Un Desastre Inevitable

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Si algo había aprendido sobre Ren Kyo, era que una vez que tomaba una decisión, el mundo entero parecía acomodarse para seguirle el paso.

No importaba si se trataba de casarse en una semana, de construir un taller prácticamente desde cero o de convertir un edificio vacío en el hogar donde criaríamos a nuestro hijo.

Ren no hacía las cosas a medias.

Las hacía con esa determinación que, al principio, me intimidó y que ahora solo conseguía llenarme el pecho de una ternura imposible de explicar.

No pasó ni una semana desde que me mostró el taller y el departamento cuando ya tenía una fecha para la inauguración.

Una fecha, Invitaciones, un pequeño cartel con el nombre del negocio y una emoción contenida que le brillaba en los ojos cada vez que creía que yo no lo estaba observando.

La mañana del evento desperté antes que él.

La luz suave del amanecer se filtraba a través de los enormes ventanales del departamento, tiñendo el piso de madera con tonos dorados y dibujando sombras alargadas sobre las paredes todavía medio vacías.
La habitación seguía oliendo a pintura reciente, a sábanas limpias y al aroma inconfundible de Ren dormido a mi lado.

Me incorporé despacio, con una mano descansando sobre mi vientre.

Cinco meses.

A veces todavía me costaba creerlo y, sin embargo, allí estaba.
Sentí unos brazos rodearme por la espalda, Ren enterró el rostro en mi cuello y dejó un beso distraído sobre mi piel.

—Buenos días, esposo.

Sonreí.
—Buenos días.

Su mano se deslizó hasta mi vientre, acariciándolo con esa devoción silenciosa que nunca dejaba de enternecerme.
—¿Nervioso?

Solté una pequeña risa.
—Un poco.

Ren alzó la cabeza y besó mi sien.
—Todo saldrá bien.

Y, como casi siempre, terminé creyéndole.

La inauguración fue sencilla pero perfecta. El taller estaba impecable con las herramientas ordenadas, el piso reluciente, incluso un listón azul atravesaba la entrada principal y, frente a él, se reunían todas las personas que habían terminado por convertirse en mi familia.

Itsuki y Rikuya estaban de pie uno junto al otro, tan orgullosos que apenas podían disimularlo.
Ayla no dejaba de tomar fotografías.
Kai fingía que no estaba emocionado, aunque su sonrisa lo delataba.
Sora lloró desde el momento en que llegamos.
Cameron aplaudía como si estuviéramos inaugurando una cadena internacional y Sean intentaba, sin éxito, moderar su entusiasmo.
Ren tomó mi mano y colocó unas tijeras entre mis dedos.
—Quiero que lo hagas tú.

Lo miré sorprendido.
—Ren, es tu taller.

Sus ojos azules se suavizaron.
—Es nuestro futuro.

Mi garganta se cerró. Respiré hondo y corté el listón, los aplausos estallaron de inmediato y por un instante, mientras las voces felices llenaban el aire y Ren me abrazaba por los hombros, sentí que mi vida entera había cambiado de dirección.

Ese mismo fin de semana nos mudamos oficialmente al departamento de arriba aunque la palabra “mudanza” sonaba más impresionante de lo que realmente fue.
En realidad, nuestras pertenencias se reducían a la cama de Ren, algunas cajas de ropa, libros, artículos de higiene y demasiadas almohadas.

El departamento se veía amplio y luminoso y también bastante vacío. Las paredes blancas aún devolvían el eco de nuestras voces, la sala era solo un espacio abierto con mucho potencial y el comedor, por ahora, no existía pero no me importaba porque el lugar ya se sentía lleno.
Lleno de planes.
De risas.
De amor.
Además, Itsuki y Rikuya decidieron que, como regalo de bodas, se encargarían de toda la cocina y cuando digo toda, hablo literalmente de todo.
Refrigerador.
Estufa.
Microondas.
Ollas.
Sartenes.
Platos.
Cubiertos.
Tazas.

Incluso un juego de recipientes organizadores que Itsuki aseguró eran “indispensables para una vida marital sana”.

La primera vez que abrí los gabinetes completamente equipados, me quedé mirándolos con lágrimas en los ojos. Ren me encontró así con una taza en la mano y el labio temblando.

—¿Qué pasó?

Lo miré, avergonzado.
—Hay un juego de platos Ren, uno para cada uno. —Mi voz se quebró. —Ni siquiera tuve que pensar en que hay que compartir.

Ren me abrazó con tanta fuerza que terminé llorando contra su pecho.
—Nunca volverás a preocuparte por eso —susurró.

Las semanas siguientes transcurrieron con una calma laboriosa y feliz. Cada día añadía algo nuevo a nuestra vida, Ren comenzó a pintar el cuarto del bebé, pasaba horas enteras con el rodillo en la mano, consultándome si el color era demasiado claro o demasiado oscuro, aunque terminaba aceptando cualquier cosa que yo eligiera.

Sean se encargó de promocionar el taller en redes sociales, diseñó publicaciones, tomó fotografías y convenció a medio internet de que Ren era un genio automotriz. Dylan empezó a trabajar por las tardes y por las mañanas, una alfa llamada Mercy ayudaba a mantener todo en orden.

Tres meses después, el taller tenía suficiente trabajo. No nos estábamos haciendo ricos pero teníamos lo necesario, pagábamos las cuentas, comíamos bien y siempre había dinero suficiente para que yo pudiera guardar billetes en mi cartera sin miedo.
Cada vez que compraba algo tan simple como un jugo o un antojo y no tenía que contar monedas con el corazón encogido, sentía un nudo en la garganta. A veces incluso lloraba y cada vez, Ren me secaba las lágrimas con una sonrisa y me recordaba lo mismo.

—Te lo dije, esposo.

Apoyaba la mano sobre mi vientre, sobre nuestro hijo y con esa mirada llena de amor que todavía me dejaba sin aliento, añadía:
—Nosotros vamos a estar bien.

Con ocho meses de embarazo, mi mundo se había vuelto más pequeño.
No en el mal sentido.
No como una jaula.
Más bien como esas cajas musicales antiguas que, al abrirse, revelan un universo diminuto pero perfecto.



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Editado: 24.09.2026

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