Había algo que nunca le decía a Ren.
No porque quisiera ocultárselo, sino porque sentía que algunas cosas se entendían mejor observándolas en silencio.
Veía cuánto se esforzaba, todos los días.
No hacía falta que me lo dijera ni que sacara cuentas frente a mí para darme explicaciones. Bastaba con verlo levantarse antes de que amaneciera, besarme la frente con cuidado para no despertarme, colocarse el uniforme todavía con el olor del detergente de la noche anterior y bajar al taller cuando el resto de la ciudad seguía dormida. Luego llegaba la jornada normal, las reparaciones, los clientes, los motores abiertos sobre las mesas, las llamadas, los proveedores… y cuando cualquier otra persona habría decidido regresar a casa, él simplemente aceptaba otro trabajo. A veces era un vehículo que debía entregarse ese mismo día, otras era salir a auxiliar a alguien en carretera, otras desmontar un motor completo porque el cliente necesitaba el automóvil para la mañana siguiente. Siempre encontraba algo más que hacer y yo sabía perfectamente por qué.
No era porque le gustara trabajar hasta agotarse o por qué fuera ambicioso. Era porque conocía mi historia porque sabía lo que era contar monedas para decidir si podíamos comer bien esa semana. Sabía lo que era vivir preguntándome si al día siguiente habría suficiente dinero para pagar otra deuda que ni siquiera era mía. Sabía cuánto me había costado terminar la universidad mientras trabajaba y criaba a Finnian al mismo tiempo. Conocía todas esas partes de mí que pocas personas habían visto y, sin decirlo nunca en voz alta, había tomado la decisión de que jamás volvería a pasar por algo parecido.
Ren quería que nunca más sintiera miedo por el dinero y cada vez que aceptaba un trabajo extra me estaba diciendo exactamente eso.
No con palabras pero si con acciones, con el cansancio que llevaba en los hombros al regresar a casa, con las manos llenas de pequeñas cortaduras, con el olor persistente a aceite de motor que ni tres duchas lograban quitarle del todo.
Lo sabía y estaba infinitamente agradecido, sin embargo… Había heridas que el dinero nunca iba a cerrar.
Había noches en las que, por más feliz que fuera mi vida, mi cabeza decidía regresar a un lugar donde ya no vivía.
Las pesadillas eran cada vez menos frecuentes, pero seguían apareciendo sin avisar.
En ellas siempre volvía a ser aquel adolescente.
La casa era distinta, escuchaba los gritos antes de entender las palabras. Veía la espalda de mi padre alejándose mientras una maleta golpeaba contra sus piernas. Mi madre lloraba, mientras intentaba preguntar qué estaba pasando, pero nadie parecía escucharme. Entonces llegaba aquella frase que durante años se quedó atorada en algún rincón de mi memoria.
“Me voy con alguien más.”
Después todo sucedía igual.
La puerta cerrándose.
El silencio.
La sensación de que ya no éramos suficientes para que alguien quisiera quedarse y, como si aquello no bastara, el sueño siempre cambiaba en el peor momento.
La figura de mi padre comenzaba a desdibujarse.
Su rostro desaparecía lentamente.
Su cuerpo cambiaba de tamaño.
El cabello.
La voz.
Hasta que, de pronto…
Ya no era él quien caminaba hacia la puerta.
Era Ren.
Ren alejándose de mí.
Ren sin mirar hacia atrás.
Ren dejando la casa mientras yo intentaba alcanzarlo con desesperación, preguntándole qué había hecho mal, qué podía cambiar para que se quedara, por qué ya no nos quería a Finnian y a mí…
Abrí los ojos de golpe con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Sentía el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas y, durante unos segundos, tardé en recordar dónde estaba realmente.
Nuestra habitación.
La oscuridad apenas era interrumpida por la tenue luz que entraba desde el pasillo.
Giré instintivamente hacia el lado derecho de la cama.
Vacío.
Mi respiración volvió a acelerarse.
—…¿Ren…?
Mi voz apenas salió en un susurro ronco.
Estiré la mano sobre las sábanas, estaban frías lo que significaba que no llevaba ahí varios minutos.
Sentí un pequeño nudo instalarse en mi pecho antes de obligarme a incorporarme. Aparté la cobija con cuidado y salí de la habitación descalzo, todavía con el corazón inquieto por culpa del sueño.
La casa estaba completamente en silencio solo había una luz encendida.
La del cuarto de Finnian.
Me acerqué despacio y empujé apenas la puerta, dejándola entreabierta. La escena al otro lado hizo que todo el peso de la pesadilla comenzara a deshacerse lentamente.
Ren estaba sentado en la vieja mecedora de madera junto a la ventana. Llevaba el cabello un poco desordenado, una camiseta gris y un pantalón de descanso. En uno de sus brazos sostenía a Finnian, que todavía era demasiado pequeño para mantener abierto los ojos mientras tomaba el biberón. Sus diminutas manitas apenas rodeaban la botella, más por costumbre que por fuerza, mientras Ren la sostenía con paciencia para que pudiera beber tranquilo.
La mecedora se movía con un vaivén lento, casi hipnótico y, con esa misma voz grave que tan pocas veces utilizaba para hablar demasiado, Ren conversaba con nuestro hijo como si el pequeño pudiera responderle.
—…Mañana vamos a cambiar una transmisión completa. Va a ser un trabajo pesado, así que espero que cuando seas grande tengas más ganas que tu papá de ensuciarte las manos. Aunque, conociéndolo, seguramente ya te va a haber convencido de que los números son más divertidos que los motores…
Finnian soltó un pequeño sonido alrededor del biberón.
Ren sonrió apenas.
—¿Ah, sí? Pues yo digo que al menos una vez vas a tener que ayudarme en el taller. No puedes dejar solo a tu viejo.
Me quedé apoyado en el marco de la puerta sin hacer ningún ruido.
Observándolos y sintiendo cómo aquella imagen terminaba de borrar el último rastro del miedo que mi pesadilla había dejado en el pecho, porque ese alfa… El mismo que acababa de imaginar alejándose de mí…Estaba despierto a mitad de la noche únicamente para alimentar a nuestro hijo y hablar con él como si fuera la conversación más importante del mundo y comprendí, una vez más, que Ren jamás se parecía al hombre que aparecía en mis pesadillas porque mientras uno eligió marcharse… El otro siempre encontraba una razón para quedarse.