Si alguien me hubiera preguntado unos meses atrás cómo imaginaba mi boda, probablemente habría pensado en algo borroso, una idea lejana que no me atrevía a mirar demasiado tiempo por miedo a descubrir que nunca ocurriría.
Pero ahora me encontraba saliendo del registro civil con un acta de matrimonio entre las manos.
Mi acta de matrimonio.
El papel crujía suavemente cada vez que el viento lo rozaba, era una hoja sencilla, sin adornos ni cintas, y sin embargo me parecía el documento más importante que había sostenido en toda mi vida mientras que a mi lado, Ren la observaba con una concentración casi cómica.
Sus ojos recorrían el texto una y otra vez, como si necesitara convencerse de que las palabras seguían ahí y no fueran a desaparecer por arte de magia.
No pude evitar sonreír.
—La vas a desgastar si sigues mirándola así.
Ren alzó la vista, sus ojos brillaban de una manera que me hizo apretarle un poco más la mano.
—Estaba pensando que deberíamos enmarcarla.
La naturalidad con la que lo dijo me arrancó una risa.
—¿En serio?
—Por supuesto.
Volvió a mirar el documento.
—Podemos ponerla en nuestra habitación.
Incliné la cabeza.
—Eso suena un poco intenso.
Ren se encogió de hombros.
—Estoy legalmente casado contigo. Creo que ya pasamos la parte “intensa”.
Solté una carcajada que resonó en la acera casi vacía.
Todo había ocurrido muy rápido o quizá no rápido, sino de una manera tan natural que no me di cuenta de lo grande que era hasta que estuvo frente a mí.
Una semana después de aquella conversación en la cama, nos habíamos vestido con nuestra mejor ropa y habíamos caminado juntos al registro civil, solo nosotros dos, sin ceremonia, invitados, nada más que nuestras manos entrelazadas y ahora, mientras el sol de la tarde se reflejaba en los ventanales del edificio, Ren y yo éramos oficialmente esposos.
Bajé la mirada hacia mi mano izquierda.
El anillo descansaba en mi dedo como si siempre hubiera pertenecido ahí, la piedra azul atrapaba la luz con un brillo profundo e hipnótico, exactamente del mismo tono intenso que los ojos de Ren. Cada vez que lo miraba sentía un vuelco en el pecho.
Levanté la vista hacia su mano.
El anillo de Ren tenía una pequeña piedra morada y luminosa, del color de mi cabello.
Una parte de mí todavía no podía creer que alguien hubiera pensado en un detalle así, que alguien me hubiera mirado con tanta atención como para querer llevar un pedazo de mí consigo todos los días.
Ren notó que observaba su mano y sonrió.
—Me gusta que combine contigo.
Sentí que las mejillas se me calentaban.
—Eres ridículamente cursi.
Ren se acercó un poco más hasta rozar mi frente con la suya.
—Y logre casarme contigo.
Su mano se deslizó hasta mi vientre redondeado, un gesto tan automático y tierno que me hizo sonreír.
—Hola —murmuró, acariciándolo con suavidad—. Tus padres acaban de casarse.
Solté una risa ahogada.
—Todavía no puede escucharte.
Ren levantó una ceja.
—No estoy dispuesto a correr el riesgo de que luego me reclame no haberle avisado.
Mi risa se mezcló con la suya y por un momento me quedé quieto, observándolo.
Mi esposo.
La palabra seguía sintiéndose enorme.
Demasiado hermosa para caber por completo dentro de mí, Ren tomó mi mano y entrelazó nuestros dedos con cuidado, como si incluso ahora siguiera maravillándose de que yo estuviera ahí.
—¿Quieres ir a comer? —preguntó.
Lo miré, sintiendo el corazón tan lleno que casi dolía.
Sonreí.
—Sí, esposo.
La sonrisa de Ren fue tan luminosa que por un segundo pensé que podía eclipsar al sol y, contrariamente a lo que yo había imaginado, Ren no me llevó al pequeño puesto de tacos al que solíamos ir cuando queríamos celebrar algo.
Durante todo el trayecto había fantaseado con el olor a tortilla recién hecha, con la salsa verde que siempre me hacía llorar un poco y con Ren robándome del plato como si no hubiera pedido exactamente lo mismo, por eso, cuando el auto se detuvo frente a un restaurante elegante, de esos con enormes ventanales y macetas perfectamente podadas en la entrada, lo miré con sorpresa.
—¿Aquí? —pregunté, girándome hacia él.
Ren se encogió de hombros con una sonrisa demasiado inocente para ser real.
—Confía en mí.
Solté una risa suave.
—Esa frase tuya me da miedo.
Ren tomó mi mano y besó mis nudillos con ternura.
—Hoy no.
El interior del restaurante olía a pan recién salido del horno, junto a un ligero aroma a especias suaves. Todo era silencioso, refinado, tan pulcro que por un segundo me pregunté si de verdad estábamos ahí.
Ren se acercó a la recepción.
—Tengo una reservación a nombre de Kyo.
Escuchar ese apellido hizo que algo se estremeciera dentro de mí.
Kyo.
Ahora también era mío.
La hostess sonrió al instante.
—Por supuesto. Síganme.
Nos condujo por un pasillo discreto hasta una puerta al fondo, todavía no entendía por qué necesitábamos una sala privada para dos personas pero en cuanto la puerta se abrió, supe que no estábamos ahí para comer solos.
el ruido de risas es lo que llegó primero acompañado de voces superpuestas y el tintinear de los cubiertos.
Itsuki y Rikuya estaban sentados uno junto al otro, riendo por algo que ya no alcancé a escuchar.
Ayla discutía con Kai mientras protegía un pequeño frasco de mermelada como si se tratara de un tesoro nacional.
—¡Te dije que era mía!
—Solo quería probarla.
—¡Eso dijiste la última vez y desapareció!
A un lado, Sora revisaba el menú con el ceño fruncido.
—¿En serio vale la pena pagar esto por una ensalada?
Rinto, a su lado, lo observaba con esa expresión de paciencia infinita.
—La última vez dijiste lo mismo y terminaste robándome la mitad.
Incluso Cameron y Sean estaban ahí.