No mires el espejo

Capitulo 35: La carta nunca envíada

—Si anclar a Sam con su propia historia funcionó para traerlo de vuelta antes de que se perdiera del todo en el reflejo —dijo Emily, esa misma noche, sentada alrededor de la mesa de la cocina con el resto del grupo—, ¿por qué no podría funcionar algo parecido con Sarah? Alguien que la conociera de verdad, que pudiera recordarle quién era antes de todo esto.
—El problema —señaló el padre Coleman, con cautela— es que nadie en esta sala conoció jamás a Sarah Ashford. Han pasado casi doscientos años. No tenemos memorias personales de ella, no tenemos ninguna conexión directa que podamos usar como ancla, de la misma forma en que Claire pudo usar los recuerdos reales de Sam.
—Pero Josiah sí la conocía —dijo Claire, pensativa—. Y escribió sobre ella con un detalle que va mucho más allá de cualquier registro histórico común. Si encontramos más de sus escritos, tal vez podamos usar sus propias palabras, su propia forma de recordarla, como una especie de ancla prestada.
Volvieron a la cripta al día siguiente, revisando con más cuidado el resto de las pertenencias del reverendo Ashford. Fue Noah quien encontró, al fondo de la caja, debajo de un forro de tela que parecía cosido específicamente para ocultar algo, un sobre sellado con cera, amarillento por el tiempo, con una sola palabra escrita en el frente: Sarah.
—Nunca lo envió —dijo el padre Coleman, sosteniendo el sobre con un cuidado casi religioso—. Quizás porque no había forma de enviarlo a donde fuera que ella estuviera. O quizás porque nunca se atrevió a admitir, ni siquiera a sí mismo, cuánto necesitaba escribir estas palabras.
Con permiso silencioso del resto del grupo, el padre Coleman rompió el sello de cera con extremo cuidado, y desdobló una carta de varias páginas, escritas con la misma letra elaborada del cuaderno, aunque esta vez con un tono mucho más íntimo, mucho más personal que cualquier entrada de diario.
Mi amada Sarah: si alguna vez estas palabras llegan a tus ojos, de la forma que sea, quiero que sepas que no ha pasado un solo día, desde aquella noche junto al arroyo, en que no haya pensado en la forma en que te reías cuando yo intentaba, sin éxito alguno, aprender a tocar el violín que me regaló tu padre. Quiero que recuerdes el nombre que solo yo te daba, cuando nadie más podía escucharnos: mi pequeña alondra, por la forma en que cantabas mientras cocinabas, desafinada pero feliz, cada mañana de nuestra vida juntos.
Quiero que recuerdes el día en que plantamos juntos el manzano detrás de nuestra casa, el mismo que espero siga en pie cuando leas esto, si es que alguna vez llega a suceder. Quiero que recuerdes, sobre todas las cosas, que fuiste amada, profundamente, completamente, por un hombre que cometió el error más grande de su vida por no saber aceptar que a veces, amar a alguien significa también dejarlo partir cuando ya no hay forma de retenerlo sin destruir, en el proceso, todo lo que hacía que valiera la pena ser retenido.
El padre Coleman tuvo que detenerse un momento, con la voz quebrada, antes de continuar con el resto de la carta.
Si alguna vez alguien encuentra la forma de liberarte de lo que sea que te retiene ahora, dile que use estas palabras. Dile que te llame mi pequeña alondra. Dile que te hable del manzano, y de tu risa, y de todo lo que te hizo ser, antes que cualquier otra cosa, completamente tú misma. Y si eso no es suficiente para traerte de vuelta, entonces dile, por favor, que te deje descansar de una vez por todas, en lugar de mantenerte atrapada un solo día más del que ya has sufrido por mi propia debilidad y mi propio egoísmo.
Nadie en la cripta dijo nada durante un largo momento después de que el padre Coleman terminara de leer, todos procesando el peso de una carta de amor escrita casi dos siglos atrás, que de pronto se había convertido en la herramienta más importante que tenían para el plan que estaban a punto de intentar.
—Entonces esa es nuestra ancla —dijo Daniel finalmente, con la voz baja—. "Mi pequeña alondra." El manzano. Su risa desafinada.
—Alguien tendrá que decir estas palabras, durante el ritual, en el momento exacto en que la entidad se manifieste con más fuerza —dijo el padre Coleman, doblando la carta con un cuidado infinito—. Y tendrá que decirlas como si realmente las sintiera, con toda la convicción de un amor real, o Sarah Ashford, si de verdad sigue ahí dentro, nunca las va a reconocer como algo más que palabras vacías repetidas sin sentido.
Todos en la habitación se miraron entre sí, conscientes, sin necesidad de decirlo en voz alta, de la pregunta que ahora pendía sobre el resto de los preparativos: quién, entre todos ellos, sería capaz de pronunciar esas palabras con la fuerza suficiente para alcanzar a una mujer que ninguno de ellos había conocido jamás.




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