que te importe.

—Lo estabas pensando.

—Lo estaba pensando.

La miré.

—Eres insoportable.

—Y tú eres pésima mintiendo.

Continuamos caminando.

Intenté concentrarme en cualquier otra cosa.

La música.

Los árboles.

Los estudiantes.

El cielo.

Cualquier cosa.

Hasta que escuché una voz detrás de mí.

—Valeria.

Me detuve.

No necesitaba girarme para saber quién era.

Lo hice de todos modos.

Mateo estaba frente a mí.

Más cerca de lo que esperaba.

Durante un segundo ninguno dijo nada.

Tres semanas sin hablar y, de repente, tenerlo delante se sentía extrañamente parecido a volver a casa después de estar mucho tiempo fuera.

Y odié que mi cerebro pensara eso.

—Hola —dijo finalmente.

—Hola.

Sofía miró a Mateo.

Después me miró a mí.

—Voy por algo de beber.

—Sofía…

—Ahora vuelvo.

Se fue.

La traidora ni siquiera intentó disimular.

Mateo siguió mirándome.

—¿Cómo estás?

Solté una pequeña risa.

—¿En serio?

—¿Qué?

—¿Después de tres semanas eso es lo primero que se te ocurre decir?

Él bajó la mirada un instante.

—No sabía qué decir.

—Podrías haber empezado por hablarme.

—Tú tampoco me hablaste.

—Porque tú dejaste de hacerlo.

—Tú también.

—Porque tú…

Me detuve.

No tenía sentido.

Estábamos haciendo exactamente lo mismo que siempre.

Acusándonos de algo sin decir realmente qué era.

Mateo sonrió ligeramente.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué?

—Enfadarte cuando no sabes qué decir.

—No estoy enfadada.

—Claro.

Lo miré mal.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Decir “claro” como si supieras algo que yo no.

Su sonrisa desapareció.

Por primera vez desde que se acercó, pareció realmente serio.

—Sé algunas cosas.

—¿Como cuáles?

No respondió.

El silencio entre nosotros se volvió incómodo.

Mateo miró hacia otro lado.

Después volvió a mirarme.

—¿Estás saliendo con Alex?

Parpadeé.

No esperaba esa pregunta.

—¿Qué?

—Alex.

—Sé quién es Alex.

—Entonces…

—¿Por qué preguntas?

Se encogió de hombros.

—Por curiosidad.

Me reí.

—Tú nunca haces preguntas por curiosidad.

—Sí las hago.

—No.

—Sí.

—Mateo.

Suspiró.

—Está bien.

Se pasó una mano por el cabello.

—Solo quería saber.

—¿Por qué?

Otra vez silencio.

Esperé.

Esta vez no iba a salvarlo.

No iba a cambiar de tema.

No iba a hacer una broma.

Quería una respuesta.

Mateo abrió la boca.

Pero antes de que pudiera decir algo, escuchamos una voz detrás de nosotros.

—¡Vale!

Alex.

Me giré.

Venía hacia nosotros con dos bebidas en las manos.

Mateo lo vio.

Su expresión cambió apenas.

Tan poco que probablemente otra persona no lo habría notado.

Yo sí.

Porque llevaba años aprendiendo a notar esas pequeñas cosas.

Alex llegó hasta nosotros y me tendió una de las bebidas.

—Pensé que querrías esta.

—Gracias.

—De nada.

Entonces miró a Mateo.

—Hola.

—Hola.

Se dieron la mano.

Normal.

Educadamente.

Como dos personas que apenas se conocen.

Pero yo podía sentir la tensión.

Alex volvió a mirarme.

—¿Vienes? Sofía nos está esperando.

Miré a Mateo.

Él no dijo nada.

Solo asintió ligeramente.

—Ve.

Y eso fue todo.

Me fui con Alex.

No miré atrás.

Al menos eso intenté.

Pero cuando llegamos junto a Sofía, no pude evitar hacerlo.

Mateo seguía allí.

Mirándome.

No parecía enfadado.




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