No mires el espejo

Capitulo 37: La última noche

Decidieron pasar la última noche todos juntos, en la casa de los Hale, en lugar de dispersarse cada uno a sus propios hogares. Nadie lo propuso formalmente; simplemente fue sucediendo, a medida que la tarde avanzaba hacia el anochecer y ninguno de ellos —ni Marion, ni Margaret, ni Michael, ni siquiera Walter— pareció dispuesto a separarse del grupo en las horas previas al ritual.
Claire preparó una cena sencilla para todos, y por un rato, sentados alrededor de la mesa ampliada con sillas prestadas, la conversación logró alejarse, aunque fuera brevemente, del peso de lo que enfrentarían al día siguiente. Sam, todavía sin entender del todo la magnitud completa de lo que estaba pasando, disfrutó de la compañía inusual con la alegría simple de un niño que, por una noche, tenía la casa llena de gente nueva con quien hablar.
Fue pasada la medianoche cuando todo cambió.
Empezó con las luces. Una a una, las bombillas de la casa parpadearon, débiles al principio, hasta apagarse por completo, sumiendo la sala en una oscuridad que ninguna de las linternas de sus teléfonos lograba disipar del todo.
—Todos juntos, ahora —ordenó el padre Coleman, con una autoridad calmada que cortó de inmediato cualquier inicio de pánico—. Nadie se separa del grupo, bajo ninguna circunstancia.
Se reunieron en la sala, formando un círculo instintivo alrededor de Sam y de Emily, mientras afuera, el viento empezaba a golpear las ventanas con una fuerza que no correspondía a ninguna tormenta anunciada. Un sonido grave, como un gemido bajo, pareció recorrer las paredes de la casa entera, viniendo de todas direcciones a la vez.
—Está desesperada —dijo Margaret, con la voz firme a pesar del miedo evidente—. Sabe que mañana intentaremos sellarla, quizás para siempre. Esta es su última oportunidad real de detenernos antes de que sea tarde.
Un golpe seco resonó desde el piso de arriba, seguido de otro, y otro más, como pasos pesados recorriendo el pasillo del segundo piso, aunque todos los presentes estaban reunidos, sin excepción, en la planta baja.
—La habitación cerrada —dijo Daniel, con el estómago encogido.
—No subas —lo detuvo Claire, sujetándolo del brazo con fuerza—. La cerradura va a resistir. Tiene que resistir.
Los golpes continuaron, cada vez más violentos, acompañados ahora de una voz que se filtraba a través del suelo del segundo piso, distorsionada, casi irreconocible, aunque Daniel creyó identificar, con un horror creciente, fragmentos de su propia voz mezclados con la de Claire, con la de Sam, con la de Emily, como si la entidad estuviera probando, una tras otra, cada voz familiar que había logrado escuchar durante las últimas semanas, buscando cuál de ellas podría todavía tener algún efecto sobre los presentes.
—¡No la escuchen! —gritó el padre Coleman, sacando un pequeño frasco de agua bendita de su chaqueta y rociándolo alrededor del círculo que formaban—. No importa qué voz use, no importa a quién imite. Esta noche, hasta que salga el sol, ninguno de nosotros habla con nadie que no esté físicamente de pie dentro de este círculo.
La noche se extendió en lo que pareció una eternidad de golpes, susurros, y voces prestadas filtrándose desde cada rincón de la casa: la voz de Elias suplicando desde el estudio, la voz de Eleanor llamando a Walter desde la cocina, incluso, en un momento que hizo que a Emily se le helara la sangre por completo, la voz de Noah llamándola por su nombre desde justo detrás de la puerta principal, aunque el verdadero Noah estuviera de pie, pálido pero firme, a su lado dentro del círculo.
Nadie cedió. Nadie se separó del grupo, por más convincente que sonara cada llamado, por más que cada voz pareciera suplicar ayuda genuina desde algún rincón oscuro de la casa. Se sostuvieron los unos a los otros, literalmente en algunos momentos, tomados de las manos, repitiendo en voz alta sus propios nombres completos, una y otra vez, como un ancla colectiva contra la marea de voces prestadas que intentaba, sin descanso, separarlos.
Cuando finalmente los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse por las ventanas, los golpes cesaron de golpe, las luces de la casa volvieron a encenderse como si nada hubiera pasado, y un silencio profundo, casi solemne, se instaló sobre todos los presentes, agotados pero, contra todo pronóstico, completos.
—Sobrevivimos —dijo Marion, con la voz ronca por las horas de tensión, mirando a su alrededor con una mezcla de alivio y agotamiento absoluto.
—Por ahora —corrigió el padre Coleman, con una expresión que no ocultaba del todo su propio asombro por haber resistido una noche tan brutal—. Pero eso significa también que le queda mucho menos tiempo del que tenía ayer. Esta noche gastó gran parte de lo que le quedaba intentando detenernos antes del ritual.
Sam, que se había quedado dormido en algún momento de la madrugada, acurrucado entre Claire y Emily, despertó con los primeros rayos de sol, mirando a su alrededor con la confusión propia de quien no recuerda del todo la noche que acaba de pasar.
—¿Ya es de día? —preguntó, con una voz somnolienta que contrastaba de manera casi cruel con todo lo que la casa entera acababa de sobrevivir a su alrededor.
—Sí, cariño —dijo Claire, abrazándolo con una fuerza renovada—. Ya es de día. Y esta noche, por fin, vamos a terminar con todo esto para siempre.




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