Vance

Capítulo 1: La hora dorada

Valerie

El aire olía a café frío, pasto recién cortado y goma de neumáticos recalentada por el sol de las cuatro de la tarde. En la explanada central del campus todavía quedaban los restos de la feria de marcas: carpas blancas a medio desmontar, vallas publicitarias de bebidas energéticas y altavoces que soltaban música electrónica a un volumen demasiado bajo para animar a alguien y demasiado alto para ignorarlo.

Un grupo de estudiantes se había reunido alrededor de una mesa donde regalaban muestras de barras proteicas. A unos metros, dos chicas discutían frente a un puesto de productos para el cuidado de la piel, mientras un promotor con una sonrisa agotada intentaba convencer a un profesor de que necesitaba una botella térmica de edición limitada.

La feria había empezado como una de esas actividades que prometían dinamizar la vida universitaria y terminaban convirtiendo los pasillos en un catálogo de publicidad. Aun así, había funcionado. Durante toda la tarde, el campus estuvo lleno de gente que normalmente solo aparecía para asistir a clases, entregar trabajos o quejarse de los profesores.

Yo había pasado buena parte de la mañana grabando pequeños videos para las redes de la universidad. Al principio me pareció una buena idea: conseguir contenido, conocer gente y, con suerte, recibir alguna colaboración interesante. Sin embargo, después de tres horas escuchando discursos sobre productos revolucionarios y sonriendo frente a cámaras ajenas, empezaba a arrepentirme de haber aceptado.

Caminé esquivando a los chicos de primer año que repartían volantes hasta llegar a la sombra de los pabellones de ladrillo rojo. Declan estaba apoyado contra la baranda del estacionamiento, mirando la pantalla de su teléfono con el ceño apenas fruncido. Llevaba una chaqueta de entrenamiento gris y el pelo un poco revuelto por el viento de otoño.

Tenía esa expresión suya que hacía difícil distinguir si estaba concentrado en algo importante o si simplemente estaba leyendo un mensaje que le parecía estúpido.

—¿Lo encontraste? —le pregunté cuando estuve a un par de pasos.

Declan levantó la vista y guardó el móvil en el bolsillo.

—Scott dice que ya viene con Chloe y Miller. Se quedaron hablando con alguien de admisiones.

—¿Scott hablando con alguien de admisiones? ¿Por voluntad propia?

—Según él, fue una conversación inevitable.

—Qué forma tan elegante de decir que se perdió.

Declan soltó una risa breve.

—No voy a preguntar. Prefiero conservar la poca fe que me queda en la humanidad.

Me apoyé a su lado y miré hacia la explanada. Un par de trabajadores estaban plegando las últimas mesas de la feria. El cielo tenía ese tono dorado que aparecía justo antes de que el sol desapareciera detrás de los edificios, y la luz se filtraba entre los árboles, iluminando el polvo que flotaba sobre el camino.

Mi teléfono vibró dentro del bolsillo.

Lo saqué por costumbre, esperando encontrar algún mensaje relacionado con las grabaciones de la mañana. En cambio, tenía tres notificaciones de una cuenta comercial y una solicitud para publicar una historia promocional antes de las seis.

Suspiré.

—¿Qué pasó? —preguntó Declan.

—Nada. Al parecer, ahora mi vida consiste en sonreír, sostener latas y fingir que tengo una opinión muy profunda sobre bebidas energizantes.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Como tener que probarlas.

Lo miré de reojo.

—Eres increíblemente útil cuando quieres.

—Lo sé. Es uno de mis talentos.

Antes de que pudiera responderle, dos promotores con polos ajustados y mochilas cuadradas de una marca de energizantes que recién entraba al campus nos vieron venir. Uno de ellos, un chico alto con una sonrisa ensayada de vendedor, me reconoció de inmediato. Se le iluminaron los ojos con el entusiasmo de alguien que acababa de encontrar una oportunidad para cumplir su cuota del día.

—Oye, ¿tú eres la chica de los videos del campus, verdad? Valerie, ¿cierto? Mira, justo tenemos un lote de lanzamiento y queríamos ver si podías...

No lo dejé terminar el discurso. Mantuve el paso, le sonreí con la boca cerrada —esa sonrisa que pones cuando estás en una llamada que quieres cortar rápido— y levanté una mano en señal de despedida.

—Tengo prisa hoy, chicos. Suerte con la activación.

El promotor se quedó con la lata extendida entre los dedos. Su compañero intentó disimular una risa.

Declan esperó hasta que estuvimos lo suficientemente lejos para hablar.

—Ni siquiera dejaste que te regalaran una lata.

—Sé exactamente cómo operan: te dan una bebida tibia y esperan que les regales una historia de diez segundos frente a diez mil personas. No vale la pena.

—Podrías haber aceptado la bebida.

—Y tal vez tú podrías aprender a quedarte callado.

Le di un pequeño golpe con el hombro. Él apenas se movió, pero sonrió.




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