Pequeña nota antes de comenzar:
Que diga Epílogo no significa que sea momento de despedirnos todavía 👀. La historia principal de Leo y Ren llega hasta aquí, pero aún nos quedan seis extras para disfrutar un poquito más de ellos y de todo lo que viene después.
Y eso no es todo: después de la nota de autora habrá un extra especial, así que no se me vayan apenas vean los agradecimientos 🤭💗
Todavía nos queda un ratito con estos dos.
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Nunca imaginé que terminaría en una estación de policía por ir a comprar pañales.
La idea seguía pareciéndome tan absurda que, de no sentir el ardor persistente en la mejilla izquierda y el temblor sordo que todavía recorría mis manos, probablemente me habría reído.
Aquella mañana había salido de casa con Finnian dormido después de comer y con Ren distraído en el taller, debajo de un coche, con las manos llenas de grasa y el ceño fruncido en esa concentración absoluta que siempre me resultaba tan atractiva.
—No tardaré —le había dicho antes de salir.
Ren ni siquiera levantó la vista de inmediato.
—Compra los pañales, algo de comer para ti y no cargues nada pesado.
Su voz resonó amortiguada desde debajo del automóvil.
Un segundo después asomó la cabeza, se limpió la frente con el antebrazo y caminó hacia mí solo para besarme con suavidad.
—Y llámame si te cansas.
Sonreí y asentí.
Nada en ese momento me hizo pensar que terminaría horas después sentado bajo las luces frías de una estación de policía.
El edificio estaba demasiado iluminado.
La luz blanca caía desde los fluorescentes del techo con una intensidad casi clínica, borrando cualquier sombra y dejando al descubierto cada detalle: las paredes color beige, las sillas de plástico azul, las marcas de desgaste en el piso, las manchas de café seco en algunos escritorios.
Se escuchaban pasos, murmullos y el golpeteo constante de un teclado.
Sentía el cuerpo entero tenso, tenía la espalda rígida, junto con la garganta seca y los dedos apretados sobre mis rodillas hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
Frente a mí, un oficial de rostro cansado y gafas rectangulares escribía con paciencia en una libreta.
Levantó la vista.
—Entonces, señor Kyo, ¿puede decirme exactamente qué ocurrió?
Tragué saliva.
Sentía el pulso latiendo con fuerza en las sienes.
—Yo… solo fui al centro comercial a comprar pañales.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Inspiré profundamente y continué.
—Ya estaba saliendo de la tienda cuando escuché que alguien me llamó.
Apreté los labios.
El simple recuerdo hizo que un escalofrío me recorriera la espalda porque había voces que uno nunca olvida aunque pasen años y aunque uno desee con todas sus fuerzas no volver a escucharlas.
Me giré y allí estaba Lia.
Mi hermana.
El tiempo había cambiado algunas cosas, como que su rostro se veía más cansado y duro. Había líneas nuevas alrededor de los ojos y la boca pero su expresión seguía siendo la misma.
Esa mezcla de resentimiento, exigencia y superioridad que conocía demasiado bien.
Durante un instante me quedé inmóvil pero no porque me alegrara verla sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi mente como si, por un segundo, hubiera vuelto a ser ese adolescente que todavía esperaba que su familia lo eligiera.
Respiré hondo.
—Intenté seguir caminando.
No quería hablar con ella.
No quería escucharla.
No quería abrir nada de eso otra vez.
Del otro lado de la sala, la voz de Lia cortó el aire.
—¡Porque somos familia!
Giré la cabeza.
Estaba sentada a varios metros de mí, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
Incluso desde esa distancia parecía irradiar enojo, sus ojos brillaban con una indignación que me habría hecho dudar años atrás pero ya no.
—¡Tenía derecho a hablar contigo! —espetó
Sentí algo quebrarse dentro de mí con la precisión de una grieta que finalmente termina de partir un cristal.
Me puse de pie tan rápido que la silla chirrió sobre el piso, mi respiración era irregular.
Las manos me temblaban.
—No tienes derecho a decir eso.
Mi voz salió ronca cargada de rabia y de un dolor antiguo que nunca terminó de desaparecer.
Lia frunció el ceño.
—Me abandonaste.
La frase me golpeó con una violencia inesperada por un segundo solo pude mirarla.
Luego solté una risa breve, incrédula y amarga.
—¿Yo te abandoné?
El ardor en los ojos se volvió casi insoportable.
Di un paso hacia ella.
—Tú me abandonaste primero.
La estación entera pareció quedarse en silencio pero continué antes de que pudiera interrumpirme.
—Cuando todo se vino abajo.
Cuando ese alfa me dejó malherido y necesitaba a alguien. Cuando necesitaba a mi familia no estabas.
Mi voz se quebró, pero seguí hablando porque llevaba años guardando esas palabras.
—Nunca llamaste. Nunca preguntaste si estaba bien. Nunca te importó si seguía vivo.
Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla, pero no hice nada por limpiarla.
—Y ahora apareces de la nada para decir que tengo que hacerme cargo de ti.—Negué lentamente con la cabeza. —Ni loco.
Lia abrió la boca, probablemente lista para seguir discutiendo, pero el oficial levantó la mano.
—Eso es suficiente.
Su tono firme devolvió un poco de orden a la sala, seguía respirando con dificultad pero volví a sentarme.
El plástico frío de la silla se sintió extrañamente sólido bajo mi cuerpo como una prueba de que ya no estaba atrapado en el pasado.
Cerré los ojos por un segundo.
Pensé en Ren.
En sus manos tibias.
En su voz tranquila.
En Finnian dormido en su moisés, con los puños cerrados y el cabello rubio esparcido sobre la sábana.
Pensé en mi hogar.
En la familia que había construido.
En todas las personas que me amaban sin exigirme nada a cambio.