El aterrizaje en el Aeropuerto de París-Charles de Gaulle marcó el inicio de una nueva etapa cargada de glamour y una presión formidable. Apenas cruzamos la zona de desembarque junto al equipo de Vogue, me encontré con un hombre alto, impecablemente vestido con un traje a la medida y sosteniendo un letrero elegante con mi nombre.
—Señorita Collins —saludó inclinando levemente la cabeza con impecable cortesía—. Me presento, soy Louis, enviado por el equipo de Chanel para asistirle a usted y a su equipo. Por instrucciones de la casa de moda, hemos gestionado el traslado de su reservación al Le Meurice para asegurar su máxima comodidad durante su estancia.
—Muy atentos de su parte —dijo Rebeca, asintiendo complacida por la atención.
Quedé estupefacta e intercambié miradas de asombro con Kate, quien sonreía emocionada ante semejante atención. Louis nos guió hasta una camioneta ejecutiva que nos trasladó directamente al deslumbrante hotel en el corazón de París.
Al llegar, Louis nos condujo a Julián y a mí hasta la suite principal. En cuanto crucé el umbral, me quedé sin aliento. El salón de la habitación era la definición pura de la elegancia parisina. Sobre una mesa central reposaba un arreglo floral monumental en tonos blancos y crema, al más puro estilo clásico de Chanel.
Junto a las flores, una nota leía: «Bienvenida a París, Phoebe. Estamos absolutamente fascinados de trabajar contigo y esperamos que disfrutes cada uno de estos obsequios». Al lado de la nota, una botella de champán reposaba en una hielera de plata, acompañada de una segunda tarjeta que contenía un pase exclusivo para un día completo de tratamientos de spa personalizados.
—Mara se va a volver completamente loca cuando le cuente esto... —murmuré para mí misma, aún sin terminar de procesarlo.
—Espero que la habitación sea de su agrado —dijo Louis. Lo miré y asentí.
—Muchas gracias, Louis —dije, y él me devolvió la sonrisa.
—Le dejé un par de regalos más en la habitación, espero los disfrute. Si me disculpan, tengo que irme, pero pasaré por usted mañana —se despidió respetuosamente.
—Iré a dejar mis cosas a la habitación —dijo Julián, saliendo detrás de Louis y dejándome sola en la enorme suite.
Caminé hacia la habitación principal y la incredulidad me volvió a golpear. La decoración era refinada y majestuosa. Sobre la impecable cama de sábanas de seda reposaba un vestido de alta costura espectacular; justo al lado había unas cajas glamurosas con el sello de la casa francesa. Al abrirlas, descubrí unos tacones de diseño exquisito y una fina pieza de joyería. Una pequeña nota junto a ellos decía: «Para un momento especial en París».
Me sentía flotando en las nubes. Entré al baño, el cual era prácticamente del tamaño de una habitación entera, revestido en mármol blanco y detalles dorados deslumbrantes. Todo el lugar era una auténtica fantasía.
Regresé al salón principal, saqué el teléfono de mi bolso y marqué por videollamada a Mara. Al tercer tono, su rostro apareció en la pantalla con una gran sonrisa.
—¡Phoebe! —saludó sonriente—. ¿No deberías estar descansando ya de tu viaje?
—¡No podía dormirme sin mostrarte esto! —exclamé riendo—. El equipo de Chanel movió las reservas y me alojó en la suite del mejor hotel de París.
Mara pegó un chillido de emoción pura al otro lado de la línea.
—¡Muestra, muestra todo! —pidió entusiasmada. De pronto, escuché una voz al fondo y Mara acomodó la cámara—. Diana está conmigo.
Diana se acercó a la pantalla y me saludó con una sonrisa cálida.
—¡Hola, Phoebe! Vaya sorpresa, haznos un recorrido completo, por favor.
Procedí a hacerles una visita guiada por toda la suite, enseñándoles los detalles del lugar, el arreglo floral, la reserva del spa y los espectaculares regalos sobre la cama. Mara estaba al borde del colapso de la emoción, incluso más eufórica que yo.
—¡Estás viviendo el sueño absoluto, Phoebe! —exclamó Mara mientras yo me dejaba caer de espaldas sobre la cama, comprobando lo absurdamente cómoda que era.
—Tuviste muchísima suerte, no lo voy a negar —intervino Diana, observando la habitación a través de la pantalla—. Todo se ve sencillamente alucinante.
—Es difícil de creer aún —admití sonriendo—. Parece un sueño. Pero cuéntenme de ustedes, ¿cómo están? Diana, ¿cómo sigues con las náuseas?
Diana soltó un ligero suspiro y sonrió con resignación.
—Todavía siguen... La doctora me dijo que a partir del cuarto mes ya deberían ir desapareciendo, así que estoy deseando con el alma que llegue ese momento. Pero bueno, ya me he ido acostumbrando un poco y descubrí que el jugo de durazno me las calma muchísimo.
—Al menos encontraste algo que te ayuda —dije con ternura—. Cuídate mucho, por favor.
Diana asintió.
—¿Qué tal las cosas en la oficina? —le pregunté a Mara.
—Aburridas sin ti —respondió—. Aunque Poll me contó algo bastante increíble de creer ayer —agregó, acercándose más a la cámara.
—¿Qué será? —pregunté curiosa.
—Sabes que Poll ha estado saliendo intermitentemente con el modelo ese, Arthur...
—Ajá —dije sin muchas ganas. Arthur era un modelo superficial que usaba a Poll a su antojo; por más que le dijera que Arthur era un idiota, Paul siempre caía una y otra vez.
—Sabes que Arthur fue parte de la semana de la moda en Italia —dijo Mara, y asentí—. Bueno, Arthur le dijo a Poll que vio a Kate entrando a la habitación de uno de los modelos masculinos esa noche.
—¿Qué? —soltó Diana, sorprendida—. ¿Santa Kate? —terminó riendo—. Después de que se la da de la asistente perfecta y correcta, mírala.
—¿Sabes algo de eso? —preguntó Mara, mirándome.
—Bueno... —dije, sintiéndome un poco incómoda.
—¡Oh, sí sabes! —exclamó Diana—. Cuenta, Phoebe.
—Por favor, no hagan de esto un chisme en la oficina —dije señalando a mis dos amigas a través de la pantalla.