No mires el espejo

Capitulo 39: El círculo

Llegaron al arroyo poco después de las diez de la noche, guiados por las linternas de sus teléfonos y por la memoria reciente del camino recorrido días atrás. La oscuridad, sin luna que la aliviara, era casi absoluta bajo la copa de los árboles, rota solo por el sonido constante del agua corriendo sobre las piedras y por la respiración agitada de siete personas que sabían, sin necesidad de decirlo en voz alta, que estaban a punto de enfrentar algo que había sobrevivido, sin ser vencido del todo, durante casi dos siglos.
—Aquí —dijo el padre Coleman, señalando la piedra tallada junto a la orilla, ahora completamente libre de musgo después de que la hubieran limpiado con cuidado durante la tarde—. Formamos el círculo alrededor de la piedra, cada uno con su espejo correspondiente, mirando hacia el centro.
Se distribuyeron según lo planeado: Daniel al norte, representando a los Hale; el padre Coleman al noreste, sosteniendo simbólicamente la fe que había protegido al pueblo durante generaciones; Marion al este, por los Marsh; Margaret al sureste, por los Bennett; Michael al sur, por los Sutter; Noah al suroeste, por los Corwin; y Walter al oeste, frente al séptimo espejo, el más antiguo, colocado en representación de la línea Ashford que ya no tenía representante vivo de sangre directa.
Cada uno destapó su espejo al mismo tiempo, siguiendo la señal del padre Coleman, y los siete cristales, dispuestos en círculo alrededor de la piedra central, empezaron a reflejar la escasa luz de las linternas de un modo que no parecía del todo natural, como si cada superficie amplificara y devolviera esa luz con una intensidad ligeramente superior a la que deberia ser físicamente posible.
—Ahora —dijo el padre Coleman, con la voz firme a pesar de la tensión evidente—, cada uno debe pronunciar el nombre completo de su línea familiar, empezando por mí, y siguiendo el círculo en el sentido en que estamos dispuestos.
—En nombre de la fe que ha protegido a Ashford Hollow desde su fundación —empezó el padre Coleman, con una solemnidad que resonó extrañamente clara en medio del silencio del bosque—, invoco la primera de las siete voces.
—Daniel Hale, de la línea Hale, hijo de esta tierra por herencia y por sangre —continuó Daniel, sintiendo un escalofrío recorrerle el cuerpo entero al pronunciar las palabras, como si el aire mismo a su alrededor respondiera de algún modo a la declaración.
Uno por uno, Marion, Margaret, Michael y Noah pronunciaron sus propias líneas, cada declaración añadiendo una capa perceptible de tensión al ambiente, como si el propio bosque estuviera conteniendo la respiración junto a ellos. El agua del arroyo, que hasta ese momento había corrido con normalidad, empezó a moverse de un modo extraño, casi a contracorriente, generando pequeños remolinos alrededor de las piedras más cercanas al círculo.
Cuando llegó el turno de Walter, un silencio distinto, más pesado, pareció caer sobre el claro entero.
—Sarah Ashford —dijo Walter, con la voz temblando apenas—, en representación de la línea que empezó todo esto, invoco tu nombre, no para condenarte de nuevo, sino para ofrecerte, por fin, la oportunidad de descansar.
En el instante exacto en que las últimas palabras de Walter terminaron de resonar en el aire nocturno, los siete espejos, simultáneamente, dejaron de reflejar la luz de las linternas.
En su lugar, cada uno de ellos empezó a mostrar, con una claridad imposible, la misma imagen: una mujer joven, de cabello oscuro recogido en un peinado antiguo, vestida con ropas de otra época, de pie en medio de una oscuridad que no correspondía a ningún reflejo real del bosque que los rodeaba.
Sarah Ashford, después de casi doscientos años, finalmente los miraba de vuelta.




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