No mires el espejo

Capitulo 38: El día mas largo

El día transcurrió con una lentitud extraña, cargada de esa clase de calma tensa que precede a los momentos verdaderamente decisivos de una vida. Nadie durmió realmente después del amanecer, aunque todos, por turnos, se recostaron un rato para recuperar algo de las fuerzas perdidas durante la larga noche de asedio.
Claire pasó buena parte de la mañana con Sam, sin mencionar directamente el ritual, hablando en cambio de cosas ordinarias: qué materias le gustaría estudiar cuando por fin empezara la escuela en el pueblo, si prefería que su próximo cumpleaños fuera con tema de dinosaurios o de espacio exterior, cualquier fragmento de normalidad que pudiera ofrecerle a un niño que había cargado, sin merecerlo, con un peso que ningún adulto debería permitir jamás que un hijo cargara.
—¿Voy a poder ir esta noche? —preguntó Sam, en algún momento de la tarde, con una seriedad que desmentía la ligereza de la conversación anterior.
Claire dudó antes de responder, sopesando cada palabra con cuidado.
—No, cariño. Esta noche te vas a quedar con la señora Margaret, en su casa, lejos de aquí. Es más seguro así.
Sam no discutió, aunque algo en su expresión sugería que entendía, con una madurez que ningún niño de nueve años debería necesitar desarrollar, exactamente por qué esa precaución era necesaria.
Daniel, por su parte, pasó la tarde con el padre Coleman y Marion, revisando por última vez cada detalle logístico del ritual: la disposición exacta de los siete espejos alrededor de la piedra tallada, el orden en que cada representante debía pronunciar el nombre de su propia línea familiar, y el momento preciso, calculado según las anotaciones del propio Josiah Ashford, en que Walter debería intervenir con las palabras de la carta.
—Una vez que empecemos, no podemos detenernos a mitad de camino —advirtió el padre Coleman, repasando el pergamino con la traducción completa que habían logrado reconstruir entre todos durante los últimos días—. El documento es claro en ese punto. Un ritual interrumpido es peor que no haberlo intentado nunca.
—Entonces no nos detenemos —dijo Marion, con la determinación fría que ya la caracterizaba—. Pase lo que pase.
Emily encontró a Noah sentado solo en el porche trasero de la casa, mirando hacia el bosque que escondía, en algún punto, el arroyo donde esa misma noche se decidiría el destino del pueblo entero. Se sentó a su lado sin decir nada al principio, dejando que el silencio compartido dijera lo que ninguno de los dos parecía encontrar las palabras exactas para expresar.
—¿Tienes miedo? —preguntó finalmente Noah, sin apartar la vista del bosque.
—Todo el tiempo, desde que llegamos a este pueblo —admitió Emily—. Pero hoy es distinto. Hoy no es solo miedo por lo que pueda pasarme a mí, o a mi familia. Es miedo por todos ustedes también. Por ti.
Noah se giró hacia ella, con una expresión que mezclaba el mismo miedo compartido con algo más cálido, algo que ninguno de los dos había tenido tiempo de nombrar del todo en medio de todo lo que habían vivido juntos en tan poco tiempo.
—Pase lo que pase esta noche —dijo él—, me alegro de que tu familia haya heredado esa casa. Me alegro de haberte conocido, aunque haya sido en las peores circunstancias posibles para conocer a alguien.
Emily sonrió, a pesar de todo, y le tomó la mano sin decir nada más, dejando que el gesto hablara por sí solo mientras el sol de la tarde empezaba, lentamente, a descender hacia el horizonte.
Al anochecer, con Sam ya a salvo en casa de Margaret, el resto del grupo se reunió por última vez frente a la casa de los Hale, cada uno cargando lo que le correspondía para el ritual: los siete espejos, envueltos con cuidado en telas oscuras hasta el momento en que fueran necesarios; la carta de Josiah, guardada con reverencia en el bolsillo interior de la chaqueta de Walter; y una determinación compartida que, a pesar de todo el miedo acumulado durante las últimas semanas, ninguno de ellos estaba dispuesto a dejar que flaqueara ahora, tan cerca del final.
—La luna nueva ya empezó —dijo el padre Coleman, mirando hacia el cielo completamente oscuro, sin ni un solo rastro visible de luz lunar—. Es el momento.
Caminaron juntos hacia el bosque, siguiendo el mismo sendero que los había llevado al arroyo días atrás, esta vez con un propósito mucho más definitivo que la simple exploración inicial. Nadie habló durante el trayecto. No hacía falta. Cada uno de ellos, a su manera, ya había hecho las paces, en algún momento de ese día interminable, con la posibilidad muy real de que esta fuera la última noche de sus vidas tal como las conocían hasta entonces.




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