Un Desastre Inevitable

40

No sé quién fue.

De verdad y esa, honestamente, era la parte que más me molestaba porque si alguien iba a convertir mi vida privada en el tema favorito del campus, lo mínimo que podía hacer era presentarse y aceptar las consecuencias.

Desde que crucé la entrada principal de la universidad aquella mañana, tuve la incómoda sensación de que algo había cambiado.
Todo lucía perfectamente normal y, sin embargo, no se sentía normal.

Había miradas.
Las percibía como pequeños roces invisibles deslizándose sobre mi espalda, mi rostro, mi vientre que ya era algo notorio.

Algunas eran rápidas y discretas pero otras eran descaradamente largas, en más de una ocasión, cuando levanté la vista, encontré grupos de estudiantes cuchicheando entre sí antes de apartar la mirada con una torpeza que solo confirmaba que, efectivamente, estaban hablando de mí.
Apreté con más fuerza la correa de mi bolso y seguí caminando.

El anillo en mi mano atrapó un destello de sol, haciendo que la pequeña piedra azul brillara por un segundo, intensa y profunda, tan parecida a los ojos de Ren que todavía me provocaba un extraño vuelco en el pecho cada vez que la miraba.
Bajé la mano casi por reflejo pero no para esconderlo, solo porque no entendía por qué parecía haberse convertido en un asunto de interés público.

¿Qué demonios estaba pasando?

¿Quién lo había dicho?

Y, más importante todavía, ¿por qué todos actuaban como si yo hubiera secuestrado al príncipe heredero de algún reino imaginario?

Porque, seamos honestos, la forma en que me miraban bordeaba lo dramático. No era como si el apellido Kyo jamás hubiera aparecido en una página de sociales.
Sora se había casado con Rinto y el periódico prácticamente había publicado una pequeña novela sobre ello. Hubo fotos, comentarios y algunos suspiros exagerados de parte de estudiantes particularmente curiosos pero nadie reaccionó así.
Nadie miró a Sora como si hubiera provocado el colapso de la civilización.

En cambio, yo llevaba menos de una hora en el campus y ya me sentía como el villano de una historia romántica, aunque, si lo pensaba con sinceridad, había una razón bastante obvia.

Ren.

Solté un suspiro silencioso mientras avanzaba entre los edificios.

Ren Kyo era, para desgracia de mi estabilidad emocional, el tipo de alfa que parecía diseñado para protagonizar fantasías ajenas.
Inteligente.
Ridículamente atractivo.
Atento.
Paciente.
Y tan genuinamente bueno que resultaba irritante.

Gran parte del resentimiento que sentí por él al principio nació precisamente de eso. De lo fácil que parecía que el mundo lo quisiera, de la manera en que todos parecían girar un poco hacia él cuando entraba en una habitación o de lo imposible que me parecía creer que alguien así pudiera fijarse en alguien como yo y, sin embargo, lo había hecho.

No solo me había elegido.

Se había casado conmigo.

La idea seguía sintiéndose tan irreal que, a veces, necesitaba mirar el anillo en mi dedo para convencerme de que no lo había soñado.

La mañana pasó entre clases, apuntes y miradas furtivas.
Intenté concentrarme pero cada vez que salía de un salón, sentía nuevamente ese murmullo constante siguiéndome por los pasillos para cuando llegó la hora del almuerzo, estaba exhausto, claro que no físicamente pero si emocionalmente como si llevara toda la mañana caminando bajo una lluvia de preguntas silenciosas.

Atravesé el campus en dirección a la cafetería, dejando que el murmullo de los estudiantes y el aroma a comida me envolvieran.

Las mesas al aire libre estaban casi llenas y en una de ellas, justo bajo la sombra de un árbol grande, distinguí a Cameron y a Sean.

Cameron me vio antes de que yo pudiera decidir si quería enfrentar otra conversación sobre el tema.

Su rostro se iluminó al instante.

Alzó ambos brazos en el aire como si acabara de avistar a una celebridad.
—¡Llegó el hombre del momento!

Varias personas en mesas cercanas voltearon.

Cerré los ojos un segundo.
—Juro que voy a cambiarme de universidad.

Cameron soltó una carcajada mientras Sean sonreía con esa calma suya que siempre parecía compensar la energía desbordante de su novio.

Me dejé caer en la silla junto a ellos con un suspiro.
—¿Fuiste tú?

Cameron llevó una mano al pecho con una expresión escandalizada.
—¿Yo? Nunca traicionaría tu confianza.

Sean tomó tranquilamente un sorbo de su bebida.
—Definitivamente fue él.

—Sean.

—Se lo contó a media facultad.

Cameron hizo un gesto indignado.
—Eso es una exageración.

Sean lo miró.
—¿Cuántas personas?

Cameron guardó silencio unos segundos antes de sonreír.
—No lo suficiente.

No pude evitar soltar una pequeña risa y, con ella, parte del peso que había cargado toda la mañana pareció desvanecerse pero al parecer, las sorpresas de ese día todavía no terminaban.

Apenas había comenzado a relajarme en la mesa con Cameron y Sean cuando mi teléfono vibró sobre la superficie.

La pantalla se iluminó con una sola palabra.

Esposo 💙

No pude evitar sonreír antes siquiera de contestar.

Era ridículo lo rápido que esa palabra seguía provocando mariposas en mi estómago.

Deslicé el dedo sobre la pantalla y me llevé el teléfono al oído.
—Hola.

La voz de Ren llegó clara y cálida, como una caricia familiar.
—Ya llegué.

Mi sonrisa se amplió.
—¿A la universidad?

—Mhm.

Pude imaginar perfectamente la pequeña curva de sus labios al otro lado de la línea.
—Estoy en el estacionamiento. Vine por ti para ir a comer.

Mi corazón dio ese pequeño vuelco que parecía reservado exclusivamente para él.
—Ya voy.

Colgué y levanté la vista.

Cameron me observaba con una expresión escandalosamente dramática.
—No me digas nada. Ya sé esa sonrisa.



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Editado: 24.09.2026

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