Capítulo 10. Chantaje
Tras los exámenes médicos, Román Vasílievich y su hijo regresaron a casa. El médico le había recomendado tomar un calmante y dormirse. Max convenció a su padre de subir a su habitación y tomar la medicina. Le prometió que celebrarían en familia su victoria con el proyecto publicitario el sábado, e invitó también a Valentín y a Gregorio. Román Vasílievich aceptó, pues aún sentía dolor y un gran cansancio.
—¿Qué tal tu proyecto? —preguntó Serge cuando Max entró en su habitación.
—Gracias, hermano. Gracias a tu interacción aplastamos a Gorójov. Estaba que echaba chispas. ¿Cómo lo lograste? ¡Semejante cantidad de gente! —se extrañaba Max.
—Papá siempre repetía: no tengas mucho dinero, ten buenos amigos —respondió Serge sonriendo—. Cuando los chicos del equipo se enteraron de que era para ti, todos respondieron al instante. Y los amigos de los amigos también se sumaron. ¿Así que hoy celebramos la victoria? ¡Me imagino cómo debe de estar de contento papá! —dijo Serge con entusiasmo. Estaba feliz de que su hermano reconociera su importante papel en el proyecto.
—Justamente sobre papá era sobre lo que quería hablar —se ensombreció Max de inmediato—. Está descansando. Bajaremos a cenar y lo hablaremos todo; la celebración será el sábado por la noche. Vendrá Valentín y también otro participante del proyecto. Pero él no vendrá solo, vendrá con su hermana, que es de tu edad, y con su hermano menor.
—¡Yo no pienso andar mimando ni cuidando a ningún crío! —respondió Serge ofendido.
—No hará falta. Es un chico bastante independiente —respondió Max—. Baja a cenar. Nos espera una conversación importante.
—¡Ostras! ¿Algo grave? —se puso en guardia Serge.
—Sí —respondió escuetamente Max y salió de la habitación.
Margarita Mijáilovna había vuelto a preparar manjares para la cena. Max bajó a propósito antes de tiempo para avisar de que su padre descansaba y que necesitaban hablar. Su madre también felicitó a Máxim por el éxito del proyecto. Tenía a su propia gente en la oficina de su marido, pero nadie sospechaba que a Román Vasílievich le hubiera dado un ataque al corazón.
Cuando su madre y su hermano estuvieron a la mesa, Máxim le pidió a Olga Petróvna que también se uniera. A ella la consideraban un miembro más de la familia. La mujer no era una simple empleada del hogar; la querían como a una abuela que consentía a todos con golosinas, sabía guardar secretos y daba buenos consejos. Tenía su propia vivienda, pero en esa gran casa contaba con una habitación privada donde podía quedarse a pernoctar.
—¿Qué pasa, hijo? Estás tan serio y tenso —empezó a preocuparse Margarita Mijáilovna—. ¿Por qué papá no baja a cenar?
—Mamá, esto es importante. Piensa bien y responde: ¿cuándo notaste que papá tenía problemas de corazón? —preguntó directamente Máxim.
—Bueno... —Margarita Mijáilovna bajó la mirada. Le había prometido a su marido no decirle nada a los niños y ahora no sabía qué era lo que sabía Máxim ni qué podía contar.
—Mamá, esto va en serio. Hoy a papá le dio un ataque al corazón —decidió destapar todas las cartas Máxim—. Cuando se sintió mejor, nos fuimos al centro cardiológico. Hablé con su médico. ¿Cuándo te enteraste de sus problemas de corazón? —volvió a preguntar Máxim, mientras Serge y Olga Petróvna se ponían pálidos al oír sus palabras.
—Hace unos ocho meses, por las fiestas, se puso mal —empezó la mujer, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos. Era como si estuviera viendo a su marido en el suelo en ese preciso momento. Recordó cómo corrió hacia él, cómo empezó a levantarlo y a darle palmaditas en las mejillas. Cuando él se sintió un poco mejor, le contó lo de la enfermedad, pues ya no tenía sentido ocultarlo. Fue la propia Margarita Mijáilovna quien obligó a su marido a ir a la clínica.
—El médico dijo que necesita operarse del corazón. Y cuanto antes, mejor. Cualquier alteración, sea negativa o positiva, puede repercutir en su salud. Tenemos que convencerlo para que se opere —dijo Max.
—Pero si tú conoces a tu padre. Él no se imagina la vida sin trabajar. La empresa es su vida. Y encima este Gorójov lo metió en esto de las elecciones. ¡Ojalá se pudra! —dijo la mujer con vehemencia—. Le he dicho a Román mil veces que tiene que ingresarse para la operación, pero para él el trabajo está por encima de todo. Tú mismo lo sabes. Yo me alegré tanto de que hoy pusieras a ese Gorójov en su sitio, y ahora nos sale esto.
