Por un instante, la imagen de Sarah Ashford permaneció quieta en los siete espejos, mirándolos con una expresión que parecía mezclar la confusión y una esperanza casi imperceptible, como alguien que despierta de un sueño demasiado largo sin terminar de creer que el mundo real todavía existe.
Entonces su rostro se contorsionó, de golpe, en algo completamente distinto.
¿Creen que pueden liberarla?, dijo una voz que ya no pertenecía del todo a la mujer de los espejos, sino a algo mucho más antiguo, mucho más furioso, que hablaba a través de su rostro prestado con un desprecio que resonó en los siete cristales al mismo tiempo. Ella ya no existe separada de mí. Llevamos casi doscientos años compartiendo el mismo espacio. No hay forma de separar el agua de la sal una vez que se han disuelto por completo la una en la otra.
El agua del arroyo empezó a agitarse con violencia, elevándose en pequeñas columnas que se retorcían en el aire como serpientes líquidas antes de volver a caer, salpicando a todos los presentes con un agua que, a pesar de la noche fría, se sentía extrañamente tibia, casi como sangre.
—¡No rompan el círculo! —gritó el padre Coleman, sujetando con fuerza su propio espejo, cuya superficie había empezado a vibrar de un modo que amenazaba con hacerlo caer de sus manos—. Pase lo que pase, nadie suelta su posición.
Uno de los remolinos de agua se dirigió directamente hacia Noah, golpeándolo con fuerza suficiente para hacerlo tambalear, aunque logró mantenerse en pie, apretando su espejo contra el pecho con una determinación que hizo que Emily, desde su posición al otro lado del círculo, sintiera una oleada de orgullo mezclada con terror puro.
Ustedes no entienden nada, continuó la voz, ahora dirigida directamente hacia Walter, cuyo espejo mostraba el rostro distorsionado de Sarah con una claridad que resultaba casi insoportable de mirar. Este hombre cree que puede usar palabras de amor prestadas para alcanzarla. Pero el amor de Josiah fue exactamente lo que me creó, Walter Whitlock. El amor de Josiah es mi origen. ¿De verdad crees que la misma fuerza que me dio vida puede ahora deshacerme?
Walter, a pesar del temblor visible en sus manos, no apartó la vista del espejo.
—No estoy tratando de deshacerte —dijo, con una voz que, contra todo pronóstico, sonaba cada vez más firme a medida que hablaba—. Estoy tratando de llegar hasta ella. Sarah no pidió nada de esto. Fue una víctima, igual que Eleanor, igual que todos los que has tomado durante estos casi doscientos años. Y una víctima no deja de serlo solo porque el tiempo la haya obligado a compartir su cuerpo con quien la lastimó.
Palabras, escupió la voz, con un desprecio que hizo temblar el suelo bajo sus pies. Solo son palabras.
—Entonces déjame demostrarte que no lo son —respondió Walter, sacando con manos temblorosas la carta doblada del bolsillo interior de su chaqueta, desdoblándola bajo la escasa luz de las linternas caídas, y empezando a leer, con una voz que se quebraba en cada palabra pero que jamás llegó a detenerse del todo—: Mi amada Sarah: si alguna vez estas palabras llegan a tus ojos...
El bosque entero pareció contener la respiración mientras Walter continuaba leyendo, palabra por palabra, la carta que Josiah Ashford había escrito casi doscientos años atrás y jamás había logrado enviar. El agua del arroyo, que segundos antes se retorcía con violencia, empezó a calmarse poco a poco, como si cada frase de la carta actuara como un peso suave, presionando de vuelta hacia la quietud algo que llevaba demasiado tiempo desatado.
Cuando Walter llegó finalmente a las palabras clave —mi pequeña alondra, por la forma en que cantabas mientras cocinabas, desafinada pero feliz—, el rostro en el espejo que sostenía se congeló por completo, y por un instante, brevísimo pero innegable, los ojos de la imagen, hasta entonces cargados de un odio antiguo, se llenaron de lágrimas visiblemente humanas.
Josiah, susurró una voz completamente distinta, mucho más suave, mucho más frágil que la que había estado hablando hasta entonces, resonando ahora solo desde el espejo de Walter, como si el resto del círculo hubiera dejado de existir por un momento para dar paso a algo mucho más íntimo, mucho más doloroso de presenciar. ¿Josiah, de verdad eres tú?
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Editado: 16.09.2026