—¿Qué propones? —preguntó Serge. Sospechaba que su hermano tenía algún plan.
—Tenemos que convencer a papá de que se ingrese en la clínica y se opere. Le pedí detalles al médico y le rogué que lo pusiera en la lista de espera. Si papá acepta, dentro de uno o dos meses se podrá hacer la intervención. Mañana voy a la oficina e intentaré ponerme al día con los asuntos de la empresa. Pero también hay que resolver el tema de la concejalía. No entiendo para qué aceptó papá esa propuesta de Gorójov —Max se encogió de hombros.
Estuvieron hablando entre todos durante un buen rato; la cena se enfrió porque a nadie le entraba el bocado en la garganta. Serge también pensaba en cómo podía ayudar.
Después de que todos se retiraran a sus habitaciones, Serge fue a ver a su hermano.
—¿Y qué pasa con Mary? ¿Y la reforma? —preguntó Serge.
—Con Mary todo va bien. Mañana voy a la oficina, pero quedamos en vernos el domingo. De la reforma se encarga una brigada de obreros profesionales. Trabajarán también el sábado —respondió cansado Max.
—¿O sea que no le has dicho la verdad? —adivinó Serge.
—Todavía no. No ha habido ocasión —confesó Máxim.
—No lo dejes pasar mucho, porque nuestra Mary, aunque es muy buena, es justa y honesta. Seguro que no le va a gustar nada que la engañen —observó con razón Serge.
—Si yo lo entiendo todo y tampoco quiero mentir —respondió Max.
Durante toda la velada, Max estuvo enviando mensajes y llamando a sus amigos que antes jugaban con él en el equipo de fútbol. Le había prometido a Mínimo que reuniría al equipo, así que tenía que cumplir. La mayoría de sus amigos se sorprendieron con la propuesta; algunos tenían compromisos o estaban en el extranjero, pero logró reunir la plantilla principal. Les prometió a todos que, después del partido, volverían a juntarse como en los viejos tiempos.
Por la mañana, Max se preparó y fue a la oficina junto con su padre. De camino, intentó convencerlo de la necesidad de la operación.
—En cuanto vea que eres capaz de dirigir la empresa, me meteré tranquilamente bajo el bisturí. Entiende que de esta operación depende muchísimo: no solo mi vida, sino la tuya, la de tu madre y la de Serge. Cuanto antes te empapes de la esencia de los negocios, antes daré mi brazo a torcer —respondió el padre.
—Papá, ¿esto es una especie de chantaje? —preguntó suavemente Máxim—. Esos no son tus métodos.
—Bueno, a tal vida, tales métodos —respondió sonriendo Román Vasílievich.
—De acuerdo —asintió Máxim—. Intentaré enterarme de todo, pero tú también tienes que firmar los papeles para que te pongan en la lista de espera de la operación y hacerte los exámenes necesarios.
—¿Esto es un chantaje? —preguntó sonriendo Román Vasílievich.
—Tengo buenos maestros —respondió Max al mismo estilo de su padre.
—Lo captas todo al vuelo. A este paso iré a la operación antes de lo pensado —dijo Román Vasílievich.
—Sería estupendo. Pero quiero avisarte de que dos días, el lunes y el miércoles, no estaré en el trabajo. Ni Valentín tampoco. Tenemos con él... ejem... —se atascó Max buscando la palabra adecuada—. Otro proyecto.
—Está bien. No me meto ni pregunto. Si quieres, ya me lo contarás —dijo con tolerancia el padre, aunque le carcomía la curiosidad por saber qué haría su hijo el lunes y el miércoles.
—Gracias, papá. Sin falta te lo contaré todo muy pronto —respondió Max.
Hablaron un poco más y acordaron que la semana siguiente tendrían que ir a la sesión de fotos para la campaña electoral. Román Veliky tenía sus propios planes para esa sesión fotográfica.
En la oficina todo empezó a girar vertiginosamente. Román Vasílievich fue llamando uno a uno a su despacho a todos los jefes de departamento y a los empleados clave, presentándoles a Máxim. Les pidió que pusieran a su hijo al corriente de todo. Max intentaba memorizar semejante volumen de información, e iba anotando algunos nombres, patronímicos y cargos de las personas a las que iba conociendo.
Parecía que todo iba bien, pero una gusanillo de inquietud le carcomía por dentro a Max, aunque no entendía por qué.
Todo cobró sentido cuando el teléfono de Max cobró vida con un mensaje. Era una notificación de Dania. En la pantalla apareció la descarada caraza de Gorójov hijo con el liceo de fondo. Debajo del selfie había un texto:
«He decidido ir a conocer a la bella que tienes escondida. Vamos a ver qué tal está.»